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FESTIVAL INTERNACIONAL DE TANGO DE SITGES - POR ANICETO LARRAPUMBI. Enviado exclusivo.

Cuando el tío Catulo me llamó para cubrir este evento estaba recordando con añoranza las vereditas floreadas de mi Salsipuedes natal. Hasta allí había llegado la fama del encuentro y para no ser menos y cumplir me fui a Sitges, lugar que no conocía, en tren, en la tarde del martes, un día antes del inicio del festival, para empaparme en el color local y así trasmitir a los milongueros que siguen este pasquín lo que realmente representa este festival, decano de los festivales europeos. Emplazado en el tren trabé amistad con una banda de cuatro muchachotes amigos de la juerga que enseguida se franquearon a mis bromas y simpatia provinciana y me abrieron su confianza y confidencia. Llegados a Gavá eramos como aquellos compañeros que han pasado muchas aventuras y se deleitan en la camaraderia y la amistad. Luego de pasar por la  habitación de un hostalucho muy Child Aut, que había pagado la redacción de La bata, me dejé llevar por el entusiasmo de la banda, que ilusionada me insistía con que tenia que conocer el  famoso cañon de Sitges.
Recuerdo en flashes una turbamulta turistera, una murga de brasileños amarinerados, calor, un brebaje casero intencionadamente alcoholico, y luego nada más.
Desperté la mañana del sábado en una triste celda solitaria. Según lo que pude entender a los mosus, me habían recogido el viernes completamente ido en una calle que los lugareños llaman La calle del pecado —a saber porque -—, bailando semidesnudo milongas con las viejas que volvian del mercado.
  Soy fiel a la verdad. Podría haber contado maravillas de las tres primeras noches del festival, pero no me gusta mentir. 
Que el amable lector trasmita su indulgencia a mi pobre persona y compunja el alma de mi tío, que no me quiere pagar.
Lo cierto es que el sábado, luego de pasar por el hostal a buscar mis acreditaciones y entradas, me llegué hasta la parada del bus que me habría de llevar a la masia Vilanoveta, en cuyo césped habían dispuesto una gigantesca pista de parquet, para deleite de los milongueros. Por comentarios supe que les había llovido dos noches, y la pista se había desbaratado y cambiado. Pero el sábado estaba a punto.
Nomás ver aquel fasto, mi ingenua alma semi rural quedo afectada por la  pompa. Como un Babel de lenguas y de pasos, aquello era un hervidero de gentes bien dispuestas que competían en donosura y elegancia para demostrar lo que es sentir el tango corriendo por las venas. Y si faltaba oropel a aquella noche, las magnificas tandas de Gabi Soda hicieron las delicias de los bailantes.
Se bailaba excelso, bien, regular, Se bailaba.
Hasta que llegó la orquesta Solo Tango de Moscú. Madre mía, madre mía. Aquellos cinco tocaban como toda una camerata inspiradisima. Que lujo.
Y aquí dejenme que salte temporalmente en el correlato a la segunda pareja que bailó para luego volver sobre mis pasos.
La dupla Arce-Montes efectuó un pac de cinco coreografías, todo donaire y prestancia, ejecutadas con singular prolijidad.  Aunque debo decir que no me enteré mucho pues estaba levemente hipnotizado por el traje que llevaba Sebastian Arce, surcado con rayas brillantes en negro sobre negro, que me hizo acordar mucho al tipo de material con que visten a Batman en las ultimas películas.
Quiero ese traje. Y no diré mas.
Si no puedo apuntar aquí lo que hicieron es que no se puede hacer un esquema de las coreografías, y además había anotado algunas cositas salientes que borronee, por  querer entablar conversacion con una alemana, haciendome entender con dibujos primitivos.
Pero estuvo muy magnifico..
Y luego —pero antes— bailaron Aoniken Quiroga y Luna Palacios.
Aoniken lleva encima su juventud y los kilos de Pepito Avellaneda. Creo que en fama lo superará.
Yo no sé como hace ese muchacho para mover así las piernas. Yo no puedo aquí describir lo que bailó. Mejor que lo vean de uno que hizo los deberes y se llevó una filmadora.


Poca cosa se puede decir después de esto. Le pidieron bises y alguno de esos avivados que nunca faltan pidió un rocanrol.
 «¿Rocanrol? »dijo Aoniken, «¡y dale!»
Que quieren que les diga.

Bailé, pero quería más. así que apenas arribado al hotelucho, me alquilé una bici y Me fui a la milonga del paseo, la tradicional milonga después de la milonga, que se hace a la vera de la playa y en la que se acostumbra a esperar el sol, buscando algun cariño entre la mujerada forastera. 
El gato estaba pasando allí música con su ordenador y un amplificador para que bailara la pibada. Yo le quise entrar, pero como Firpiano que soy, cometí el error de llevar gomicuer en vez de alpargatas, que es lo apropiado y me fastidie las rodillas a los primeros compases. Con grandes ayes me sacaron de la circulación y vi, como salia el sol y los muchachos salian tambien con las pibas dejando el paseo poco a poco despoblado.
La piedad del gato y el hecho de alojarse en el mismo hostal me salvaron de otra noche en la carcel o al menos una alborada de babas y decepción.  Asi que me llevaron y me dormí, con el inquieto sueño del que no tiene aun la labor cumplida.
La noche del domingo prometia. Tito Cava con su guitarra magica, El cantor Fernando Rios Palacio y de plato Fuerte Gustavo Naveira y Giselle Anne.
Me pasé la tarde poniéndole a mi ambo negro unas tiras negras de cinta aislante, para ver si podía igualar el efecto Arce. Y debo decir orgulloso que no estaba nada mal. Luego de aderezarlo a mi gusto partí con una de las bicicletas del hotel a la milonga de la playa, que empezaba a las siete de la tarde.
Milonga playera en domingo.
 Quien no la haya probado que la pida a sus maestros.
Es verdad que había algunos milongueros en apariencia surf contrapunteada por sus kilos. Pero es lindo y ejercita las pantorrillas. Fernando Lopez del Amoy Toni Barber, los organizadores y anfitriones del festival llegaron, ya concluidas las clases, con un cargamento de sangría para la muchachada.
Maravilloso. Los placeres simples de la vida. Energia, vitalidad y el despreocupado malgusto del que esta de vacaciones y no le importa su aspecto.
 Me zampé unos pescaditos fritos y unas patatas bravas en el chiringuito de la playa y luego de ducharme y aderezarme con mi nuevo traje partí a la milonga en el coche de una muchachada que estaba en la organizacion, alojados en el mismo hostal: Alicia, Jan y Nuria.
No quiero extenderme en prolegómenos. Tuvieron la deferencia de aceptarme en su mesa, al lado de los maestros. Cada tanto miraba de reojo para ver si Arce descubria mi impostura. No quise copiarle el diseño y mis rayas eran mas bien oblicuas, pero por las miradas que cada tanto echaba al traje supe que no le gustó nada. Encima a  la primer tanda que bailé las cintas se le pegotearon en el frente de Stras del vestido de una italiana con la que bailaba y ambos terminamos hechos un verdadero matambre humano. Hui como pude, perdiéndome todas las tandas de Firpo que puso Aquilino, el musicalizador de la noche luego de atravesar las carpa en donde vendían zapatos, empanadas, cava,  pantalones. De cabeza al baño para sacarme los pegotes y afrontar lo que quedaba de noche con la dignidad del que es pobre y tiene que bajar los brazos cuando el ridículo llega.
Había un paisano en un retrete, apurado por el calor y el vino y en una distraccion le arrebaté la chaqueta sustituyéndola por la mia.
Aquel hombre era grande. Me arremangué hasta los codos en la actitud de un bacán sobrado, aunque con la chaqueta mas bien parecia Demis Rousos pasado por el beri beri.
Y me fui a ver a Naveira y Anne.
 Madre Mía, madre Mía. Esos dos bailan ya sin manos. Y no se caen de la bicicleta. Un placer, un deleite, inconmensurable, profundo, tremendo.


Hasta Di Sarli bailaron en Bis. Increible.
 Y  luego otra vez al paseo, a buscar la ternura que los sinsabores del ajetreado viaje habian depositado en mi paladar.
Bajé con alpargatas y me entusiasmé con una austriaca a la que saqué a bailar valsesitos criollos.
Lamentablemente cuando estaba en el momento de la confidencia y el discreto fuera de foco en pareja tuve que salir huyendo al reconocer al que había hurtado la chaqueta, que al verme ataviado con su atuendo venia prontamente en mi dirección.
Suerte que había traido una peluca y gafas sesenteras y asi pude eludir al día siguiente su acoso, disfrazado de Hugo Tognazi y disfrutar de una paella parellada, una postrera y melancolica milonga del paseo y el adios a amigos y conocidos.

Quiera el destino que el año que viene, en la edición 21 esté por Sitges de vuelta.
A ver si de una vez puedo ver sobrio el famoso cañon.

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