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«EL TIEMPO NUNCA ENSAYA» TANGO DIVINO III - Por Catulo Bernal

La tercera sala del Festival Tango Divino tenia un rutilante verde y brillaba de alcohol y romance como un poeta sacrificado  a la decadencia. 
 Era una selva  de milongueros  de diseño entregados al rito en cuerpo, vestimenta y acto. 
 Vi muchos organizadores de milongas y festivales, productores, generadores de eventos, cantores y artistas que exhibían sus proezas con glamour y grandes galas sin haber hecho casi nada, como no fuera ese ingente gasto de energía canalizado en pertenecer.    
 Todo un lateral del salón estaba dedicado a puestos de vestidos, trajes, zapatos, complementos, viajes, créditos y dudosos negocios de difícil concreción. Parecía un zoco en el que se regateaban los productos y se vendían al mejor postor almas y amistades. Y allí estaban El Indio Martín, Pibe Pelandrun huidos de Milonga del Oriental siguiendo mi impulso de buscar a Helena en la ultima pista. Y también las muchachas Laura, Lara y Sofia, con las que compartiamos viaje.  
La barra era un bloque  de cristal  y parecía como si alguien hubiera sumergido el hielo del vaso de un gigante en mate cocido. Las botellas de Fernet, menta, Gin y wisky se alineaban en los estantes junto con muchas otras de absenta en diferentes tonalidades. Las empanadas se parecían mas a pasteles de avutardas o empanadas de Cornualles, que a las criollas de siempre.
 Demasiado sofisticado  para ser apetitoso. Pero quien sabe. 
 El Pibe Pergamino, único espécimen milonguero que gusta del anís en tandas lentas se pidió curioso una absenta, que vino con fósforos de cera, azúcar, cuchara de plata y toda la ceremonia. Los demás, llenos de vinos y pizzas fuimos  a buscar una mesa cuya función principal era iluminar a sus comensales.  
En la pista las parejas  bailaban desplegando sus trajes y sus pasos recién comprados en la espera del espectáculo principal. El escenario vacío estaba flanqueado por dos grandes cartelones, como si de un combate pugilistico se tratara: Por un Lado con sus patillas, su gafas y su cara desparpajeante la reencarnación de Tita Merello: Osvaldo Malandra. Por el otro con su imponente estatura y piel bronceada por la leña y la parrilla el uruguayo Aldemar Pococho, poseído por el fantasma de Libertad Lamarque desde que un ventilador de techo le diera en medio del cerebro.
 ¿Confesaré que estaba alborotado esperando este inigualable espectáculo?. Pretenderé que los apremios de la primera pista se me habían apaciguado desde el «supuesto» Bahía Blanca compartido con Laura?  Tanta etiqueta predisponía a la contemplación y a ejercer el agradable arte de enlazar pensamientos en buena compañía.  Martin se había transformado en el brillante Indio de mundo de conversacion curtida.  Pelandrun cada tanto acotaba alguna fúlgida frase y yo miraba —principalmente a Laura—  con mi espíritu de la escalera a cuestas .  La Típica Victor sonó con acordes raros y vi que junto a los instrumentos se habían materializados en el escenario los músicos de la orquesta  Los Enajenados del Compás, embutidos en una especie de trajes blindados de gomaespuma negra. 
 Un presentador enjuto con un sombrero mejicano salio desde los cortinados. Los que bailaban se dispusieron a pie de pista como se suele hacer en festivales cuando van a exhibirse las estrellas del evento.  Los que se creían gentes principales  se subieron a las mesas de grueso cristal iluminado, para ver o para que los vieran. 
Laura subió y por un instante la vi casi como una vestal griega con la ambarina luz rebotando entre sus ojos grandes, su vestido azul y su enigma. Creo que se sintió incomoda porque enseguida bajo y se unió a los demás que contemplaban de pie entre los focos y la pista.  El presentador se largó a versear unas rimas que no se entendieron y dio paso a Malandra y Pococho que avanzaron monoliticos  hasta sus respectivos micrófonos.  Un fotografo que reconoci como Zoilo C.  Duceme iba sacando instantáneas para promoción del festival alternado escenario con mesas. Y entonces se apagó el verde residual y los músicos comenzaron a tocar algo que sonaba similar a Milonga Porteña. Tocaron cuatro veces la primera parte hasta que la impostada voz de Malandra acostumbrado a pisar directamente sobre versiones instrumentales de las grabaciones comprendió por fin que tenia que cantar, no por convicción sino siguiendo un gesto somero pero enérgico del bandoneonista.  Pococho en tanto esperaba el relevo y en la estrofa correspondiente se soltó con la seriedad  y la fina voz de Libertad Lamarque.
Pergamino, Pitón Pipeta, y El Filosofo
 Hubiera sonado bien si Malandra no hubiera cantado también robándole protagonismo. Los músicos se miraron confundidos y en vez de cambiar a los acordes de la parte B: Ayer amor me pediste, pero ya estamos en hoy, se quedaron en la primera, siguiendo el ímpetu de Malandra que volvió a empezar como si se hubiera acabado la forzosa introducción.  Volvió a pisar a Pococho, el único que hacia bien su parte. A la tercera vez que sucedió lo mismo Pococho desistió dejando cantar a Malandra que también se calló dejando a la orquesta sola. Entonces se oyó una sonora puteada con la fina voz de Lamarque y luego  un Te voy a matar, atorrante . Ante la sorpresa de todos, Pococho se fue directo al otro lado del escenario buscando la garganta de Malandra que, en vez de saltar a  la pista se puso a correr en círculos arriba del escenario mientras los músicos atacaban la parte B, ahora que no venia a cuento. Tres vueltas dieron por el borde como si un Hector Patilludo huyera de la ira de un Aquiles Uruguayo con la banda sonora de una acelerada orquesta de cine mudo.
 El presentador del sombrero quiso acabar la carrera y la detuvo de la peor forma: La punta del ala  le dio  Pococho en el ojo y le hizo perder pie. Dos metros de parrillero se fueron a la pista. Cayó sobre la cabeza. Y allí quedó tendido y nada más. Hubo unas risas. Los Lusiardianos nos miramos preocupados. Un par de samurais vestidos de enfermeros se llevaron a Pococho casi a la rastra acompañados por el presentador del sombrero.  Malandra volvió a la canción, pero el violín y el contrabajo estaban disparados y  el hombre con el cansancio de la carrera no entraba a tiempo. Comenzaron a llover desde todos lados chiflidos y rodajas de limón provenientes de gin tonics.  Una dio de lleno en la nariz del cantor que con su voz merelliana dejo de cantar y con los ojos llenos de lágrimas soltó:  Ustedes no sirven para isleros, abandonando el escenario. El del sombrero  salio entonces y paró a los músicos. Amable Publico, El señor Pococho está bien. Lo están llevando al hospital por prevencion, pero está bien.  Aquí no ha pasado nada.
La multitud aplaudía y se reía.
El presentador con cara de alivio se animó.  Conga, conga Conga, que siga la milonga. Toquen muchachos,dijo y desapareció otra vez por los cortinados.  
 Los Enajenados del Compás se miraron y atacaron una tanda de tangos bailables. Pero cada uno tocaba un tango distinto.  
Los de las mesas agitaban las manos como seguramente habían hecho en sus «eventos» echados a perder por la falta de prevision y profesionalidad, haciéndose selfies de precipicio en el momento del desastre.  Los milongueros mas curtidos, que habían salido a la pista entusiasmados por la música en vivo por costumbre llegaban hasta el fondo y desarmando la cadencia y el paso se volvían a la mesa enojados. De alguna manera comprendimos que toda esa comparsa de malos organizadores había pagado para  hacer un exorcismo con sus imposibilidades.  Teníamos que seguir.
No podía irme sin ver el poema/consigna de R.Lamido.
 Pelandrun me acompañó  porque quería pedirse una absenta para llevar. 
—A ver si de verdad si hago una rima punzante o me transformo en un cirrótico con chispa, como tantos payasos que se creían poetas y solo eran amantes del "Hada verde —acotó.
En la barra las figuras degustaban las delikatensens chorreantes y reían ostentosos. El libro del poema era demasiado lujoso para tan pocas palabras:

  El Tiempo nunca ensaya

—Tiene razón  —dijo Peladrun degustando el ajenjo—.  No ahorres pulmones y resuello esperando muchas vueltas, porque por ahí la carrera es corta.
—¿Eso le inspiró la absenta?
—No. Le pasó a un compañero de secundaria. Corría los ochocientos metros en la pista de atletismo ahorrando respiracion y el profesor le hacia señas desesperado apurándolo. El tipo lo contenía con mesura y tranquilidad.  Después se enteró que la carrera era de 400. Llegó ultimo.
En la pista no quedaba nadie bailando. Un abucheo compacto tapaba la parafernalia musical de Los enajenados que aparte de malos músicos eran obstinados.
El grupo nos esperaba al costado de la puerta de salida que daba a una escalera en tonos anaranjados. Un samurai con la expresión más triste que he visto conversaba con El Pibe Pergamino.  Piton Pipeta  le preguntó si se podía volver a la primera pista  pues su mujer ya estaría llegando de la radio a la casa.
—En cada sala hay un baño y una salida. Tenemos problemas porque algunos borrachos o miopes se equivocan  de puerta y terminan en la calle. Incluso a algunos les cobran de nuevo.
—Por ahí a Vieytes y Luconi les pasó eso. En todo caso voy para alla y si me disculpan me salgo de festival y milonga  —dijo Pipeta.
—Piton, ¿Por qué no pregunta también por Pococho?. Tengo ganas de salirme con usted.
—No se preocupe Catulo. Si dicen que esta bien estará. En todo caso voy  a ver a donde lo llevaron y mañana vamos todos de visita. Si llegó hasta acá siga. Helena lo espera.
Mire hacia las muchachas, pero estaban conversando con el Indio Martin.
  —Tome, tome. Si lo ve al cantor dele esto  —dijo el samurai alargandole una bolsa de papas fritas todas rotas—  Pero  esa... música. Esa...¿Por que me tuvo que tocar a mi este circulo del infierno?
Parecía un tipo decente.
Pitón se fue.
El Samurai tenia lágrimas en los ojos.
—No llore. Pococho es un tipo duro. Le cayó un ventilador en el marote y no le hizo nada— dijo Pergamino.
—No. no.  Ustedes no comprenden.  Son los nervios. Todos los viernes es lo mismo. Son buena gente, pero nunca tocan bien.   Yo tengo los nervios destrozados. Tener que soportar esto. Y por esta plata.  Son buena gente y voluntariosos. Yo ya no puedo consentir esto.
El hombre sacó una guitarrón de algún lado  y acomodandose el traje dijo: Perdonenme. Tengo que hacer frente a mi destino.  Adiós.
Se encaminó hacia el escenario como si fuera Gary Cooper en la desierta calle del pueblo a enfrentarse con los bandoleros. Iba con paso firme y la imponente guitarra venida desde el fondo apartaba  la embravecida marea de abucheadores imponiéndoles silencio.  "Los enajenados" con los blindajes llenos de manchas  dejaron de tocar y se fueron esfumando hacia los costados. Cuando el samurai subió al escenario no quedaba ninguno. Las manos de la multitud  llenas de souvenirs baratos y discos caseros de Malandra para tirar tipo shuriken quedaron detenidas en la espectacion.
 El samurai triste miró al frente, levanto la guitarra y comenzó a tocar.
Estábamos en el pasillo cuando identifique que era. El artista de la película El Ultimo Payador
Con  voz desafinada de violetera pasada de copas  y sin posibilidad de redención  cantó:  
El arte es un tormento que Dios Pone en el alma.
Pobre desgraciado.
Mientras subíamos los anchos escalones hacia la próxima pista comenzaron a oírse los primeros abucheos y el sonido compacto de limones enteros. Los discos de Malandra volaban sin control.
Pensé en todas esos que habían venido a mostrarse. Y en todos esos que solo venían a tirar cosas. En Malandra cuando se quebró. En Pococho que se había quedado quieto mientras la turba se reía. En las carreras que corremos sin entregar todo, como si fueran muy largas,
El tiempo nunca ensaya.
Y la vida que puede escaparse de un golpe por más que uno se empeñe en hacerla un acontecimiento controlable, tampoco.

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