Se fue la luz y todos quedamos en suspenso, detenidos en el ultimo compás de La cumparsita. Fueron dos segundos de oscuridad solo interrumpida por la alborada lejana asomando por la claraboya. Poco después se encendieron unos potentes reflectores apuntando directamente a las dos puertas. Quedamos entonces todos los supervivientes —un grupo que no llegaba a las 30 personas— protegidos por el cono de sombras. Iluminados por los focos las invasoras fuerzas de la prohibicion, el coche machucado de los religiosos, algunos vecinos emparedados, el samurai traidor y el resentido de Osvaldo Malandra, que se creía la reencarnación de Tita Merello y había salido abucheado de festival y escenario no sabían que hacer. El artífice del encuentro, Jaime Divino, señalaba hacia una puerta disimulada al costado de la barra hacia donde nos encaminamos prestamente, protegidos de las brigadas del mal que se habían quedado detenidas como liebres paralizadas en la luz. Al llegar a la puerta por la que ya estaban pasando los primeros comprobé que decía al igual que en la séptima pista «Salida mágica»
Pelandrún y el Pibe Pergamino, junto a Lara y Sofia la traspasaron sosteniendo a Divino. Quedamos los últimos junto a los ancianos de la tribu con Vieytes y Luconi, los servicios milongueros 24 horas, que habían encontrado una bolsa entera de cítricos en la barra y procedían metodicamente a disciplinar a limonazos a todo aquel que salia de las luces. Cuando estuvimos dentro de lo que resultó ser un pasillo apenas iluminado, el veterano barman cerró la puerta utilizando cuatro trabas con candado.
Avanzamos durante un largo rato hasta que llegamos a una puerta similar detrás de la cual se oía un violín desafinado, un acordeon, una guitarra y una flauta. Luego de ayudar al barman a colocar los candados correspondientes vi que la sala tras la puerta era una mezcla entre una gran cocina de campo y un obrador de panadería, con las hornallas y un horno de barro en el que también había una mesa de madera de mas o menos cinco metros por dos, con restos de harina y algún disco de empanada abandonado junto a bollos extendidos. Del horno salía aun calor y se veían un par de panes caseros, ese tipo de panes de masa compacta que solo pueden encontrarse en algunos almacenes de ramos generales o pulperías de pueblo.
Un par de ancianas freía empanadas en una olla llena de grasa hirviendo. Una pareja llenaba de almíbar y grajeas una inmensa bandeja de pastelitos de membrillo. A lo largo de las paredes había otras puertas clausuradas y sentados en bancos de madera o cajones, milongueros y exiliados de todas las pistas anteriores compartian comida y bebida caliente en jarras esmaltadas.
En el mostrador algunos recalcitrantes bebían vino o caña en vaso duralex al lado de un pulpero y una caja registradora que al ingresar dinero sonaba en melancólica cadencia sin desentonar con cuatro viejos musiqueros que tocaban como sabían para los que aun tenían piernas como el pibe Pergamino o para endulzar el sueño de algunos que dormitaban tapados por abrigos.
En el mostrador algunos recalcitrantes bebían vino o caña en vaso duralex al lado de un pulpero y una caja registradora que al ingresar dinero sonaba en melancólica cadencia sin desentonar con cuatro viejos musiqueros que tocaban como sabían para los que aun tenían piernas como el pibe Pergamino o para endulzar el sueño de algunos que dormitaban tapados por abrigos.
En el fondo había un portón de madera y una puerta mas pequeña por donde se iban yendo los que, saciados de tango o desayuno, abandonaban para siempre el corazón del Tango Divino.
Aquella «salida mágica» debía estar lejos del cuerpo principal del festival o la inminencia de la mañana había disuadido a los monstruosos vecinos y los clausuradores.
Mientras Pelandrún desplegaba su saber filosófico queriendo interesar a las muchachas en el elaborado proceso del amasado factico del pan y los pensamientos, me fui al mostrador buscando algún consuelo gastronómico.
Al lado de los precios de la caña, el Casalis, la Grapa, la ginebra, la empanada hojaldrada, el sanguche campero de matambre o lomito, el vino, el sifón, las facturas de membrillo y crema, el salame picado grueso, la galleta, la figazza y la bondiola, vi escrito en un cartel lleno de grasa el ultimo poema de R.Lamido el que marcaba la despedida:
Que el tiempo no te robe la inspiración, ni el sueño, ni la ilusión de aprender. Que todos tus adioses sean dignos.
Que el tiempo no te robe la inspiración, ni el sueño, ni la ilusión de aprender. Que todos tus adioses sean dignos.
La ultima hornada de empanadas salió fragante. Los panes caseros se cortaron, rellenaron y vendieron. Ya casi no había baile. Los músicos acometieron "La cumparsita" ultima y luego guardando los instrumentos en estuches gastados se unieron también a los naufragos de la noche, mecidos por la marea de cansancio en pequeños grupos que masticaban y sorbían agradecidos y en silencio.
En una mesa Divino con su manchado esmoking compartia galleta, huevos fritos y pesar con algunos samurais que llevaban la armadura de goma espuma destripada. Cada tanto miraba hacia la puerta sin dejar de esperar. Compré dos jarros esmaltados con el logo del Festival: un faro iluminando un mar de zapatos en tinieblas. Me los llenaron de mate cocido para acompañar dos empanadas de carne cortada a cuchillo. Compré también media docena de pastelitos para la comida o la merienda, que guardé en la bolsa junto con la tablet. Había un lugar libre cerca de la puerta y hacia allí fui. No me quería cargar de abrazos y tristezas al atravesar el salón en retirada. Cuando me senté una muchacha arrebujada en un abrigo que me parecía familiar abrió los ojos y me saludo, medio dormida. Era Laura. A falta de un tango para compartir alargue la mano ofreciéndole jarro y empanada, como hacia Raul Mamone. —Ya es tarde, nos vamos —dijo.
Empujando la puerta se vio entonces el belfo de Corsini el Caballo del Indio con su dueño al lado. Laura fue hacia ellos y ayudada por Martín subió agarrándose al cuello del animal.
Luego de saludar desaparecieron los dos en la alborada.
Vieytes y Luconi vinieron a saludar, con la mochila llena de empanadas. Vamos a batir la periferia, por si quedara alguna jeta por machucar en las inmediaciones, dijeron.
Vieytes y Luconi vinieron a saludar, con la mochila llena de empanadas. Vamos a batir la periferia, por si quedara alguna jeta por machucar en las inmediaciones, dijeron.
Pelandrun, Pergamino y las muchachas no se veían por ningún lado.
Un par de obsesivos quiso cantar para que alguno bailara. Le estaban sobrando, como yo, a un final digno.
Salí a la calle con uno de los jarros casi lleno. En el ostentoso coche que había pertenecido a un cura tanguero, ahora propiedad de Diógenes Pelandrún filósofo, pizzero y místico me esperaban los compañeros restantes de aventura. Me acomodé atrás, junto a Pergamino y Lara.
Un par de obsesivos quiso cantar para que alguno bailara. Le estaban sobrando, como yo, a un final digno.
Salí a la calle con uno de los jarros casi lleno. En el ostentoso coche que había pertenecido a un cura tanguero, ahora propiedad de Diógenes Pelandrún filósofo, pizzero y místico me esperaban los compañeros restantes de aventura. Me acomodé atrás, junto a Pergamino y Lara.
Nos alejamos del bote salvavidas y el naufragio. La calle se abría al campo e iba en paralelo junto a la vía del tren, detrás de unas alambradas.
Tras una reja se veía ya el anden, con algunas pocas islas de milongueridad flotando aún en los compases idos, ensuciando de noche y fatiga la mañana recién estrenada.
Cuando dejábamos atrás la estación vi entre los que esperaban a una mujer sola. Tenia un porte que reconocí y un vestido con un diseño de madreselvas. Desesperado grité a Pelandrún que parara el coche. Sin esperar que se detuviera por completo salté con los jarros en la mano, vaciando todo el mate cocido que quedaba en mis piernas.
El tren llegaba en ese momento. Rodeé las rejas. Me caí. Me levanté. Las rodillas me ardían. Ella había subido y estaba parada frente a la puerta mirando sin ver. Alcancé a llegar al molinillo automático sacando la tarjeta y pasándola. El molinillo se abrió. Sonaron los pitidos. Grité. Las puertas se cerraron. Volví a gritar. Llegué corriendo hasta el vagón con los pantalones destrozados, la derrota en la expresión, los jarros vacíos aporreando la puerta.
Desde arriba ella me miró. Grité:
—Helena ¡Tu belleza es como esas barcas níceas que en el perfumado mar en calma llevaban al viajero fatigoso a su nativa costa1
Acaricié el momento para detenerlo. Por un instante me vi arriba.
Pero la poesía no suele abrir muchas puertas. Y las de trenes nunca.
Me quedé parado como tantas veces en el anden viendo como se iba, haciendo un estúpido movimiento de impotencia con los jarros en alto a modo de saludo, sin terminar el poema de Poe y pisoteando un folleto arrugado del Festival que todavía olia a su perfume.
Cuando llegó el siguiente tren y los últimos milongueros nos subimos con la mirada baja, el mate cocido ya se había secado, las rodillas me dolían menos que el alma y la mitad de los pastelitos era historia.
Cuando llegó el siguiente tren y los últimos milongueros nos subimos con la mirada baja, el mate cocido ya se había secado, las rodillas me dolían menos que el alma y la mitad de los pastelitos era historia.
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