Habíamos planteado en la semana posterior a los cumpleaños de Javier (Fuentes) Rebecca(Gheiler) y mío ir al Tango Amigo, festival heredero del legendario decano de los festivales, el querido y llorado festival de Sitges donde hace unos años Cátulo Bernal supo pasear su tango y sus desventuras.
Como gentes de frondosa milongueridad y multiples ocupaciones lo antes que podíamos llegar era el sábado de tarde, en el coche de Javier. Y digo podíamos porque serían también de la partida Silvia Lezcano y Giovani Corral, antes de actuar en Color Cielo organizado por Gabi Soda para terminar un mes de cumpleaños plagado de eventos tangueros y dar comienzo a junio en el que descollaba una nueva edicion de La Real y el mísmo Color Cielo, para el que ya estamos preparándonos con ansiedad.
Abro un inciso para remarcar que tres de los integrantes del grupo podríamos haber salido el viernes directamente del Desbande, luego de la energética noche que vivimos, con la excelente música de la querida Manuela Marce, que venía a visitarnos ahora que triunfa en Argentina y la exhibición de Francesca Vaccari y Adrián Coria que con su sentida interpretación de Milonga para una armónica no dudaron en hacer un guiño complice a Chicho, que estaba sentado en las primeras filas.
Podríamos haber salido, pero no hay nada peor que llegar a un festival cuando la noche se ha acabado. Y esas cosas solo le pasan a Cátulo, que es un hombre pródigo en destiempos, (Ver entrada al final)
Me acuerdo la noche que estuvieron Gabriel Missé y Alejandra Mantiñan en el Hotel Oriente. Hicieron una exhibición buenísima y no hubo mucha gente porque justo esa noche jugaban el Barza y el Madrid. Me puse una camisa verde clara y un traje negro con el que encandile a mi amor, que ya no está.
Así que por cuestiones varias, —en mi caso la reunión para la primera feria del libro tanguero y otras historias, a realizarse el último domingo de junio en P.E.P.(Por ese Palpitar)—la partida se demoró hasta las 20 desde el Arco del triunfo, hora en que el sol bajaba.
Sé que parte del grupo pasó un rato por La fuente a costa de sufrir alguna rozadura propia del furor estival. No quise ir porque llegaba justo y por mis galas. No fuera a ser que un boleo inconveniente dejara en mis mejores pantalones una mancha indeleble.
A las ocho y veinte estábamos en camino. No se planteó la posibilidad de música incidental, que a veces suele ser materia de discusión. Cuando la charla es interesante, amena y ligeramente trascendente —como cuadra a personas principales en ruta— no hace falta más.
Se habló de los sucedidos del viernes y otros aconteceres del tango bailado, sin que la noche se descolgara del todo sobre nuestras cabezas.
Llegamos a Santa Susanna a esa hora en que las gentes salen a pasear por el espigón para ver artesanías y decidir que cenarán mientras el aire se llena del murmullo del turista prematuro y el cielo es más leve que un trazo de acuarela.
Por una afortunada casualidad conseguimos aparcamiento casi frente al hotel del encuentro donde hubo milonga en la piscina a mediodía.
Para no caminar mucho, se decidió que picáramos algo en el restaurant, delante del hotel. Orgánico, simple y adecuado a las circunstancias: Albondigas con calamares, pechuga con fritas y a rodar mi vida, mientras sonaba de fondo la música de la milonga vermut, desde el evento.
Tuvimos un primer contacto con la cosa milonguera al ver a Álvaro, organizador del festival y luego al querido emperador Claudio Cesar. Ambos volvían del paseo en la playa a prepararse para la noche principal.
Una vez satisfechas las necesidades básicas, bajamos casi directamante al Tango amigo cual si fueramos Tango amigo´s five, como se testimonia en el video de las redes.
Atravesamos el patio piscinado, la recepción, una pared con motivos de rutilantes verdes.
En el salón quedó mi corazón como dice el tango. Maru en la puerta, con sus bellos ojos, su tecito y su amabilidad. Las consabidas mesas en redor de la sala, las luces de un tono que ahora podría describir como de estilo Bradbury. La mesa del musicalizador a mano izquierda segun se entraba, donde Toni Barber, —uno de aquellos de entonces— estaba musicalizando con su estilo.
Nos acomodamos en la mesa que nos habían destinado. En redor, gentes de Barcelona, de extraradios, de Francia. Al fondo en una mesa con muchachas francesas algunos conocidos como Jorge Pahl, con Solene y Diego. Al lado, la comitiva de Tango Scene comandada por Anabel Gutiérrez Otero e Imanol Muñoz, protagonistas del viernes. En el centro, la pista donde las parejas se afanaban en un suelo disputado, quizá un poco resbaloso. Nada que no pudiera ser solucionado con una toalla mojada en el suelo para adherir las suelas al piso, como en el célebre tango lunfardo de Edmundo Rivero, que en los tiempos de hoy, estaría prohibidísimo.
¿Bailamos? Sí. ¿Charlamos? Sí.
Yo arrastraba un ligero, aunque significativo inconveniente con mi espalda.
Demasiadas noches de milonga. Un tirón a la madrugada anterior me impidió disfrutar lo que hubiera querido. No sé si fueron demasiado cortos los sucesos o la percepción de todo lo ocurrido es para mí un asunto que linda con la ensoñación errática y acaso erronea, que no conviene a un cronista objetivo.
No dormí bien.
Ultimamente las horas se me van en discurrir sucesos para esa fallida epopeya, La desastrosa maratón de Willy Ganchito, que posiblemente tenga otro nombre, y en la que ya se aprecian «cositas interesantes».
Bailé sí. Más hubiera querido tener más libertad para desenfrenarme en las cortinas, aunque es verdad que Toni mantiene en ese particular un tono sobrio, acorde con la escucha.
Luego se le unieron las otras patas del triunvirato organizador, Alfonzo y Álvaro para hacer las presentaciones y dar paso a la exhibición: Virginia Uva y Cesar Agazzi. Debo decir que no los conocía de nada. Me gustaron. Muy milongueros, con esa solvencia y tangueridad que hizo que los aplaudieran a rabiar.
No faltaron los gritos y los chiflidos del Chimi Pahl, una de sus marcas personales, esas por la que lo extrañamos y lo queremos tanto en las milongas de Barcelona.
Terminaron como no podia ser de otra manera, con una milonga bien picara, muy trabajada y teatralizada, en donde a cada paso temí por ellos, en ese suelo que era inconveniente para la exhibición medida.
Pero todo estaba friamente calculado
Por algo Tango amigo se mantiene en el tiempo.
Bailamos algunas tandas más. La milonga con Rebecca, como es natural.
En un momento de doble visión entreví aquella gloría de los tiempos pasados que Cátulo Bernal supo describir tan bien. Cuando Sitges reinaba en su magnífico, solitario esplendor. Aquellos bellos tiempos en que había un festival de verano por año y se esperaba con ansia...
Se pidió un cava que en un cubo extra grande parecia un mini Dalex de Doctor Who en nuestra mesa.
Luego nos hicimos fotos en un canapé o una otomana. Quizá un aprendiz de Goya que pasaba por ahi inmortalizó la escena.
Llevábamos demasiado tango acumulado en los talones, así que por decisión general emprendimos la vuelta a la ciudad condal.
En el trayecto se habló de la milongueridad de antaño, de los bailongos que vimos y los que perdimos. De aquellos estrafalarios personajes que algún día ilustraran las páginas de un libro porvenir.
Pienso en algo parecido al de Perec Je me souviens, con recuerdos de las milongas y de los personajes de las milongas, pero no en orden cronológico, sino más bien en el indeciso hilo que me dicta la memoría.
Me acuerdo la noche que estuvieron Gabriel Missé y Alejandra Mantiñan en el Hotel Oriente. Hicieron una exhibición buenísima y no hubo mucha gente porque justo esa noche jugaban el Barza y el Madrid. Me puse una camisa verde clara y un traje negro con el que encandile a mi amor, que ya no está.
Llegamos a Barcelona y el grupo se disolvió en la noche cálida. Con el regusto bueno de un sábado bien empleado. Y también con las ganas y la promesa de nuevas y posibles aventuras.
Quien sabe.
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