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HORACIO, EL DE LA FLOR EN LA SOLAPA - por Catulo Bernal.

Desviviamos el año en la milonga dominguera de Josep y Teresa, con el Pibe Pergamino luego de zamparnos unas empanadas picantonas, prevaricando tandas y anticipando brindis de navidad con los amigos cuando Raul nos confirmo que se había ido un dandi del tango, el poeta de la flor en la solapa, de inevitable y Byroniana elegancia. Fue, creo, en el momento del brindis, en el que todos alejamos la posibilidad de días malos haciendo un exorcismo de augurios y deseos, casi creyendo que sera posible, o acaso evitable un sino adverso si lo conjuramos, intercambiando sonoras y sentidas felicidades. Sentí, aun con la copa en la mano y la expresión alegre surcada de una sombra, que había disminuido, al glosar de John Donne. Que como poeta - o acaso manipulador de las palabras - me entregaba al duelo de un compadre, un compañero de viaje, uno de esos románticos caballeros que hacen ariete en la lógica y violentan con belleza la rutinaria malversacion de frases hechas en las que a veces nos sumerge lo cotidiano. Recordé algunas letras de sus tangos: La inevitable "balada para un loco" que el mismo Raul Interpreta en Barcelona como nadie, "Chiquilin de bachin", "Balada Para mi muerte" y el que mas me gusta "La Bicicleta Blanca".
 En la pista, al abrigo de las tandas de Toni, los milongueros rendían homenaje sin saberlo al hombre de la flor en el ojal. En la barra Josep y Teresa, que habían compartido algunas noches con el en sus viajes a Buenos Aires comentaban un episodio con globos de agua a medio camino entre la melancolía y la risa. Y así, despidiendo el domingo y casi el año se fueron vaciando las copas, las mesas, las tandas. Las sillas ocupadas fueron menguando, hasta quedar algún que otro archipiélago de supervivientes de la semana, noctambulando como para pasar juntos la madrugada en velada de letras y así, acompañar al presidente creador de la Academia del Tango, el que le puso adornos al suburbio que había iluminado el tal Carriego, en su viaje final en busca del flaco de la bicicleta blanca.
 En una de esas mesas que lindan con la sombra y mientras apuraba las ultimas burbujas del brindis navideño que también era despedida o retirada, me pareció ver como un destello a Ferrer, perfectamente bien sentado detrás de su flor y bajo su discurso erizado en lirismo. Pero fue solo un instante o mi deseo, que como los buenos augurios navideños que se intercambian con fe pero sin esperanza, sustitutos de ruegos ante las horas que serán adversas y a las que nos aferramos cada año que pasa, terminó desvaneciéndose hacia la nada, perdiéndose en recuerdo en dirección contraria a ese  blando terreno hecho de azar y de propósitos, que  intentamos atrapar entre proyectos y siempre  nos esquiva. Ese territorio que algunos llaman futuro y otros, acaso mas sabios, lo porvenir.

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