La puerta de Todo para el milonguero se abrió exactamente a las ocho y veinticinco de último miercoles invernal del año y me sacó del móvil, de la historia de odio y romance de Carmelite, el artista de moda, que en una exhibición unipersonal llamada Abrazándome se ganchó a sí propio y terminó corrido a zapatazos —la gente siempre utiliza lo que tiene más a mano— por la milongueridad de Cartón Junao.
Medio minuto de reel y papelón en sentido contrario a la ronda hasta que el video se corta. 1.689.987 visualizaciones en dos horas y 6.578 comentarios fracturados entre una «obra maestra», un paso más allá en la historia del tango bailado, y haters que prometen para futuras performances enriquecer la experience con harina, tomate y huevos. Proponen titulos como: Pisstango o Tangbodrio.
Lejos quedaron los tiempos de Pocho Pizarro y su acto con las escobas. Lejos…
—¿Interrumpo algo especial? —dijo con una voz cantarina que me recordó a una llovizna de verano.
—No… faltaría más. Es que el mal gusto es hipnótico.
Me miraba desde un par de indeterminados ojos felinos cuyo color era como el destello de un cielo claro entre las nubes. Llevaba una gorra gris, que supuse rusa, y un abrigo a juego; un bolso con flecos y un mate inverosímil.
—Me han dicho que aquí puedo contratar los servicios de un taxi milonguero. Sé que es un poco tarde, pero si fuera posible…
Cada día me daban menos ganas de cerrar. No quería volver a casa para encontrar las mismas pelusas orbitando en el vacío y mi desidia. No quería reemplazar una ausencia en otras caras, a pesar de los insistentes ruegos de los muchachos lusiardianos que se empeñaban cada fin de semana en contarme las alternativas de la milonga, inventadas, seguro, porque la cooperativa comandada por el uruguayo Pococho y sus muchachos murgueros se iba a pique cuando Nina me abandonó.
Pensé en Vieytes y Luconi, los servicios milongueros todo terreno. Y en la nula posibilidad de encontrarlos un día como hoy.
Llamé, sin éxito. Supuse que estarían en Calpe. Ella miraba los artículos de la tienda de los Divino, de vacaciones, en algun lugar con verano.
—Es culpa mía —explicó—. Reservé hace tiempo en El Oriental. Venimos de muy lejos por la fama del sitio y las historias que cuenta el poeta Bernal. —Hizo una pausa, pero solo para tomar un mate ¿lo conoce?
—Humm, para mi desgracia... demasiado, diría yo —Un año sin bailar me han alejado bastante de mi antigua imagen—. A veces y cuando se entusiasma escribe alguna cosa buena, pero ha perdido impulso y ya no lo ven por las milongas.
—Ay...A mi me encanta. Ojalá lo conozca.
—Ojalá.
—Y, bueno… planifiqué el viaje para conocer la pista mitológica, con un amigo, un buen amigo. Y ayer así, sin más se fue con una muchacha que conoció, a un encuentro maratón privado en las montañas o en la playa, yo que sé. Y aquí estoy, en su tienda y sin pareja.
—No es mía. Es de mis jefes. Yo solo soy un humilde encargado. Y en El Oriental, una milonga de fin de año no es cualquier cosa. Se cuidan mucho de la proporción para que no haya gente suelta, dada a la melancolía, que vaya a acabar borracha en la zanja o intente, de aburrida, gestas heroícas por el terraplen lleno de cardos y ortigas, cuando no, subirse a los trenes del olvido para curar desengaños.
—Pero, ¿hay gente así todavía?
—No. Eso ya no pasa.
—¿Y qué puedo hacer? —me ofreció un mate que no rechacé. En la calabaza alguien había dibujado con un clavo quemado la cara de Agustín Magaldi.
Pensé. Ni ella ni yo teníamos muchas opciones esta noche. Si no recordaba mal, tenía una pechuga, un paquete de fideos y un poco de salsa para aderezarlos en compañia de alguna película mediocre en la tele.
—¿Cómo se llama?
—Inés. Podés tutearme.
—¿A qué hora pensás ir a El Oriental?
—A las diez. Tengo que pasar por el hotel y prepararme. Está a cinco calles de la milonga. Lo elegí cerca por eso.
—Se me ocurre un muchacho que no es tan buen bailarín, pero conoce el Oriental y el Ambiente. A esta hora no podemos pretender milagros.
—No. Claro. Por supuesto.
—Perfecto. Dame la dirección. A las diez menos cinco el taxi te pasa a buscar por el vestíbulo del hotel.
—¿Seguro?
—Garantizado. Vos confiá.
—Bueno… entonces ya está. Muchas gracias. ¿Cuánto es?
—Después, con el taxi. Que te diviertas…
—Gracias. Y feliz año nuevo.
—Feliz año nuevo.
Salió. Tenía un porte que, sin ser altivo, era interesante. El abrigo dejaba ver un par de botas de las que asomaban dos calentadores de lana. Una mujer friolenta, Inés.
Cerré la caja con sus pocas operaciones y las persianas. Seleccioné un ambo color grafito —holgado—, una camisa púrpura y unos zapatos borravino, con su correspondiente bolsa de cuero, en la sección Viejas Glorias. Me duché, me cambié y me perfumé con mi fragancia favorita: L’astor indómit.
Ya tenía plan para la noche vieja…
(CONTINUARÁ)
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