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UNA NOCHE DE MILONGA, SIN BAILE.

Después de un fin de semana de calor, tocaban en domingo dos clases con Sebastián de la Vallina, gran maestro y bailarín de Rosario, radicado en Roma desde hace diez años y nuestra Amaia Zugadi, profesora titular del Desbande: Espirales y El estilo, clases potentes donde los dos se lucieron y Sebastián además de desgranar su saber técnico, fruto de sus muchos años en la milonga de Rosario y Buenos Aires dio una impresionante muestra de su saber sobre la historia del tango bailado, desde sus comienzos hasta el tango nuevo y deslizó además algunas perlas sobre la situación actual de la milonga y cosas que hacen al estílo personal, algo que el tango de hoy parece haber perdido en pos de una precisión que abunda en técnica y deja de lado aquella impronta tan personal que los milongueros de antes nunca dejaron de lado.

Si se los perdieron y los ven nuevamente anunciados, no lo duden. Disfrutaran de mucho más que pasos. Comprenderan que origina cada movimiento que bailamos.

Al terminar las colmadas clases en El Desbande, estábamos invitados a una reunión milonguera en lo del Tigre Sabella, con choripanes a la Air Fryer —La solución del asador doméstico— y una pista coquetona para quien quisiera bailar.

Y aunque la noche no tuvo baile, hubo una tangueridad subida y muchas enseñanzas, no exentas de abrazos emocionales, como en los santos días del pasado, cuando a la trasnochada la muchachada de entonces nos reuníamos a filosofar en la mesa de algun bar sobre esas triviales cuestiones trascendentes que intentan dar un sentido al sinsentido de la existencia y se interrogan con la profundidad de la experiencia y la hondura emotiva del tango.

 Sobre lo que somos o intentamos ser.

Ese viaje interno que nos lleva cuando bailamos hacia un camino incierto en que nos soltamos en busca de una verdad y cuando al terminar la tanda el abrazo se parte, se disuelve o se vuelve una promesa, nos devuelve a la realidad de unos y unas con otros interrogantes que acaso nunca nos seran develados.

Siento que tengo la obligación de contar algo de aquellas palabras, porque los pocos que quedamos de aquellos trece que estábamos, en un inquietante símil a la última cena, tocamos con nuestras palabras, cuando el poso de comestibles y bebestibles daba paso a esa efímera sabiduría de una vigilia antes del alba, las diferencias entre las viejas milongas y las de pos pandemia.

 Y porque la historia se perderá, si no hago el papel de Rustichello de Pisa —coautor poco acreditado del Libro de las maravillas, junto a Marco Polo—, y cuento el núcleo de la conversación amena en la subida noche. 

Algo que Amaia y Sebastián dejaron caer en la clase de estilo, esa simplificación que el tango nuevo de los noventa sivió en bandeja a la generación actual de milongueros, cuya consecuencia estética fue beneficiosa para todos pero a la vez un factor de unificación técnica que dejó perder una esencia que destilaban los y las milongueras de antaño: 

Tu marca es tu historia y tu estilo algo personal, no una consecuencia clónica de miles de clases o milongas. Puedes entender la mecánica del baile, pero si no lo dotas de tu propia verdad, de esa unicidad que te hace ser, no estás bailando sino que reproduces pasos en una desvaída y lavada versión que haces tuya pero no te pertenece, porque no nace de tí.

Al filo de la medianoche eramos siete congregados a la mesa. La conversación derivó hacia el campo de la pintura, apuntalada por Maribel, historiadora de arte murciana de visita que hace dos años reside en Buenos Aires.

 Creo recordar que todo comenzó por la pregunta de preferencias por un pintor o pintora. Se dejó claro que en arte pictórico hay genios y mediaticos. Y esa inquietud se vio plasmada por otra reflexión: ese espacio íntimo que antes era la milonga, que con el concurso de las redes sociales se ha transformado en un escaparate de pose y fotos. 

Somos adictos a la aprobación, no más que monos trajeados suplicando la aprobación de los demás, dice Guy Ritchie en su excelente Revolver(2005). 

 Nada parece existir si no queda un testimonio gráfico instantáneo, una ilusión de realidad que olvidaremos mañana, en contraposición a las milongas casi herméticas que no permitían ninguna foto, porque la milonga como lugar de encuentro era un territorio sagrado, un algo misterioso que se preservaba y preservaba a sus participantes, pero muchas veces dejaba afuera a aquellos que no pertenecían.

En esa deriva ganamos y perdimos muchas cosas. 

Tangos sagrados, llevados a su culminación por tal o cual pareja o aquellos preferídos de la gente sabia, no se bailaron más en una exhibición. Por respeto a quienes los hicieron inolvidables en su baile. Y por la insalvable y dolorosa huella sentimental que nos dejaron, cuando nos dejaron.

 El mundo de hoy parece una milonga extendida y cualquiera puede sentirse a gusto en cualquier milonga. Pero parte de esa magia de la milonga se ha perdido, como se han perdido algunos genuinos bailongos ocultos cuando la mayoría de los concurrentes se perdió tambien. 

Murió, como murieron los que habitaban sus pistas. Los que tenían gestos de grandeza, rasgos de amistad y compañerismo, los verdaderos códigos de la milonga, más allá de los de circulación en pista.  Grandes como Tete o Pepito Avellaneda, Angelito y Angelita, o anónimos cuya historia se ha perdido en el tiempo, como aquellos detalles de pureza, destilados de miles de noches y de su propia experiencia vital. 

En el estado general de la milonga porteña, como decía Maribel, parece ser que hay una inquietante tendencia que aglutina a una mayoría turística y a taxis profesionales. Un ínfimo grupo es gente que va por gusto, por esa imperiosa necesidad de encontrarse con el otro en el abrazo, de compartir un momento sin esperar nada y a la vez la vana esperanza de creer que habrá un algo inefable que no podrá olvidar.

No digo que todas las milongas sean así, pero por sus palabras pudimos colegir que una mayoría pos pandemia va en esa dirección. Y ya siento que dirán que me equivoco. Que, como siempre, lo mejor de la milonga se disfruta cuando a altas horas los pies se sueltan y muchos se han ido a dormir. 

Pero solo narro las impresiones, más allá del hecho puntual. En esta realidad en que la extensión horaria se ha reducido, cuando antes algunas milongas seguían abiertas hasta la madrugada.

 Hay milongas after, pero son otra cosa. Parte de un fenomeno que contiene festivales y maratones. O eventos con campeonatos y competiciones que irritan a quienes solo quieren el disfrute del baile y el encuentro, sin nada más que baile.

Éramos tres salidos de la milonga de Rosario e inevitable la comparación. Se dijo que quizá por calidad primaba la de Buenos Aires, pero la de Rosario seguía teniendo elementos más genuinos. Ninguno pudo aportar un baremo actual.

 Nos fuimos hace tiempo y la visita ocasional no es muestra fiable. 

Solo pudimos asentar la anédota que la memoria magnifica y un apartado hacia el ETI argentino, Encuentro Tanguero del Interior, que permitió abrir y conocer diferentes realidades federales de baile, mas allá de la meca porteña.

 Pero hablo solo de Argentina. Y hace veintisiete años que estoy fuera. 

Podrán dejar en sus comentarios sus impresiones, si lo desean o disentir con urbanidad. A fin de cuentas, somos los que hacemos la milonga actual. Y ninguna tendencia es definitiva. 

Como el arte, que al decir de Sebastián, es una construccion artificial que busca respuesta al caos y lo ordena. Que difumina el laborioso equilibrio natural y lo vuelve a armar en la visión del demiurgo. 

No olvidemos que el universo que habitamos y del que somos parte es —mas allá de la fe o la creencia— una imposible y organizada magia cuyo truco escapa a la percepción y evade nuestra comprensión. 

Al filo de la madrugada, cuando la charla estaba inmersa en una impronta profunda en su simplicidad, con todos los elementos del místico poeta del vino, Omar Khayan, traje a colación el hecho de que el viernes en la exhibición de la milonga Amaia y Sebastián se animaran a bailar Gardel.

 Nadie baila Gardel. No se escucha Gardel en las milongas.

 He escrito en otro sitio, que Gardel es demasiado íntimo, una ceremonia personal que acaso no puede ser compartida en el baile, en una milonga. 

Sebastián baila siempre un Gardel en exhibición. Aunque, como también se dijo, no debería haber ninguna exhibición. 

Pasamos del «Bailan Pocho y señora, al «Bailan Marisa y Ricardo» y luego al «Bailan Miguel Angel Zotto y Daiana Guspero», por citar nombres que no se citaron.

¿Se entiende la diferencia?  Es lo que es y a los que nos ha llevado la lógica evolución. 

Pero no se habló de esto. Mas bien derivamos a una apasionada culminacion sentimental de la velada, con escucha de esos tangos gardelianos que son en su perfección inimitables y que tienen todos los elementos del  buen tango: la melancolía, el paso del tiempo, el caprichoso devenir de la existencia, que nos junta o nos dispersa.




Y cuando el metro abrió sus puertas, no nos dimos El Adios, como el excelso tango musicalizado por Maruja Pacheco Huergo, pero nos separamos  en la promesa de otra juntada futura. 

No se bailó, es cierto, pero en esas horas hubo  tanta milongueridad que no hizo falta. 

Al marcharnos atravesamos la pista vacía.

Quien sabe si no bailaron allí mientras hablabamos, los espíritus de quienes evocamos.

Aquella milongueridad que había comprendido por el camino más largo que la belleza está en lo simple y se dejaban ir, narrándonos su historia en la pisada.

Quien sabe.


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https://labatadelusiardo.blogspot.com/2026/04/el-domingo-de-maria.html

https://labatadelusiardo.blogspot.com/2015/04/las-milongas-que-se-cierran.html

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Comentarios

Amaia ha dicho que…
Qué belleza este relato, que plasma la tangueridad y argentinidad de esa noche y deja ver la mística que hubo y que no se puede poner en palabras. Gracias
Juan Ignacio Arias ha dicho que…
Muchísimas gracias. Por la lectura pero también por la clase y la oportunidad de compartir la noche.

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