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BAJO UN CIELO SOMBRIO Y PINTADO (FESTIVAL TANGO DIVINO VI) Por Catulo Bernal

¡Ay de los mensajes no enviados, de las esperas en vano y de los ilusos que creen que el tiempo tiene una cualidad elástica! Todavía llevaba el móvil inútil en la mano, con el mensaje que nunca mande a Helena cuando dejamos la pista blanca en donde el dueño del festival Jaime Divino enviaba señales al otro lado del océano de oscuridad. 
 Apenas registraba el polvo de otro pasillo lleno de viejos carteles de varieté, que me llevaba junto a Laura, Lara, Sofia y  los muchachos de Lusiardo  hacia una previsible pista de color negro, si mis lecturas de Poe y el gusto de Divino coincidían. Pero al pasar por la puerta, junto con otros peregrinos  de salas anteriores, vi que la séptima pista simulaba un cielo con nubarrones pintados y allá lejos, muy arriba, un destello que no supe si eran trazos o un foco semejante al sol abriéndose paso en la borrasca. 
Las parejas de la pista se empeñaban en Fresedo bajo un cielo ominoso en donde a veces algunos flashes enviaban relámpagos artificiales y unos aspersores lloviznaban gotas de verano sobre cabezas y suelo.
 La barra era parecida en todo al mostrador de un almacén de ramos generales de pueblo: botellas de vino, damajuanas de cinco litros, pan casero hecho en horno de leña y con sanguches criollos donde eran estrellas el matambre y la galleta  que los concurrentes masticaban con saña y caña.
 El musicalizador reinaba en lo alto de un mangrullo protegido de las artificiales inclemencias climáticas por la escalera para subir y unas bolsas tipo vivac balanceando las piernas y mostrando unas medias ciudadela a rombos, que los muchachones jóvenes de la milongueridad jugaban  a ensuciar encaramándose a las alturas por un poste central, el consabido palo enjabonado donde alardeaban mirando a las muchachas que no bailaban y a algunos milongueros mayores que cada dos tandas decretaban tregua a su pies doloridos. Las mesas eran todas de chapa y oxidadas, al igual que las sillas. En un extremo había un festejo improvisado con caballetes y  un portón de iglesia y veinte o treinta personas congregadas bajo un cartel en el que se leía: «¡Muy feliz despedida de la Milongueridad, Toto Canguela!".
 El homenajeado era un muchacho grande, un sesentón. No se sabia si iba a casarse, hacerse monje o ingresar en la secta de los desengañados por el tango, dedicándose al amor obligatorio, al sofá, las series de television o la búsqueda introspectiva. 
En conjunto toda la sala era una preciosa recreación de un bailongo de campo, al estilo de Milonga del Oriental, pero con demasiado diseño.  
Entiendase, amamos esa milonga al aire libre por su rusticidad y los encuentros que sus características propician, la posibilidad de la locura agreste mezclada con la contingencia mágica que a veces provocan cuatro o cinco elementos confluyentes no buscados y por eso queridos. Pero esta  pista era un simulacro. Una excusa para venir a emborracharse con caña y ginebra, viendo la alegría  de los demás, las sonrisas que  nunca se apagaban. Como aquella  luz verde que para Divino representaba quizá un amor contrariado por ignorancia u omisión. Mire buscándolo por algún rincón, pero no lo vi. 
Así  que mientras Vieytes y Luconi se dedicaban a hacer subir obligatoriamente a los jovenes al palo enjabonado a punta de encendedores aplicados en los tangueros pantalones bombachudos, El Indio y Laura desaparecían detrás de una pequeña puerta casi tapada por un árbol  al otro lado de los baños y Diógenes Pelandrún seguía su decurso peripatetico perdiendo batallas dialécticas con Sofia,  me encaminé a la barra buscando el soporte del poema de R. Lamido, que aparecía pintado con brocha gorda y tinta verde al costado de un frasco gigante de caramelos  media hora. Pedí una caña haciendo esfuerzos porque me dieran con el vuelto una moneda insoportablemente pesada  —cosa que no sucedió—  y leí:

Los que no bailan `purifican sus penas oyendo tangos tristes y los que bailan buscan que el abrazo las redima.
Me hizo acordar a mi.
 La caña me calentaba. Me acerque a la pequeña puerta casi tapada por el árbol.  Intencionadamente la llovizna mojaba allí mas que en otros lados. El cartel de la puerta solo decía «Salida Mágica».
 Me quede ahí, como quien se acerca a casa de amigos o amores extintos y se queda parado sin golpear y sin irse. 
Entonces sucedieron dos cosas que quebraron aquella bucólica milonga de diseño:  Apenas comenzaron a sonar los primeros compases de Mi reflexion"hubo un revuelo en la mesa de despedida de la milongueridad, Toto Canguela se liberó del abrazo de sus amigos y su pareja  y a las patadas tiro la mesa, el cartel y las bebidas. Poseído como estaba cabeceó a la primer mujer a la que vio y se fue para la pista donde se puso a bailar con profusión de ganchos y entusiasmo. 
 Un momento más tarde un nutrido grupo de personas entre las que se encontraba el Pibe Pergamino vino casi corriendo de la pista blanca. Oí murmullos, comentarios, voces : "
Están cerrando el festival, los inspectores están cerrando el festival,  El señor Divino y su guardia de samurais inmortales lucharan para que sigamos bailando o Han caído, las tres primeras pistas han caído, comentarios últimos dichos por algunos fanáticos  de Juego de Tronos.
 Me acerqué a Pergamino. 
—Es verdad lo que dicen pero tenemos tiempo de llegar hasta la ultima pista a buscar a Helena —dijo.. Le mostré el mensaje no mandado y el poema de Lord Byron con el que la muchacha se despedia.
—Oh,Oh. Bueno. Igual seguimos hasta que nos echen. 
 Reunimos a los componentes del grupo y decidimos apurar las pistas, antes que la avalancha de la prohibicion nos privara de llegar hasta el final. 
 Las muchachas y Pelandrún buscaban a Laura y El Indio hasta que les dije que los había visto irse por la puerta. En condescendiente connivencia no dijeron de buscarlos.
 Por algún fallo técnico los aspersores comenzaron  a tirar más agua  bajo el cielo pintado y sobre las mesas de chapa, haciendo mucho ruido y sintonizando con mi estado emocional.
 Los intrépidos trepadores y algunos pantalones chamuscados por el empeño de Vieytes y Luconi habían desaparecido.  El musicalizador se refugiaba con más bolsas, protegiendo el ordenador y gastando las ultimas tandas para las pocas parejas que seguían bailando con su compás intacto, ajenas a la desbandada general. 
El pulpero guardaba la bebida y los sanguches. Algunos de la fallida despedida milonguera, cambiaban de rumbo enderezando hacia el hogar y otros  se guarecían debajo del portón de la iglesia intentando proteger a la pareja de Canguela que lloraba a los gritos mientras el de la despedida seguía bailando eufórico. 
Pasamos por la puerta de salida en donde el reloj gigante seguía sin marcar la hora real, las cinco de la mañana según mi traidor móvil. Dejamos atrás a tres samurais que armados con katanas de gomaespuma iban convocados a confrontar y contener las fuerzas del orden en las primeras pistas  y seguimos adelante para acumular más recuerdos que alguna vez rescataran del olvido a este festival que era un refugio y un estado de animo.
Y que se estaba muriendo. 

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