A las diez menos cinco estaba en la puerta del hotel con todas mis esperanzas atadas a la bolsa de zapatos de baile. Ella bajó con un abrigo similar al que llevó a la tienda y un gorro que favorecia su cabello oscuro. Me vió y comentó:
— Eso es implicación con el trabajo.
—Bueno, hay tareas que solo yo puedo hacer. Esta es una de ellas. Y la hago con gusto.
—Pero... ¿No tenias plan para la nochevieja?
Comenzamos a caminar en dirección al Oriental, esquivamos a algunos transeuntes apurados que llevaban viandas a la última cena del 2025.
—No. Hace un tiempo que no hago planes. Dejo que los acontecimientos sucedan y así, si acurre algo bueno, puedo disfrutar el momento. He aprendido que si uno no tiene grandes espectativas, cualquier hecho, por minusculo que parezca, parecerá milagroso y mágico si escapa un poco de la rutina que se ha fijado.
—Y si no hubiera entrado en la tienda buscando un taxi ¿que hubieras hecho?
—Hubiera cerrado y luego guiandome por la intuición hubiera elegido un rumbo para caminar sin saber bien lo que iba a hacer ni adonde iba a terminar esta noche.
Las calles se iban acortando. Pasamos por el mítico bar Roñoso. Los dioscuros camareros, Castor y Polux, vestidos con sus mejores galas, se mezclaban entre la parroquía de perdedores y de turístas atraidos por el rústico pintoresquismo local del establecimiento, en el que habíamos pasado muchas matinés. Apuré el paso para no saludar y comprometer la cena.
—Quizá me hubiera llegado hasta aquí —dije—. Aunque no hacen milonga es uno de mis sitios preferidos para escribir.
—¿Vos tambien escribis?
—Sí. Pero cosas más livianas que las de Cátulo. Y solo por diversión.
El callejón que daba a la famosa entrada de ligustrinas del Oriental se abría ante nosotros. Divisé la melancólica figura de Edgar Alan Pobre, parapetado tras su mesa, en la entrada. Sin embargo, algo había en su figura, que no me resultaba familiar.
—Buenas noches...¿Han reservado los señores?
Habre cambiado totalmente que el anciano por la voz tan solo me reconoció.
—Inés Saavedra y acompañante. Estoy en la lista.
—Efectivamente. Sean bienvenidos. Si no conocen aquí hay un desplegable.
—Tranquilo, conozco esta milonga como si la hubiera descrito en miles de noches de imsomnio, vamos, Inés, le hago de Cicerone.
Dejamos atras el enrevesado ligustro, con algunas ramas descuidadas. En tiempos del jardinero japones Sepito せぴと, esto no hubiera sucedido. Comencé a tener una inquietante sensación de angustia a medida que nos adentrabamos en la milonga, que busqué acallar con las palabras.
—A mano derecha está la sanja, como ya debés saber. Es cierto que Cátulo Llegó a afirmar que hasta podían bajar canoas y barcos de recreos con milongueros de domingo, pero no es...
Miré a mano derecha. Las familiares mesas con manteles de hule blanco estaban llenas de caras que me resultaban familiares y a la vez completamente desconocidas.La pista bullía en frenéticos movimientos y en lánguidos compases, como si mirara todo con dos visiones diferentes y superpuestas. Para que se me entienda, por un lado veía una fiesta decadente, una zanja pobre, mesas oxidadas y gentes vestidas con trajes un poco pasados de moda. Bailaban un enlatado que sonaba estridente y con frituras. Y en la otra visión estaba viendo el magnifico poste central, con sus radiantes luces de colores saliendo hacia las cuatro latitudes de la milonga, la pista llena de magnificos bailantes, las cuatro pantallas panorámicas que mostraban parejas en imposibles coreografias, la parrilla y la cocina llena de exquisitos manjares, el escenario —otrora ring de los Titanes de la milonga, con una tipica preparada para tocar, al lado de la mesa del musicalizador, el famoso loquito Piazzolla, en un despliegue imponente de baile y color.
—¿No es qué? —dijo Inés—. Es tal como lo cuenta Cátulo. Tiene un don increible para la descripción.
Miré hacia el terraplén ferroviario. Un carguero desvencijado pasaba en ese momento arrastrando un par de vagones vencidos. Si entornaba la vista podía ver un fastuoso tren color humo en donde jaraneros de fin de año despedian el año con champan.
Era algo desconcertante. Sentí un halito fresco y al mismo tiempo el familiar calor del microclima de El Oriental,que tantas veces he descripto. Se nos acercó Mocito Taura. En mi doble visión le vi en la cara tantos inviernos y a la vez tan pocos que no pude evitar pensar que en algun lado, alguien debia estar interfiriendo directamente en mi realidad con algunas siniestras injerencias de la inteligencia artificial.
—Los acompaño a su mesa si me dicen los nombres, los nombres.
¿Dijo «los nombres» dos veces?
—A los efectos, solo soy acompañante, Mocito Taura. La mesa está reservada a nombre de Inés Saavedra.
—Ah... La mesa de los notables. Si son tan amables.
Lo seguimos. Pensé: Es inevitable. Que sea Cátulo disfrazado de Borges quien narre, con ciertos matices de Bioy o Gaiman, es inevitable. Por lo tanto, la mesa que nos espera está debajo de un limonero. En las ramas mas altas, los milongueros de leyenda han dejado colgados sus zapatos y los pibes principiantes ponen en peligro su existencia para bajarlos y calzarselos, porque les atribuyen pasos milagrosos. La pareja que baje con esos zapatos reinará en las pistas. Y nadie llega arriba...pero esa es otra historia. Lo que importa a la historia es que allí estaran los muchachos lusiardianos. Pitón Pipeta, el indio Martín, El filósofo Diógenes Pelandrún, con su indiscutible voracidad y su afilado ingenio. Y acaso esté tambien ese que se llama Cátulo Bernal. O una copia. O sea, yo mismo. Pero no sé si seré mi yo pasado, mi yo futuro o mi yo idealizado. En todo caso...
Me estremecí. la mesa estaba cada vez más cerca. Si entornaba los ojos estaban allí, atacando una bandeja inmensa de patatas fritas y una de asaduras, con un cubo de Chardonay helado. Si los abria, solo veia una sombra y un cartel en el que se leia reservado.
No estaba yo. No habia nadie. Aunque la sombra tenía mi apariencia.
¿Que es lo que estoy viendo? ¿Presente y pasado como en el cuento de Bradbury?¿presente y futuro? ¿Realidad y texto?
Me froté los ojos. La sombra desapareció. Pregunté:
—¿No vienen hoy los muchachos lusiardianos?
—No. Desde que que el poeta Bernal no frecuenta han bajado la frecuencia de las visitas. Me parece que se han ido a festejar al bar Roñoso, pero por ahi caen más tarde. Esa gente es impredecible.
—Aquí, el señor también es poeta —apostilló Inés.
Mocito Taura me miró, al borde del reconocimiento.
—Ultimamente hay muchos poetas en la milonga. Su cara me parece conocida. Pero ahora no caigo.
—No importa. Vengo a pasar el rato y a despedir el año en buena compañia. ¿No está Pococho?
—Estamos todos. Ahora que nos quieren cerrar, hay que hacer el aguante...Acomodense. Ya les voy trayendo el menu de fin de año.
Dejamos los abrigos en una de las sillas vacias. Inés estaba esplendida con un vestido negro con ribetes blancos. Me senté, por costumbre en mi silla habitual. La doble visión habia dejado paso a una versión unificada en la que todo era más o menos normal. Las parejas bailaban un Di Sarli entregado en la pista. Mientras nos cambiabamos los zapatos noté que el familiar suelo de tierra apisonada tenía una textura de parquet.
—¿Lo ves? —Le dije sin pensar— No es que sea tierra apisonada. Sino sería imposible para las mujeres pivotar con los tacos. Es una licencia poetica, algo que escribí para romantizar el lugar.
—¿Escribiste?
—Quiero decir, yo también escribí.
En ese momento comenzaba una tanda de Caló con Berón, adecuada para empezar la noche. Asi que le dí la mano y salimos a bailar.
(CONTINUARÁ)

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