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UN POEMA DEL DESPUES - por Catulo Bernal

El jueves fue San Valentin. El día de los enamorados. En pleno uso de mis facultades sensibles y alejado pecuniariamente de toda posibilidad de regalo material quise otorgarle un poema a la dueña de mi corazón.
Desgraciadamente el mismo día, luego de pasar una jornada en vela desarrollando mis mejores metáforas y haciendo uso de una lucidez poética rayana en lo imposible no pude propiciar un encuentro con la damisela que me tiene melancolizado
 desde que la viera, para mi mal , en la "milonga del oriental" de hace dos viernes, bailando armoniosa con su vestido de flores amarillas y su cabellera castaña, tapando con decoro su generoso pecho enhiesto al frío de la mañana. Guardé el poema para entregárselo en la milonga, luego de  perfumarlo con mi mejor colonia. Sentado con los amigos, en una mesa llena de desengañados del amor, fui esperando con los nervios del que ama y no encuentra la forma de expresarlo, a que por fin llegara la que atenaza mis desvelos con sus formas gentiles. Entreví, en mi mente un encuentro fortuito, en el que deslizar el poema en sus manos,  una aproximación directa hasta su mesa en la que declamar con firme voz emocionada todo mi sentir sin importarme los demás, yo solo y sola ella arrebatados por mis palabras juntos en un universo hostil y protegidos por la cualidad de la belleza.
Cuando llegó todas mis ensoñaciones se desvanecieron. Radiante como estaba supe que no iba a poder ni aproximarme sin que me temblara el cuerpo todo de pura timidez. Consulté a Romulo, que en su veterania, es experto en amores, a Pitón que en su valentía es experto en desengaños, al Indio, que en su mutismo es experto en secretos. Escuche sus consejos como hacen todos los que el amor ha vuelto tarambanas: sin escucharlos y al final luego de muchas dudas me decidí  a entregar el poema a Romino, el mozo engominado, para que en bandeja lo depositara en la mesa de mi amada  justo cuando el maestro Piazollita comenzaba la tanda de Pugliese, con estas palabras: "le traigo este presente de un amigo que la quiere bien y que teme ofenderla con su presencia". Al punto la muchacha leyó mis sentidas palabras y pude ver, como se estremecía con lo que había volcado en el humilde papel. Sorprendida miró a todos lados y entonces, justo cuando lleno de coraje, me iba decidido hacia su mesa, pude ver como la sacaba a bailar Marcelo Chanta, mi némesis, mi archi-enemigo, la síntesis perfecta de todo lo vulgar.
No Conozco su apellido. Ni quiero. Embelesa a las mejores con palabras que parecen sacadas de versos infantiles. Con ceseosa voz y horrible rima fácil las seduce, engalanándolas de piropos de factura corriente.
Me quedé a medio camino, con mi poema olvidado en la mesa, solo y solo yo. Viendo como con su camisa a rayas la apretaba, lejos de mi, lejos de lo emotivo, cerca de su indigno olor a copia, a fraude.
Me derrumbé en la mesa, al ver que seguían bailando juntos, dos, tres tandas. Luego, como en un sueño, se fueron juntos en algún momento. No los vi abrazados. Pero que importaba, se fueron juntos.
Sabedores de mi fracaso los amigos me obsequiaron sus mejores frases de aliento. Todo fue en vano. Aquel farsante se habría apoderado de mi alma, de mis rimas?, me pregunté mientras me abrochaba a la botella de vino en que riegan sus penas los olvidados del amor.
 A la noche no le quedaba nada. Me fui a dormir el sueño de los desposeídos, los que han perdido su oportunidad, los que mueren de amor todas las noches, como dice el tango, llorando en silencio su pena...

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