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EL CARNAVAL VALENTINIANO DE LOS MAWARTZ

Se acerca carnaval san valentiniano. Hace una semana que el hostal milonguero de los señores Mawartz bulle en actividad descontrolada. No se trata solo de ofrecer un bailongo de disfraces, sino de trasladar ese espíritu pagano a las anodinas milongas cotidianas y mezclarlo en un festejo que no sea empalagoso y destaque como una celebración al exagerado y auténtico amor, no exento de pasados tiempos tormentosos, que se profesan.
Para lo cual es necesario magnificar los festejos con todo tipo de subversiones de la rutina, que en el territorio Mawartz ya de por si es ligeramente extraordinaria.
Será como es costumbre, lejos de la pista inclinada, insuficiente para la concurrencia vecinal, los diletantes milongueros y otros viajeros absortos que llegan al melancólico hostal, atraídos por la fama del doble acontecimiento.
Si en otros años hubo desfile, antorchas, comitivas, bailes, procesión y desenfreno al aire libre al pie de la colina de las vizcachas, no será menos este año, en el que habrá mesas comunales, donde los invitados se explayaran en competencias sibaritas donde mostraran sus artes culinarias y en la conversacion intrascendente iluminados por fragantes fogatas de blanco eucalipto, apropiadas para los epigramas, los acertijos, el galanteo, el flirteo y otras conductas sociales buenamente aceptadas bajo el disfraz y la máscara.
Se ha construido una pista especial cuyo piso entreteje maderas de bailongos que ya no existen o perduran en el sueño y el recuerdo de la milongueridad de antaño. 
Cada tabla está unida por ocasos de maratones de verano que guardan cadencias con aroma a mar y romances livianos.  Está encerada con esencias sutiles y otras sustancias volátiles —destilados que quedan de esas noches en que no se espera nada y por fuerza todo lo que sucede es memorable—, para atraer a las criaturas etéreas, cuya aquiescencia es importante para asegurar el buen tiempo del fin de semana y que tambien tienen derecho a disfrutar los tangos ejecutados con mandolina eléctrica, bandoneón clavicordio y guitarrón por el trío Garnacha, una formación atípica itinerante, que hace sus propios instrumentos y compone tangos ambientales cuya rara orquestación es ideal para bailar en modo ritual una vez que se han degustado los consabidos canapes de variados sabores, las masitas de anís y o malva, el vino especiado, la cerveza de gengibre y otros enervantes que salen de la imaginación del sufrido mayordomo de los Mawartz, hombre de muchos talentos y variadas personalidades, casi todas en conflicto.

Nancy. la señora, con su imponente estatura y sus dionisíacos apetitos emocionales, cantará algunas piezas de su autoria: «lejanía», »Esmareldo» el vals «Bagayito intelectual» y la milonga «huesos disonantes». 
Se cuenta que un par de urracas amaestradas, lejana progenie de Hugin y Munin, los legendarios cuervos de Odín, le harán los coros. Aunque es probable que sean solo un par de milongueros poeianos, —o acaso descartados de «La flauta mágica», ¿quíen sabe?—. que harán de coribantes para estimular a la concurrencia al baile de movimientos inusuales en las importantes cortinas musicales entre tandas, para las que han sido escogidas piezas selectas que incluyen todo tipo de ritmos olvidados.
Con los Mawartz nunca se sabe.
Theophilus, el señor, fiel a su temple Bravucón, aunque en una senda espiritual marcada por la poesía a medianoche y en miercoles, recitará una égloga maleva de interacción, con aquellos que quieran sumarse a la propuesta y no hayan sido marcados previamente por el sello de «impugnado» al no presentarse a la hora de la cena, tal como marcan los canones del hostal, o negarse a seguir los lúdicos caprichos de la pareja.
Los Mawartz desempolvan sus trajes de gala. Saben que ningún atuendo que vistan para la ocasión es un disfraz. Es más bien la extensión de una historia que quiere y merece ser contada en la pista. Para lo cual, no solo es necesario un vestido, sino también una actitud de enmascaramiento acorde con el papel que se representa. Por unos pocos días juegan a ser otros, en un encantamiento que tiene mucho de sortilegio y que trasmiten a sus huéspedes y a toda la comarca.
Y cuando la gran milonga central de carnaval valentiniano se extinga y las pebeteros difundan los últimos aromas; cuandos las hogueras consuman llamas postreras y solo queden trazas del banquete de camaradería, la mpresionante comitiva subirá a los estrafalarios vehiculos decorados para la ocasión  —este año hay un globo aerostatico con la cara de Troilo y dos carromatos de un circo criollo—, comenzará la cabalgata con faros de cometa y con sencillos instrumentos de viaje, seguirá atronando las sendas oscuras con su alegría y sus tangos, hasta llegar a la milonga normal donde fundiran sus embelezos con las gentes normales.
 Y en los abrazos tal vez se redefinan antigüos pactos y tal vez se obtengan favores de viejos dioses olvidados. 
Hasta que la  noche pase, los últimos tangos dejen sobre la pista magia de tiempos idos y la comitiva se disuelva para volver a ser o a vestir lo que es en su existencia cotidiana.
Aunque nunca se sabe...

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