Era una de esas noches en la milonga del Oriental en que no parece haber ningún entusiasmo en los bailantes.
Nadie se jugaba a la aventura de extraviar el paso en un destello de genialidad que hiciera abrir los ojos de los principiantes, aguardando al costado de la pista un momento favorable para estrenar su tango, demorado por vergüenza y pudor. En la mesa del dijey, Loquito Piazzolla se esforzaba por imitar a Gabi Sodini o a Mariana Sánchez y su música sonaba lejana. Como la luz de un bote a la deriva esperando el rescate.
Un solo incidente con hielo y un esguince quebraban la monotonía de una ronda en la que los abrazos no deparaban la ansiedad de algún futuro acercamiento, una exaltación o tan siquiera un retorno a casa a pie rumiando una esperanza y un tal vez.
En la mesa Lusiardiana conformada por Papaguachi, Pitón Pipeta, El filosofo Pelandrun y mi omnipresente tableta de anotar poemas, compartíamos una picada con elementos resecos extrañando la perfecta combinación de jugo y asadura que con el chimichurri solía imprimir el uruguayo Pococho al choripan.
El parrillero de reemplazo, que había asumido luego de la infausta noche en que a Pococho, por caerle un ventilador en la cabeza lo poseyera Libertad Lamarque, no conseguía siquiera sacar una asadura en condiciones.
—Volvé Pococho. ¡Volvé a cantar besos brujos aunque sea! —dijo como leyéndome el pensamiento el omnipresente dueño de la milonga Riquelme para acotar luego—: aprovechen la picada de chinchulín rebajada. A este pichón se le acabaron las hazañas en mi Oriental.
Cada vez que se iba una tanda anticipando la navidad, una horrenda orquestación de villancicos de Ray Coniff impuesta por Riquelme achataba la conversación y daba pie a nuestros vecinos de mesa, Vieytes y Luconi, sin servicios milongueros a la vista para trasmitir en directo las alternativas del partido de fútbol que en potrero adyacente disputaban los envejecidos muchachos que cada viernes se dejan los meniscos en la tierra.
Habían venido a probarse en los Titanes de la milonga.
Pero el ring estaba cerrado por un cambio de tablas preventivo.
Bordeando la sanja que separa la milonga de la realidad pasó un pelotón de ciclistas con un cartel pegado al manubrio: Sobrenatural Bike excursions.
El cartel no aclaraba si ellos mismos eran una especie de cortejo fantasmal, si había alguna mansión embrujada en cercanías.
O si los de la milonga éramos, sin saberlo, parte del tour encantado.
Un rezagado cruzó cerca nuestro con un banderín de los Cazafantasmas. Musitaba como si de un ensalmo se tratara algo que me sonó conocido.
Lo repetía sin cesar.
¿Cómo sujetar mi alma
para que no roce la tuya?
¿Cómo debo elevarla
hasta las otras cosas sobre ti?
Coincidiendo con un par de parejas jóvenes que llegaban, su voz vino a complementar la falsa trasmisión radial y se me figuro que quien hablaba era Helena, la profe de tango versada en versos, con quien me desencontré por un raro corte de digestión en Sitges.
Pero aquello que tocamos, tu y yo
nos une, como un golpe de arco
que una sola voz arranca de dos cuerdas.
Rilke. Esta vez distorsionando en la garganta del zanguango Luconi.
Una bandada de gansos demorados en una burbuja de verano, pasó muy arriba graznando corto.
Un hombre con chaqueta blanca pasó bailando muy cerca de nuestra mesa a punto de volcar la botella de Cabernet. De su bolsillo cayó un papel plegado.
Sin saber porque me lo guarde.
No me hubiera extrañado si al desplegarlo encontrara los versos que casi terminaban el poema.
¿En que instrumento nos tensaron
y que mano nos pulsa formando ese sonido?
Por el terraplén llegaba un tren de carga que disminuía la velocidad. Justo encima nuestro se abrió un portón y por el saltó luego de saludar al maquinista el Indio Martín montado en su caballo.
No lo habíamos vuelto a ver desde la noche en que casi me bato a duelo por Helena, cuando con la chica Bowie en la grupa se internó en las oscuridades de la pampa.
ê¡Atorrante! ¿De donde venís? —dijo Pitón Pipeta.
Creo que Pitón está celoso de la libertad del Indio. La señora Pipeta es permisiva siempre y cuando Pitón este en casa a las 20.30 en punto para cocinar y antes de las dos, hora en que suele acostarse luego de terminar su trabajo como operadora en la misma F.M. donde Rómulo Papaguachi tiene su perpetuo programa Minutas milongueras.
El indio se mandó un buen buche de vino y se puso a mordisquear con ganas un choripán como si estuviera delicioso.
—Ella vive muy lejos —comenó. Y mirándome —: ¿Ya volvió?.
—Bueno... Casi no me fui.
El filosofo Pelandrún, que en ese momento cuchareaba un codo de pan en el huevo frito dijo:
Un solo incidente con hielo y un esguince quebraban la monotonía de una ronda en la que los abrazos no deparaban la ansiedad de algún futuro acercamiento, una exaltación o tan siquiera un retorno a casa a pie rumiando una esperanza y un tal vez.
En la mesa Lusiardiana conformada por Papaguachi, Pitón Pipeta, El filosofo Pelandrun y mi omnipresente tableta de anotar poemas, compartíamos una picada con elementos resecos extrañando la perfecta combinación de jugo y asadura que con el chimichurri solía imprimir el uruguayo Pococho al choripan.El parrillero de reemplazo, que había asumido luego de la infausta noche en que a Pococho, por caerle un ventilador en la cabeza lo poseyera Libertad Lamarque, no conseguía siquiera sacar una asadura en condiciones.
—Volvé Pococho. ¡Volvé a cantar besos brujos aunque sea! —dijo como leyéndome el pensamiento el omnipresente dueño de la milonga Riquelme para acotar luego—: aprovechen la picada de chinchulín rebajada. A este pichón se le acabaron las hazañas en mi Oriental.
Cada vez que se iba una tanda anticipando la navidad, una horrenda orquestación de villancicos de Ray Coniff impuesta por Riquelme achataba la conversación y daba pie a nuestros vecinos de mesa, Vieytes y Luconi, sin servicios milongueros a la vista para trasmitir en directo las alternativas del partido de fútbol que en potrero adyacente disputaban los envejecidos muchachos que cada viernes se dejan los meniscos en la tierra.
Habían venido a probarse en los Titanes de la milonga.
Pero el ring estaba cerrado por un cambio de tablas preventivo.
Bordeando la sanja que separa la milonga de la realidad pasó un pelotón de ciclistas con un cartel pegado al manubrio: Sobrenatural Bike excursions.
El cartel no aclaraba si ellos mismos eran una especie de cortejo fantasmal, si había alguna mansión embrujada en cercanías.
O si los de la milonga éramos, sin saberlo, parte del tour encantado.
Un rezagado cruzó cerca nuestro con un banderín de los Cazafantasmas. Musitaba como si de un ensalmo se tratara algo que me sonó conocido.
Lo repetía sin cesar.
¿Cómo sujetar mi alma
para que no roce la tuya?
¿Cómo debo elevarla
hasta las otras cosas sobre ti?
Coincidiendo con un par de parejas jóvenes que llegaban, su voz vino a complementar la falsa trasmisión radial y se me figuro que quien hablaba era Helena, la profe de tango versada en versos, con quien me desencontré por un raro corte de digestión en Sitges.
Pero aquello que tocamos, tu y yo
nos une, como un golpe de arco
que una sola voz arranca de dos cuerdas.
Rilke. Esta vez distorsionando en la garganta del zanguango Luconi.
Una bandada de gansos demorados en una burbuja de verano, pasó muy arriba graznando corto.
Un hombre con chaqueta blanca pasó bailando muy cerca de nuestra mesa a punto de volcar la botella de Cabernet. De su bolsillo cayó un papel plegado.
Sin saber porque me lo guarde.
No me hubiera extrañado si al desplegarlo encontrara los versos que casi terminaban el poema.
¿En que instrumento nos tensaron
y que mano nos pulsa formando ese sonido?
Por el terraplén llegaba un tren de carga que disminuía la velocidad. Justo encima nuestro se abrió un portón y por el saltó luego de saludar al maquinista el Indio Martín montado en su caballo.
No lo habíamos vuelto a ver desde la noche en que casi me bato a duelo por Helena, cuando con la chica Bowie en la grupa se internó en las oscuridades de la pampa.
ê¡Atorrante! ¿De donde venís? —dijo Pitón Pipeta.
Creo que Pitón está celoso de la libertad del Indio. La señora Pipeta es permisiva siempre y cuando Pitón este en casa a las 20.30 en punto para cocinar y antes de las dos, hora en que suele acostarse luego de terminar su trabajo como operadora en la misma F.M. donde Rómulo Papaguachi tiene su perpetuo programa Minutas milongueras.
El indio se mandó un buen buche de vino y se puso a mordisquear con ganas un choripán como si estuviera delicioso.
—Ella vive muy lejos —comenó. Y mirándome —: ¿Ya volvió?.
—Bueno... Casi no me fui.
El filosofo Pelandrún, que en ese momento cuchareaba un codo de pan en el huevo frito dijo:
—Es que a usted le gusta refocilarse en su condición de poeta trágico. ¿Lo necesita para escribir? Porque si sigue esperando que una alineación favorable entre mareas internas y luna la traiga amores se le van a romper los escalones de este porche estrellado donde se sienta.
—No es verdad.. La cosa se torció. Naturalmente.
—Si, si. Échele la culpa a la paella. Pero después no me llore en las conferencias que da a los turistas, en los talleres de escritura que tiene con esos jubilados y en los poemas de la Milonga del Pipa de los lunes.
Rómulo acotó:
—No es verdad.. La cosa se torció. Naturalmente.
—Si, si. Échele la culpa a la paella. Pero después no me llore en las conferencias que da a los turistas, en los talleres de escritura que tiene con esos jubilados y en los poemas de la Milonga del Pipa de los lunes.
Rómulo acotó:
—No se meta con Catulo. No es que sea chúcaro. Es deformación profesional. Como el Pibe Pergamino que necesita bailar todas las tandas de todas las milongas para mantener su milongueridad.
—Yo no …
—Exacto. No. No sea Catulo por un tiempo. Reencárnese en un campeón o un paladín. Pero no como en los test de Facebook, en los que cualquier avispado fue en su vida pasada Julio Cesar, Alejandro Magno, o El Che. Sea otro, pero ahora.
—Lo del facebo ese me tiene intrigado —dijo Pitón—. Según el día Napoleón le toca a Isidoro Guasteldi, Tincho Remersaro y Roberta Flass. Debe ser la escasez de almas.
—Cuando hacemos las noches de tango paranormal en la radio siempre llaman reencarnados de Gardel o Angelito Vargas. Ningún milonguero fue Sócrates, Paracelso o una pobre campesina piojosa y desdentada quemada en la hoguera por bruja. —dijo Romulo sacando una roncha quemada a la marucha.
Miré la ronda. No había calor ninguno. No había cariño. Todos estaban bailando abrazados, pero solos. Pelandrún tenia razón. En el porche milonguero ya había algún escalón roto.
El intermedio nos trajo la armónica triste de Midnight Cowboy.
Sentí frío. Metí las manos en los bolsillos. Toqué el papel que se le había caído al tipo. Lo desplegué.
Tango festival Divino. Nueve pistas y nueve desafíos, anunciaba. Un foto mostraba un palacete apagodado y algunas parejas de diseño, posando para la foto. La dirección era un improbable cruce posible solamente los viernes a medianoche. Raro. En un costado y como reclamo publicitario se veía la cara de Osvaldo Malandra junto a la del uruguayo Pococho. Pacto Pasional. Magnifico espectáculo donde estos grandes y jóvenes interpretes herederos del arrabal y la sensibilidad tanguera versionan grandes éxitos de Tita Merello y Libertad Lamarque.
Entre risas se lo estaba acercando a Papaguachi cuando vi anotaciones en el reverso. Con el alma exaltada me apresure a leer:
Se pone y sale el sol
más a nosotros, Catulo, apenas se nos pone la luz breve.
Y mas abajo:
prisioneras de la perfección.
Manoteé el móvil. El dedo se fue solo al numero que sabia de memoria. Los principiantes habían por fin cruzado la frontera entre la pista y la posibilidad y se animaban. Mientras sonaba la señal de comunicando vi a Riquelme al lado del parrillero cedido por el Ejercito de salvación. Desde el móvil oí entonces murmullos, copas, un tango que identifique como Mano Blanca sonando muy de fondo y la voz de Helena.
—Bardo de lengua ágil, pies ligeros y corazón leve. Te esperaba...
—¿Dónde estás?
—Es una especie de infierno milonguero con nueve pisos. Para subir de piso hay que bailar mejor que... —no entendí lo que dijo— Y el peor esta lleno de giradores perfectos.
—Voy.
—Te es..
Se cortó. Rómulo tenia el papel y se lo quité. Riquelme venia con una bandeja de chorizos perfectamente bronceados con un pan tostado ligeramente y chimichurri en olas de fragancia.
Manoteé el caballo del indio y al querer montar a pelo me fui al suelo.
—Corsini me lleva solo a mi. ¿Va muy lejos?
Agité el papel con el cuerpo dolorido.
—Yo no …
—Exacto. No. No sea Catulo por un tiempo. Reencárnese en un campeón o un paladín. Pero no como en los test de Facebook, en los que cualquier avispado fue en su vida pasada Julio Cesar, Alejandro Magno, o El Che. Sea otro, pero ahora.
—Lo del facebo ese me tiene intrigado —dijo Pitón—. Según el día Napoleón le toca a Isidoro Guasteldi, Tincho Remersaro y Roberta Flass. Debe ser la escasez de almas.
—Cuando hacemos las noches de tango paranormal en la radio siempre llaman reencarnados de Gardel o Angelito Vargas. Ningún milonguero fue Sócrates, Paracelso o una pobre campesina piojosa y desdentada quemada en la hoguera por bruja. —dijo Romulo sacando una roncha quemada a la marucha.
Miré la ronda. No había calor ninguno. No había cariño. Todos estaban bailando abrazados, pero solos. Pelandrún tenia razón. En el porche milonguero ya había algún escalón roto.
El intermedio nos trajo la armónica triste de Midnight Cowboy.
Sentí frío. Metí las manos en los bolsillos. Toqué el papel que se le había caído al tipo. Lo desplegué.
Tango festival Divino. Nueve pistas y nueve desafíos, anunciaba. Un foto mostraba un palacete apagodado y algunas parejas de diseño, posando para la foto. La dirección era un improbable cruce posible solamente los viernes a medianoche. Raro. En un costado y como reclamo publicitario se veía la cara de Osvaldo Malandra junto a la del uruguayo Pococho. Pacto Pasional. Magnifico espectáculo donde estos grandes y jóvenes interpretes herederos del arrabal y la sensibilidad tanguera versionan grandes éxitos de Tita Merello y Libertad Lamarque.
Entre risas se lo estaba acercando a Papaguachi cuando vi anotaciones en el reverso. Con el alma exaltada me apresure a leer:
Se pone y sale el sol
más a nosotros, Catulo, apenas se nos pone la luz breve.
Y mas abajo:
prisioneras de la perfección.
Manoteé el móvil. El dedo se fue solo al numero que sabia de memoria. Los principiantes habían por fin cruzado la frontera entre la pista y la posibilidad y se animaban. Mientras sonaba la señal de comunicando vi a Riquelme al lado del parrillero cedido por el Ejercito de salvación. Desde el móvil oí entonces murmullos, copas, un tango que identifique como Mano Blanca sonando muy de fondo y la voz de Helena.
—Bardo de lengua ágil, pies ligeros y corazón leve. Te esperaba...
—¿Dónde estás?
—Es una especie de infierno milonguero con nueve pisos. Para subir de piso hay que bailar mejor que... —no entendí lo que dijo— Y el peor esta lleno de giradores perfectos.
—Voy.
—Te es..
Se cortó. Rómulo tenia el papel y se lo quité. Riquelme venia con una bandeja de chorizos perfectamente bronceados con un pan tostado ligeramente y chimichurri en olas de fragancia.
Manoteé el caballo del indio y al querer montar a pelo me fui al suelo.
—Corsini me lleva solo a mi. ¿Va muy lejos?
Agité el papel con el cuerpo dolorido.
—Aquí. Según parece es una mezcla de infierno de Dante con una pagoda de muchos pisos, cada uno de los cuales tiene una especie de milonguero-luchador mas formidable que el anterior.
—¿Cómo en una película de artes marciales?
—Casi.
Extrajo de su poncho un móvil y consultó algo.
—Mejor tómese el tren. Pasa uno en tres minutos.
En lejanía sonó un pitido.
Comencé a correr. Todo el cuerpo me chillaba que no lo hiciera.
—¿Cómo en una película de artes marciales?
—Casi.
Extrajo de su poncho un móvil y consultó algo.
—Mejor tómese el tren. Pasa uno en tres minutos.
En lejanía sonó un pitido.
Comencé a correr. Todo el cuerpo me chillaba que no lo hiciera.
—Hasta el año que viene muchachos —grité a modo de saludo.
Sentí movimientos de sillas y gritos detrás mío. La voz airada de Riquelme se impuso a la de la barra.
Con los tendones llenos de puntazos subí como pude el terraplén y mire la ronda que se movía alrededor del poste central, como despidiéndome.
Hice señas. El tren llegaba disminuyendo la marcha.
(continuará)
Sentí movimientos de sillas y gritos detrás mío. La voz airada de Riquelme se impuso a la de la barra.
Con los tendones llenos de puntazos subí como pude el terraplén y mire la ronda que se movía alrededor del poste central, como despidiéndome.
Hice señas. El tren llegaba disminuyendo la marcha.
(continuará)
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