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LA DANZA DEL «SÉ» (AVENTURAS EN EL FESTIVAL TANGO DIVINO 2) Por Catulo Bernal

La segunda de las pistas del Festival Tango Divino era  similar en todo a la Darienziana de la que habíamos escapado en pelotón, luego de que cayeran los decorados azules y pudiéramos entrar con una contraseña remanida. Esta segunda pista era purpura y las artesanías de decoración tenían un acabado un poco mejor, aunque los brochazos y las desprolijidades se notaban más, acaso por la iluminación: focos de luz negra discotequera que abrillantaban los ojos y los dientes de todos aquellos que no estuvieran bailando iluminaban el entorno de la pista.
 El decorador responsable del festival había utilizado unos groseros cortinados hechos con polietileno carmesí, que colgaban  como un dosel bajo sobre la pista protegiendo de la luz el abrazo de una cantidad indeterminada de parejas que bailaban con una  musicalidad llevada casi hasta el manierismo. Esto hacia que a simple vista no se apreciara casi  ningún tipo de avance por la ronda, como si todos los implicados tuvieran una porción de pista asignada en la que se solazaran coreograficamente
. A los costados en las mesas había bastante gente ocupada en la contemplación de los bailantes, contemplación que no estaba exenta de critica y carcajadas pues el nivel de casi todos era lamentable  y afectado por cierta payaseria. No obstante había un goce casi absoluto en la forma en que se permitían danzar al compás de Bahía Blanca de Di Sarli, música que parecía salir directamente de las columnas y sin que pareciera haber concurso de pinchadiscos. Me pregunté como se las arreglaría los señores Mawartz del melancólico hostal Milonguero sobre la colina de las vizcachas  —la señora Mawartz con su elevada estatura sobre todo—  derivando por debajo de esos jardines colgantes de bolsas de basura.
 La barra tenia el mismo emplazamiento, aunque con la luz de los focos las bandejas blancas en donde reposaban las empanadas destellaban tenuemente con un color parecido al que vi una vez en la portada  de El Color que cayó del Cielo, de Lovecraft.  Las copas de vino,  los tanques de fernet  y las botellas licoreras compartian esa tonalidad. Quienes atendían  portaban  mascaras de un cantante que ninguno de la comitiva supo identificar. Desee tener con nosotros a Papaguachi, que es entendido en estas cuestiones, pero el hombre ya estaría durmiendo o repasando su programa de radio. La consigna de la barra anotada por el misterioso  Petrarca R. Lamido era:           
                                   Aquí estas, y hasta aquí has llegado
                                    pero estas seguro de ser?
                                    Sé  ahí

Un pareado malo, y una predica en contra de los preceptos filosóficos del filoso Pelandrun que solo se limitó  a menear la cabeza.
Como habíamos entrado en  pelotón nos mantuvimos juntos hasta que los subgrupos fueron apropiandose de mesas vacías.  
Por afinidad las muchachas con las que habíamos bailado para escapar vinieron con nosotros a sentarse en una mesa. La morena de ojos grandes se llamaba Laura y las otras Lara y Sofia. El Filosofo Pelandrun se puso a dialogar con los de la barra para volver más tarde con una pizza  afirmando que sus procesos mentales requerían un gasto superior de comestibles.
  —La búsqueda de la verdad si no lleva implícita un regodeo gastronómico y un expendio postrero de gas noble, en cualquiera de sus formas  no es búsqueda ni verdad, sino teorizacion estéril —dijo, atacando sin piedad la primera porción.
 Pitón Pipeta y el Indio Martín trajeron dos botellas de un Chardonay que brillaba demasiado. El Pibe salió a bailar, con una milonguera que trazaba adornos al costado de una  columna. Vieytes y Luconi salieron a repartir tarjetas de sus Servicios Milongueros las 24 horas y a buscar un baño.  Me puse a conversar con las muchachas. Era un momento agradable. Tanto que no me preocupaba especialmente como llegar al siguiente nivel o pista del Festival Tango Divino. 
Miré un par de veces a la puerta de salida, debajo de un gigantesco reloj de péndulo que parecía oscilar a compás pero no vi a ninguno de los samurais de la organizacion. 
Compartimos la pizza. Bebimos Chardonay. Hablamos de Omar khayam, poeta que Pelandrún admiraba. A pesar de las olivas —que parecían fresas— la pizza estaba muy buena y entraba rápido como el chardonay.  Paseando la mirada por la ronda vi que el Pibe Pergamino se había abandonado también a los despliegues coreográficos . Esta pista del Festival Tango Divino seria repudiada sin duda por los milongueros tradicionales. Pero no había muchos bailarines de esos que se ven en las milongas de Tango Nuevo. Bahía Blanca seguía sonando y no supe si era el tango o el momento el que se estiraba.
El Pibe volvió alborozado.
—¡Es genial!. Muchachada, no se pueden ir sin probar la experiencia  -—dijo mirándo  a los bailarines.
Por un instante creí que sufría de alucinaciones producto del vino o el comestible. Pero no había comido o bebido nada. El Pibe seguía insistiendo con que bailáramos. Así que invite a Laura, con la que había bailado para salir de la primera pista.  Misteriosamente, cuando formamos el abrazo, comenzó otra vez Bahia Blanca  Me tengo por un bailarín pasable. Camino en el compás y procuro ser austero, pero elegante. Por eso cuando nos soltamos a caminar me extrañó que el cuerpo no me respondiera. Experimenté como un estremecimiento, un temblor y de pronto todo yo estaba entregado  un frenesí coreográfico. Sentí que algo similar le sucedía  a ella, aunque sus movimientos no encajaban en principio con los mios. Entonces se produjo entre nosotros un encastre,  algo que iba mucho más allá de la conciencia  y que se metía directamente en el complejo sistema nervioso central y nos hacia derivar en conexion, pero sin que hubiera ningún rol establecido. Ni se me ocurrió luchar contra los movimientos. El cerebro se había ido y nos había dejado a los dos a corazón pegado.  La comunicacion  comenzo a darse a un nivel de contacto  más intimo, lleno de propuestas y sugerencias compartidas.
 Me gustaba mucho. Mucho.
Recordé el precepto misterioso de la Barra. .
Y entonces comprendí.
 En una milonga normal hay muchas parejas o personas que van a mostrarse sabiendo o creyendo que bailan bien. Pomposos y arrogantes dispensadores humanos de técnica que ya no bailan sino que hacen un muestrario completo de su dominio corporal. En esta pista  todos eramos conscientes de nuestro cuerpo y bailábamos completamente compenetrados con nuestra historia,  con lo que eramos. Estábamos experimentando la adrenalina de una exhibición y una coreografía en un modo muy personal. Sabedores de que nos veían y nos criticaban descarnadamente.
Pero nada de eso importaba. Porque eramos libres.
Nunca me había sentido tan libre en una pista, y tan despegado de los que me veían.
Y fue al comprender e internalizar el concepto cuando nos alejamos completamente de la sintonía mutua y del concepto de la pista. Quisimos volver, pero ya era tarde y supimos - los dos a la vez - que debíamos abandonar la ronda.
—Uy... dije.
—Uy... dijo ella— ¿Qué?
Hice un gesto, uno de esos gestos que expresan tantas cosas y casi todas ellas  perdidas.
Nos quedamos parados sin saber que hacer y después de un segundo  emprendimos el camino de vuelta.
Los ocupantes de mesas  nos felicitaban calurosamente, riéndose.
Supe que lo sentían sinceramente y sin malicia.
 Pitón y Pelandrun habían acumulado tablas redondas de pizzas y las botellas estaban medio vacías.
 El Indio volvió entonces  de la pista con Lara. Me vi reflejado un poco en su cara
  —Es raro —dijo—.Nunca había bailado así  Nueve puntos.
—¿Ese tango se llama Nueve puntos? —inquirio con inquietud Lara—  Y yo que creía que era "El amanecer.
—¿Tango?. Pero si es Yo soy de San Telmo,  ¡un milongon de los que me gustan! —acotó el Pibe.
Todos los que habíamos bailado nos miramos, inquietos.  Si había ahí algún truco escapaba a entendimiento y lógica.
—Ustedes están chiflados  —soltó Pipeta con su laconismo habitual—. Yo lo único que escucho es una fritura. 
—Ruido Blanco —confirmó Pelandrun—. Pero cada tanto anuncian la exhibicion. Lo raro es que cambian los nombres a cada rato.  No sé ustedes, pero a mi me gustaría avanzar de pista. Mucho gasto. Además esta luz negra no ayuda a mis procesos gástricos y los pensamientos se me bloquean.
 Coincidimos por otros motivos con el filosofo. Debíamos pasar de pista.  Fuimos a buscar en la zona de baños a Vieytes y Luconi  pero no los encontramos.
Decidimos dejarlos. A veces sus servicios incluyen escapadas o  palizas. Ya nos alcanzarian cuando pudieran.
Avanzamos hacia la puerta. Esperabamos algo que no sucedió.  Esta vez el camino de salida se transformaba en un pasillo con muchas vueltas que subía.   Las muchachas venían con nosotros y tuve la tentacion de preguntarle a Laura que tango había escuchado.
O bailado.
Me contuve a ultimo momento. Miré hacia atrás. El despliegue de coreografías seguía pero nosotros ya estábamos lejos. Había tantas cosas inexplicables en el festival que una más me distraería del propósito inicial: encontrar a  Helena.
Llegamos a la vista de la siguiente puerta. Esta vez la mano parecía tallada en la madera. Abrimos y entramos a la siguiente pista: un mundo de deslumbrante verde con sonidos Donatianos.  El escenario tenia un cartel del dúo Malandra-Pococho, los dos que se decían las reencarnaciones de Merello y Lamarque respectivamente.
 El Festival Tango Divino giraba otra vez hacia un nuevo delirio... (continuará).

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