Tenia el abrazo calido y una esencia salvaje, perfume de su cuerpo que noté en los primeros compases que bailamos juntos. Esa fragancia se unió a la mia en un complejo juego de aromas que, lo supe luego, quedarían en la chaqueta y volverían cada vez que escuchara «Una vez».
Lo sé. En la entrada anterior escribí que salimos a bailar una tanda de Caló con Berón. Pero al llegar a la pista, de alguna misteriosa manera «Al compás del corazon» dejó paso a la Típica Victor y luego al tema de Pugliese con Moran. Y no supe como fué. Acaso estábamos bailando en tres niveles al igual que en mi visión veía realidades coexistentes.
En todo caso, y a pesar del tiempo transcurrido, comprendí que un ansia desesperada por bailar había agudizado mis sentidos y todo mi ser palpitaba en una cadencia armoniosa y serena; que los dos estabamos contenidos en un movimiento orgánico que nos hacia bajar y subir por la melodía como viejos conocidos que se animan a explorar un juego de propuestas entre velocidades y silencios.
Era una delicia. Me dí el lujo de cerrar los ojos, de cegar la vista y acrecer los otros sentidos.
Intuí el movimiento de los otros, la sombra, el derrotero de sus pasos. Quizá no tocamos a nadie porque supe que en otro plano de percepción mis ojos estaban atentos, vigilantes, mi mano firme en un abrazo fluido..
Me dije —o lo pensé, o lo sentí—:
Ahora mismo soy tres Cátulos. Estoy donde siempre estuve, donde estaré; dentro y fuera de mi. Soy el que baila, soy el que escribe y se describe; soy la carne y el mito. Y en este ahora, en este unico momento, mientras me abrazo y me abraso en esta mujer a la que no conozco de nada y que se irá, siento que destino y acción no son más que palabras. Y yo ya estoy en el futuro. El futuro condiciona la acción, y le despeina los planes.
Pero no. ¿Creen que en ese estado casi eufórico en el que me encontraba —después de tantos meses sin dejarme arrastrar por un tango ni abrazarme a una mujer— iba a tener tiempo de sentir así, ordenado, en párrafos pulidos?
Los sentimientos me llegaban a raudales. me atravesaban el pecho. Era una roca y arenas movedizas. Un tornado y la brisa que dormía a la gaviota.
El caos sobre zapatos charolados talla cuarenta.
Terminó la tanda. Nos quedamos abrazados. Suspiró. La miré a esos ojos de mar gris en las que se reflejaba un rayo de sol.
Dijo «gracias» Alguien me saludó. Otros dijeron: «Hacia tiempo que no venias».
—¿Cátulo? —preguntó alguien.
Ignoro si ella lo oyó.
El orden de todos los hechos es fortuito. Magnificamos las horas postreras del año que se va, en la ilusión de horas mejores.
Volvimos a la mesa mientras bailamos Bowie. Comimos algo —Es lo que se estila es estas ocasiones—. El Chardonay se transformó en champán frappé.
Hablamos de cosas supuestamente serias, sin entrar en detalles, con ligereza y acaso demasiada elocuencia.
—Mi amigo no hubiera bailado nunca conmigo como bailaste vos —dijo—. Si ese es el nivel que tienen todos los taxis aqui, es...impresionante.
—No soy un taxi. Solo estoy a cargo de la tienda. Y hago las cosas con corazón. Digamos que tenía que venir hoy. Que haya venido con vos, es pura serendipia.
—¿Serendipia? Puede ser. Pero tengo que confesarte algo. Yo buscaba la tienda. Desde que Cátulo escribió sobre ella quería conocer al dueño, a Divino. Un hombre que arma un festival como el que hizo por amor es admirable... Que lástima que no lo haya encontrado.
—Helena y Jaime nunca están en estas fechas. Yo tampoco tendría que haber estado. Pero algo tenía que hacer. Y vos necesitabas un taxi.
Bebió un sorbo de Champán. En la mesa de al lado dos parejas hacian video conferencia a los gritos, con sus amigos, transatlanticos. Molestaban. Inés se encogió de hombros, incomoda.
—¿Lo de Cátulo con Helena fue así?¿ La buscó durante todo el festival para nada? Veo esta milonga y me creo todo lo que escribe. Yo pensaba que con Nina iba a durar. Pero se ve que no.
—Si. No.
—Quiero ir a conocer el hostal de los Mawartz, pero me va a dar como una nostalgia, Cátulo es ...¿Vos que lo conoces... ¿Es asi?
La miré. Pensé en Cátulo Bernal. Pensé en mí. Pensé en lo que había escrito sobre mí. Casi dos años sin un estímulo para bailar, ni para escribir.— Ná... Cátulo es Cátulo. A él le gusta tomarse todo a lo tragicómico y con música de película. Es... un personaje.
—Ya me parecía. Nadie puede ser tan...
—¿Tan qué?
—Nada. Es que... Es eso. Como vos decís, un personaje. Parece un tipo sacado de una película. Y no un hombre de verdad.
Mis dedos atusaron el bigote que ya no tenía. Comprendí que me había estado vaciando para no sentir el dolor del abandono. Y ahora... las ganas de vida me llegaban a raudales. Pero no quería un sucedáneo de cariño inducido por lástima.
De golpe estaba molesto con el poetastro cursi que era. La murga de los alegres camareros, comandados por Pococho se acercaba con su alegría falsa de carnaval.
Me levanté.
—Vení, Inés. Llevate la copa. Vamos a hacer un mini recorrido por el Oriental. Por los fabulosos restos arqueológicos que tanto le gustan a Cátulo, por esos símbolos que ensalza y describe con tanto entusiasmo.
Caminamos despacio. En la pista los bailantes se sumian en el regocijo de las ultimas tandas del 2025. —¿Ves? esos hierros retorcidos y oxidados son la Carlos Gardel 54, la nave que segun escribió lo trajo desde los confines del espacio, luego de ganar el torneo extraterrestre de truco. Ahora sirve como grupo escultorico o para colgar las pastas frescas.
»Y ahí, en el ring de los Titanes de la milonga está a Orquesta, un rejuntado de la Tipica Sandokan y los Petisos Troilos. Van a tocar después del brindis si los deja el pesado de Osvaldo Malandra, que se cree la reencarnación de Tita Merello. Y Aquellos son los robots milongueros, para la gente que no bailaba, y que no funcionaron nunca...
—Pero ¡son de plastico!
—Cátulo es un fabulador. Un tipo que ve cosas extraordinarias donde no hay más que un montón de porquerias. Un enamorado de la desdicha, que paladea el patetismo como una forma de vida. Un hombre que busca amor donde no hay y cuando tiene cerca un cariño no es capaz de apreciarlo. Para Cátulo todo es una cuestión de vida o muerte. Es tan trascendente que da miedo.
—Creo que Cátulo ha tenido que sufrir mucho.
Comenzó a sonar Quedemonos aquí.
Tuve un impulso. Dejé las copas sobre una mesa y la llevé a la pista. Comenzamos a bailar.
A medida que nuestros cuerpos se fundian con la misma sorpresa y placer a este nuevo tango, me animé a susurrarle al oido:
—El sufrimiento no alimenta. Los versos, los versos ...no son nada si no hay algo más.
Noté su esencia, un matiz almizclado que se intensificaba. Suspiró.
—Decís eso murmuró —como si lo supieras por experiencia. No como una idea.
La milonga se aquietaba a nuestro alrededor. Todo movimiento parecía definitivo.
—Estamos siempre así —dije—, colgados entre el instinto que reclama pasión y ese milagro que vibra entre los dos y busca lo divino.
Sentí su pulso acelerarse. Mi mano recorría su espalda con la misma delicadeza con la que mis palabras acariciaban su oido.
—Hay algo más entre dos que se buscan —continué—. Algo previo al lenguaje. Ese punto exacto donde la piel decide antes de la sugerencia.
—Ahora —dijo—, no te hace falta escribir.
Me quedé en silencio.
—Hablás de Cátulo. Demasiado. Lo odiás y lo defendés. Te estás defendiendo. No necesito saber tu nombre —susurró— Lo supe por el cómo.
—Yo...—intenté articular, pero ella me interrumpió.
—Tranquilo. No quiero tus versos. Quiero bailar con el hombre.
Oi voces en la periferia. No les hice caso. El tango se acababa.
—El momento —murmuré—.Todo está en el momento.
Se apretó a mi y modificó el abrazo con su mano por encima de mi hombro.
Un espantasuegras y el descorche de una botella de cava rompieron el abrazo.
—¡Catulo! ¡Catulo Bernal! —gritó Pococho— ¿Qué hacen? ¡Faltan dos minutos para las doce!¡Las uvas! ¡Vamos!
Nos miramos.
Lo de las uvas, el brindis y lo que vino despues pertenece a uno de los tres niveles de mi realidad, pero no dire aquí a cual...
Porque eso, como casi todo lo que cuento, es otra historia...
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