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EL SAN VALENTIN DE LOS SEÑORES MAWARTZ

¡Con que  fiereza, con que pura alegría esperan los señores Mawartz del melancólico hostal milonguero en la colina de las vizcachas el San Valentin! Se diría que es su día preferido del año, después del Día de trueque de objetos milongueros olvidados por fantasmas ilustres, el Día de la elaboración del bálsamo invencible para los pies fatigados, el Día de las conservas en frascos de farmacia  y el Día del zapato encantado  a la luz de la luna en el túmulo de las Hadas.  Con esa herencia magiar que les viene del imperio Austrohungaro el San Valentin de los Mawartz es  un scherzo de violines endiablados, un acontecimiento que refleja su tormentosa vida común. Porque los Mawartz, como un drakkar a merced de una tromba marina han atravesado la tempestad, moviendose en la calma del centro y siguen profesandose su amor. Atrás quedaron  los años de desdicha,  la locura que llevó a Theophilus —poeta los miércoles y en horario nocturno— a  cruzarle la cara de un guantazo, exigiendo reparación a un huésped que cometió la imprudencia de mantener la mirada en los senos de Nancy mientras ella le escanciaba un cordial y se inclinaba inocente a suministrarle tostadas con paté.  Acaso esperaba un duelo al amanecer. Un lance con pistolas de chispa, floretes, macanas o picas. Una  confrontación a catapultas cargadas con  bollos de pizza congelados provenientes de la famosa masa madre que llevan fermentando en la nevera desde 1979. En el mejor de los casos un entrevero a cielo abierto con el poncho enroscado en la mano izquierda y la faca rápida. 
El otro que era un cobarde y rápido para el dedo le inició juicio por el móvil y cuando el señor Mawartz limpiándose los bigotes con el facón le dijo parafraseando al compadrito de  Borges «De asco no te carneo» salió huyendo colina abajo.
«El huésped es una perla en el almohadón de la hospitalidad» sentenciaba el célebre detective de Rex Stout, Nero Wolfe. Comprendiendo su temperamento Bravucon, Theophilus, que se mira en el espejo de los guapos retobados,  se ocultó de la ley y marchó a purgar su pena al monasterio de la humildad Milonguera dejando una nota clavada en un bollo pizzero de 500 gramos:
  «Nancy: No he podido controlar mis impulsos y caí en esta trampa del ego. Debo marchar hasta que la ley se olvide de mi y sea otra vez merecedor de tu honradez. Pues tu amor, pequeña caléndula del bosque, es puro y leal.»  
Nancy lo esperó, tejiendo un echarpe que reflejaba la pista inclinada y sus movimientos cual Penelope esperando al Odiseo. Estudiando su manual de la super Heroina domestica, Laura Dracse,  segunda edición. Correspondiendo con su amabilidad al milonguero sin hogar ni destino. Hasta que el arrepentido y mas sabio Teophilus volvió una noche, luego de muchas otras, con las alforjas llenas de bailarines de porcelana con defectos de fabrica y la sabiduría del que ha visto la luz y no la ha apagado.
 Desde entonces no se separan.
 Por eso una semana antes de la cursi fecha  —Los Mawartz condescienden a la cursileria pero nunca a la banalidad— el hostal bulle de frenética actividad y preparativos. A las doce de la noche de los días en que  el taciturno cochero no los baja a las milongas en su landó fileteado Theophilus y Nancy van hasta la playa acantilada y buscan  pequeños troncos, restos de barcos o cualquier maderamen superviviente que refleje la luna, con los que apuntalar su inclinada pista, que recibe un tratamiento de cera de abejas libadoras del  sepulcro de San Finito Escabiadin —patrono de los milongueros y los delirantes—  mientras cantan duetos reos y carcelarios. Se limpian las cortinas con perfumes olvidados en milongas de antaño. Se quema  en los pebeteros sándalo, níspero y camisetas sudadas en la madrugada de la ultima tangomaraton del año. Se renuevan los deseos del frasco de pasos y secuencias imposibles.  Entre los dos hornean una hogaza de pan de cinco kilos con agua de mar filtrada en cuarzo, amaranto e higos de Esmirna que habrá de acompañar las cenas de toda la semana. En una insólita concesión se permite al viajero despistado, al huésped que solo piensa en bailar y se distrae de asuntos mundanos como la comida llegar a la mesa de banquetes hasta cinco(5) minutos después de las ocho de la noche, sin que a la Señora Nancy le de un berrinche y salga a llorar al estanque quieto o el mono con chaleco le golpee la puerta  asustandolo con chillidos en la ronda nocturna. Como no hay nieve los señores instalan en el tejado una maquina de acariciar las nubes, para ver si alguna vez. Pero no. Pero nunca. Al final se contentan con un cañón de balas con algodón de azúcar  y fruta escarchada  en cócteles color absenta.  La señora toca  en la pianola  con sus largos dedos  valses de Corsini o mazurcas canyengueadas que hablan de la tierra, la existencia y los cordones deshilachados.  Y los sorprendidos huéspedes bailan comiendo entre tanda y tanda masitas de anís o malvas confitadas en ambrosía, practicando incongruencias  hasta que  van a la milonga cercana, que se abre en el valle, perfectamente normal e indiferente al universo Mawartz. Con los visitantes casi en la puerta Theophilus recita versos espontáneos con teatrales gestos y al ver que ya no queda publico, pues el más rezagado de los milongueros se ha ido casi corriendo colina abajo,  se retira a su escritorio con un huevo frito en  bandeja de peltre y sus «Vidas paralelas de Plutarco»  lleno de anotaciones gauchescas en los margenes.  Nancy hace ejercicios de método natural entre los roquerios y el bosque, vestida con su traje de super heroina cosido por ella misma  hasta la hora de enardecer sus instintos en el tálamo y enfriarlos con bocadillos variados que siempre están a su disposicion y a la del milonguero que llega hambriento de comida y cariño a la madrugada.
Pero  La noche de San Valentin ¡La noche de San Valentin Mawartz! ¡Ay del que prefiera la milonga común, con sus típicos exagerados, sus habituales y entrañables personajes al gran bailongo con luz de antorchas y hoguera de eucalipto en el calvero del bosque cercano! «Si se quieren quedar, tenemos una fiesta aqui en el bosque por San Valentin» dicen ambos Mawartz, con los ojos brillosos de entusiasmo. Y si el huésped comete la imprudencia de irse a la milonga normal sin saber lo que se pierde,   Theophilus le pone un sello de Impugnado  en la frente. Porque los visitantes —pasados, presentes, futuros—   los vecinos de las inmediaciones y todos los linajes supervivientes de la floresta están invitados  a dejarse las canillas en la tierra como quieran y como les salga mientras la orquesta Calambur toca con sus flautas de caña, sus tambores de árbol hueco y sus violines de cerámica  tangos, valses y milongas primigenios, tan simples y gozosos que no tienen letra ni autor. Nancy los acompaña con su clavicordio de bambú y  Theophilus recita décimas en lunfardo mientras los más osados participan en un torneo subidos a bicicletas de madera con los colores de su amada en el blasón,  la adarga en la espalda y el zapato de taco francés en ristre.  La mesa del festejo es un menhir azulejado con escenas tangueras, manjares extraídos de libros de Escofier y distinguidos vinos de cepas casi extintas: Tokay, Falerno, especiados cordiales fenicios, vino romano en copa de plomo, algún burdeos que solo existe en las bodegas del sueño. Se comparte  y rellena generosamente la hogaza con fiambres, encurtidos, adobos, salazones, ahumados, guisados y rostizados mientras se departe levemente sobre nimiedades y se flirtea, edulcoradamente.  Y al final subidos a landós, bicletas de madera,  carros, caballos, calesines, zancos, triciclos,  sidecares, carracas, carrindangas y carricoches la fantástica concurrencia iluminada por fanales multicolores baja por la colina cantando serenatas y alborotando la noche con su alegría al compás de los músicos que bajan en carroza.  Aquellos que rehusaron la hospitalidad Mawartz sienten dentro de la milonga el alboroto de la cabalgata  y al asomarse  a la puerta  los ven pasar con el pecho henchido de existencia y las galas de fiesta manchadas de misterio y quieren subirse ellos también a la fiesta. No hay nada que se los impida, pero se quedan ahí. Mirando.  Y cuando la cabalgata se aleja y los fanales con piel de cometa son apenas un destello incierto,  los auto impugnados suspiran y se meten otra vez en la milonga a bailar, como siempre. Y cuando vuelven de madrugada hasta el hostal, apenas quedan rastros del fausto y el esplendor. Las ventanas coloreadas del melancólico hostal milonguero solo reflejan la luna y en el aire flota un hilo blanco de humo de eucalipto que se pierde en la nada como un sueño en el sueño. Canta algún grillo. Y en el bosque  una nota de violín de cerámica vibra perdida entre las hojas. Buscando sin encontrar la melodía.

Dedicado otra vez a Gema Bernalte Sanz y Josep Solá Beumala, que con su caracterización carnavalesca corporizan a los Mawartz, haciéndolos reales.

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