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UN PORCHE MILONGUERO CON ESCALONES ROTOS II (Preludio al festival tango Divino)

El tren se detuvo por fin a la altura de la pista en la Milonga del Oriental. Yo tenia una misión. Rescatar a Helena, la protagonista titular de mis desvelos de una demencial milonga en forma de festival todo en uno, con nueve pistas y nueve desafíos. Pude imaginar, que aquel sitio estaba lleno de bailarines bien pagados de si mismos, a juzgar por su  ultimo mensaje: Prisioneras de la perfección
¿Era aquel sitio como el infierno del Dante, como el viejo vídeo juego de kung fu Master en el que para subir de piso tenías que sacudirte una biaba contra el campeón, un taller de practica de la secta de los tangueros sin descanso? ¿o simplemente  un truco publicitario para atraer a palurdos y enamorados como yo mismo?
Todos estos pensamientos se agitaban en mi cerebro mientras subía el terraplén sembrado de ortigas para manotear la primera puerta a la que llegara.
 Comprendan, En Milonga del Oriental no hay estación de tren, ni parador, por muchas promesas tardías y semi ebrias que hayan hechos algunos diputados, empresarios de transporte o fantasmas políticos que han engalanado esta ilustre pista de tierra a cielo abierto y a los que también hemos engalanado —me incluyo—  con algún voleo o sacada a destiempo. Si el tren se detiene un momento a la altura de la pista es solo porque algunos conductores aprovechan para llevarse la cena tardía, directamente servida desde la parrilla en forma de choripan o piden familiares de milanesa bajando personalmente a la milonga.
 He perdido muchos trenes en mi vida. Incluso he visto desde el suelo como se alejaba uno, mientras un par de malandras se reían y saludaban mis esfuerzos y posterior  porrazo con la mano desde el ultimo vagón.  Así qué, pensé en Helena reuní mis fuerzas, salté y quedé pegado en el estribo en un trenzado doloroso de músculos hasta que un alma bondadosa tuvo a bien abrir la puerta desde adentro manualmente. Me deslice al vagón como pude. El tipo me miró con desdén y encendiendo un cigarro se puso a fumar.
En estos tiempos que corren las almas escasean y la bondad viene focalizada.
En tres paradas llegué cerca de la improbable encrucijada donde se realizaba el Tango Festival Divino. El tren se detuvo dos calles más abajo y subí andando, entusiasmado con ver aquella pagoda. Pero no había tal. En realidad era un viejo edificio en rehabilitación recubierto en su parte superior con un toldo pintado al estilo oriental a modo de protección para los viandantes. Tal como decía en el papel, publicitario estaba emplazado en un cruce posible solo los viernes hasta la medianoche: Bioy y Edgar Poe. Según parece dos fanáticos de ambos hombres de letras se encargan todos los viernes de empapelar las anodinas calles Garibaldi y Pum con placas de homenaje, ante el beneplácito de los vecinos. Y allí quedan hasta que los hombres de la limpieza municipal proceden a devolverlas a sus rutinarios nombres.
Me encaminé a la puerta. El más horrendo dibujo de Gardel me invitaba a pasar desde un cartel de cartón iluminado. Enseguida tuve la imagen de un tren fantasma que vi una vez, hecho con pobres materiales. Desde donde estaba resguardándose del frío salió una mole de dos metros ataviada con lo que parecía un casco samurái hecho con parrillas de ventiladores. Curiosamente su blindaje tenia pintada una chaqueta, corbata color crema y  terminaba a la altura de la panza donde una faja embutía todo el invento en unos pantalones de gimnasia y unas zapatillas amarillas. Al verlo más de cerca me di cuenta que andaría por la cincuentena. Un luchador apropiado para los Titanes de la milonga. 
Con voz ronca me pregunto:
  —¿Viene al festival? ¿Cabecea o saca en mesa? ¿Qué se inventó antes, el ocho o el sanguchito? ¿Quien dijo Mas vale reinar en el infierno que servir en el cielo?
—Sí. Depende. Nadie lo sabe, no.  Lo escribió Milton y lo hizo decir a su Lucifer. Pero, ¿para que lo pregunta?
 —Mi pibe tiene examen mañana en la facultad. Vaya rellenando este cuestionario. Entra libremente y por sus pies. Deje abandonada la esperanza en la puerta y si vuelve ya se la devuelvo. Son 10,50 con una consumición y todas las papas fritas que pueda comer.
—¿De verdad tiene nueve pistas?
—Sí. Y cada una está custodiada por un guardián mas formidable que el anterior. El tercero es tan terrible que ni siquiera yo puedo mirarlo.
—Se aburre, ¿no?
—No se da una idea.
—Y esta libre interpretación de uniforme que lleva ¿Es asunto suyo o de la dirección? 
—Es un barrio peligroso. No sabe cuantas veces han intentado colarse al festival. Al señor Divino no le salen los números.
 —Pero los pantalones no lo protegen mucho.
— Ah, eso es por si tengo que ir al baño. Es allí —Me señaló una caseta en una obra en construcción a 20 metros—.  Cuando voy los vándalos aprovechan para cascotearme. Con estos pantalones corro mas rápido.
—Comprendo. Seré curioso, ¿Desde cuando está este festival?
—Hoy es la tercera edición y el quinto viernes. El señor Divino tiene ideas muy innovadoras. La idea es continuar hasta que nos conozcan.
—Ya veo —dije sin saber en que loquero iba a meterme. 
Cuando iba a entrar se escucho por la calle Poe el sonido estridente de un coche de gran envergadura. Enseguida lo vi. Una mezcla entre kaiser Bergantín y Batimovil con los vidrios polarizados en color dulce de leche. Tocó la bocina tres veces antes de derrapar a un costado. Una bocina singular que reproducía las nueve primeras notas de Quiero verte una vez mas. O sea: TARDEQUEMEINVITACONVERSAR, 
TARDEQUEMEINVITACONVERSAR 
TARDEQUEMEINVITACONVERSAR...
Un coche milonguero, sin duda. El cristal del lado del acompañante bajó y pude ver a Pitón Pipeta, al lado del conductor el filosofo Pelandrún. Atrás, poniendo caras de malos Vieytes y Luconi dispuestos a cualquier servicio, siempre que alguien quisiera contratarlos. Y entre ellos, el único medianamente bailarín, el Pibe Pergamino. Un poco después llegó el indio a lomo de Corsini con herraduras de caucho.
—¿Cómo me encontraron?
—Este chiche tiene GPS. Pusimos Festival Tango divino y nos salió esto —dijo Pelandrún—.  Se lo compré a un cura tanguero. Si en vez de hacerse el atleta me hubiera preguntado a mi si lo acercaba...
—Pensaba que los filósofos no creían en la tecnología.
—Suele pasar. Se piensan también que por filósofos nos alimentamos a uva, queso y soma destilado. Y que vivimos en un barril esperando que llegue algún payaso con poder, para taparnos el sol.
—Les agradezco muchachos, pero debo hacer esto yo solo.
—No lo hacemos por usted. Los chorizos estaban pésimos y la música se fue al carajo. Riquelme nos manda en comitiva a ver quien le hace sombra al Oriental. Rómulo le manda saludos y brindará cómodamente en su casa por el bien de la expedición. Si las cosas se ponen feas me dijo que golpee los zapatitos rojos para volver a casa.
—No me vendrá mal la ayuda. Por una vez. Pero prométanme que cuando llegue la hora señalada...
—Si, si —dijo Vieytes, el toba nuclear—.  Nosotros le allanamos el camino a golpes: Y cuando llegue  a la vista de su chica los sopapos se los dejamos todos.
—Oigan  —dijo entonces el de la puerta—. Yo no sé que les habrán dicho de este festival, pero es una casa seria. Si vienen a hacer lío van a tener que rellenar este formulario deslindando responsabilidades a la administración. Mientras lo rellenan y con su permiso, voy  a aprovechar para evacuar. El frío. Tienen cerrada la entrada hasta que vuelva. Pero si a pesar de mi prohibición deciden pasar, recuerden que soy poderoso y soy el ultimo de los guardianes. Permiso. Son 10,50 por cabeza una consumición y todas las papas fritas que puedan comer.
Salió a la carrera a la caseta. A mitad de camino un par de piedrazos le impactaron en el casco.
—Parece buena gente el muchacho —dije—. Lo que pasa es que se aburre.
A la vuelta casi lo tumban otros tres impactos. A duras penas llegó a la entrada a guarecerse tras el cartel gigante de Gardel. Curiosamente los vándalos no parecían ensañarse demasiado con el mal dibujo. Quizá su finalidad era ahuyentar pajarracos, a modo de espantapájaros. En cambio, el muchacho crecido de la puerta, con su ridículo uniforme, era un blanco apetecible.  Un hilo de baba ensangrentado le corría por la comisura. No quise saber cuanto le pagarían al pobre hombre. Pipeta le acercó una tarjeta de la milonga del Oriental por si quería presentarse a luchador.
Le pagamos, entramos. La puerta se cerró detrás nuestro.
En la tiniebla humosa del interior se oía D´Arienzo-Echagüe El nene del abasto.
 Una pista mediana estaba medianamente ocupada por parejas bailando en curiosa cuadratura. Una cantidad similar de gente aguardaba en la periferia. Al terminar la tanda y el tango no se escucho cortina.
 Todos comenzaron a corear: Dos parejas entran, solo una sale. Dos parejas entran, solo una sale.
Estábamos en el principio de una nueva aventura y yo un poco mas cerca de saber si mi valía como bardo guerrero estaba a la altura de las expectativas de Helena, la perdida Helena de la madreselva...
(Continuará)


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