Milonga del Oriental. Abril 5 22.45 P. M Un ciego se lava la cara en el baño e invoca un dudoso milagro de viernes santo mientras reza a Troilo, detenido en un solo que ya dura setenta años.
La pista es un páramo. Hay algun que otro debuto de la Iglesia milonguera de los primeros pasos, fiel al dogma de bailar como si siempre fuera la primera vez y tambien un par de discipulos desengañados del mesias de la milongueridad, cuyas enseñanzas fueron menos importantes que su ejemplo.
Lo más granado de la muchachada bailante está en en la Barcelona Tango Marathón, que este año viene potente.
Aburridos de ver por las pantallas panorámicas Ben Hur Tataglia, un dudoso drama de mafia, religión y venganza dirigido por un tal Reginald Obreronne, nos vamos con el Filósofo Diógenes Pelandrún a la maratón en su tangomovil, un vehiculo progresista que antes fue de un cura que practicaba dudosos exorcismos. Nos llevamos a una tal Fedra Fado, a quien he visto muchas veces frente a nuestra mesa anotar algo en una libreta negra en análoga situación a la mía. Mientras,el plantel de muchachos murgueros bajo los mandos del parrillero uruguayo Pococho, se prepara para un after hasta las cuatro pactado en la jornada anterior, porque la maratón termina temprano.
No sé si esta situación, esta detención en el habitual trajín del viernes oriental, hubiera pasado en los tiempos en que Riquelme, el antiguo organizador y ahora estafador prófugo, comandaba con mano recia la milonga. Aunque en estas fechas siempre estaba de retiro espiritual en las montañas sagradas. Quien sabe. Quizá es solo un indicio de los cambiantes tiempos.
Llegamos a tiempo para confraternizar con locales y con visitantes que tientan mis escasos rudimentos de inglés. Reencuentro viejas amistades como el Tigre Sabella, gran bailarin y musicalizador y tambien algunas muchachas que conozco de otros festivales. Bailo algunas tandas memorables, observo algunas parejas en floración en la reciente primavera, capto el ansia y la fe de algunos otros que bailan y conversan como si con sus accionar pudiera convertir el agua en vino y escribo versos en mi tablet desde la grada del fondo, en la que está la mayoría de los concurrentes.
Fedra escribe también. Deberé preguntarle qué, por si acaso fuera una compañera poeta (teniendo en cuenta los últimos sucesos), aunque a esta altura de mi vida ya no creo en afinidades cósmicas y otras morondangas(palabra denostativa Borgesiana) del destino, por las que mucha gente guia sus pasos y sus emociones.
A la una y cuarto cantan ültima tanda. Un numeroso grupo, advertido del after del Oriental, estudia las posibilidades de compartir transporte.
Volvemos Diógenes, Fedra y yo. Le pregunto por sus escritos y me dice que solo anota impresiones sueltas y otras cosas que se le ocurren segun el tango que se escuche.
—Son como un catálogo de sentimientos y frases viscerales que algun dia ilustraré a modo de calendario íntimo. No las corrijo. Como vienen las anoto.Nada que ver con tus escritos, que antes eran más absurdos y humorísticos, pero aún me divierten.
Interesante.
—Yo escribía con seriedad sobre el absurdo, porque antes los personajes que uno encontraba en la milonga eran bastante surrealistas. Es cierto que las cosas nunca pasaban como las conté, pero en mis entradas siempre llevé la situación al extremo, para que la desventura de los implicados tuviera algo de épico. Supongo que en gran medida cada personaje o acción eran un reflejo de mis propios desfases o sucedieres imaginarios. Creo que con el tiempo esas gentes o yo hemos mutado. Me cuesta encontrar alucinados genuinos, de esos que son materia de psicoanalisis o películas.
—Por ahi es una cuestión de conexión. Cambiaron los codigos y al estar en otra frecuencia dejaste de ver a esos que considerabas tus iguales. O tal vez la milonga se ha vuelto un lugar de pose, mucho menos interesante —acota Diógenes con tristeza—. Por ahi hemos perdido la espontaneidad y la frescura de antes. Y estoy hablando de nosotros, los de entonces, parafraseando a Neruda.
Fedra interviene desde el asiento trasero.
—Algun fulgor habrá. Nunca se sabe. Es lo que tiene la milonga. Cualquier noche de estas puede ser inolvidable. Y en cualquiera puede aparecer ese brillo en la mirada que promete una conversacion inusual, ese algo intangible que provoca inquietud o al menos curiosidad...
—Ese algo intangible. Buen eufemismo. Quiero creer que sí, pero a mis años cada vez encuentro menos sustento a mis creencias. Hasta esas cosas que me parecían importantes han perdido parte de su valor. Esa ligereza, el desparpajo amable que definía relaciones duraderas. Antes había profundidad en lo liviano. Ahora solo me parece escuchar compilados, extractos de conocimiento, sin más sabiduria que la que puede aportar un aforismo.
—Eso es porque no paras de bailar. Antes escribías, eras más contemplativo. Podias pasar varias tandas sin bailar, viendo el ambiente y conversando.
—Sí, puede ser.
—Porque las interrogaciones vitales, esas que nos hacemos todos, no han cambiado —acota Fedra.
—No. Esas no. Aunque supongo que si uno intenta plantearlas a la fuerza sin que hayan salido en una charla de una forma natural no tiene sentido responderlas.
—Ya. Antes lo hubieras expresado con humor y menos carga ¿Qué somos? milongueros, ¿de donde venimos? de la milonga. ¿A donde vamos? a otra milonga. ¿Cual es la respuesta a la vida el universo y todo lo demás?
—Ah, esa ya la dijo Douglas Adams...es ¡42!
Lo decimos a duo.
La llegada al oriental corta la conversación. Del plantel estable solo quedan Pococho, Hugui y Muni. La parrilla, casi sin ascuas y la barra, aglutinan a la poca concurrencia, algunos bailarines que se han enterado de última. En el transcurso de media hora llegan diez personas más sin que se reporte la presencia del numeroso grupo.
Sospecho que en la detención hay quienes se han dado cuenta de su cansancio personal o hay en marcha otro after domiciliario del que no hemos tenido noticias.
Hay pocas mujeres. Y todas bailan.
En la película Ben Hur Tataglia va a la carcel y en un motín salva a un poderoso magnate que antes de morir lo hace participe de su fortuna. Para celebrarlo monta un gran bailongo en el que se nota el bajo presupuesto, no mucho mejor que nuestra milonga real en la que cuatro parejas bailan, tres comen empanadas y dos cuentan chistes guarangos. Los debutos de la iglesia y los discipulos del mesias de la milongueridad resuelven sus disputas en abrazo sentido, al compás de un tanda con De Angelis.
Un tipo, con toda la apariencia de un cristo rico le grita a la ronda:
—Pero ¿no ven?, ¡el tango te lo está diciendo! ¡Inventen otra cosa, pero en estas fechas no profanen los pasos con sus adornos herejes!
Nadie sabe con quien vino. Quiza seguia a una muchacha y su ansiedad lo trajo hasta aquí, donde no hay más que noctámbulos y otros refugiados de la noche. Abre los brazos como si fuera a clavarse en una cruz imaginaria y dice:
—Pero ¿ tenemos conciencia de la fecha? ¿Sabemos que el hijo del hombre nació en la navidad y a los cuatro meses lo mataron?
Suena Lágrimas de sangre. Me mira.
—Sangre, ¿ves? el tango te lo está diciendo.
Miro sus ojos. Es verdad que hay un destello, pero es como el reflejo sucio de algo que alguna vez fue otra cosa.
Uno de los que cuenta chistes acota:
—Es estas fechas hay abundancia de místicos y otros yesuscrais. No se por qué salen a pasear su dramatismo.
En la pantalla Ben Hur Tataglia engrandece su imperio criminal y re encuentra a su madre y su hermana, a quienes un profeta de suburbio cura, cual si se tratara de un empacho, de una avanzada lepra. El guión y la realización son chapuceros, viciados de metáforas que no funcionan.
La noche se va, las gentes tambien. Nos queda un sucedáneo devaluado, un dos por cuatro de rebajas, sustituto bajo en calorías,de los milagros que ya no ocurriran.
Bailo con Fedra. A las tres de la mañana nos refugiamos en un abrazo sentido y promesas de encuentro en la maratón o en cualquier milonga. Protegemos nuestras palabras y cualquier otro intangible con la excusa de un real cansancio.
La cumparsita recitada por Julio Sosa pone punto final a la velada.
Porque tengo odios que nunca los digo. canta.
Por suerte el cristo ya se ha ido.
Porque cuando quiero me desangro en besos, declama con esa voz forjada por la pobreza de su niñez.
El tango, el tango te lo está diciendo, parece decir en mi oido el cristo rico.
Tengo la sospecha de que aquellos curiosos personajes, aquellos tejedores de sueños de antaño, que hacían este mundo tan singular, están por ahi, dispersos en un plastico oceano virtual, más falso que aquel mar del Casanova de Fellini.
O en fastuosos afters de brillante ingenio a los que no he sido invitado.
Pero nunca se sabe...
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