Siempre hemos tenido una relación un tanto extraña con el «Nene» Desencanto. Desde aquella vez en que el Pibe Pergamino me lo presentó en uno de esos eventos con milonga suburbana y compartimos el autobús de vuelta y algunas media lunas pegoteadas en la madrugada tardía.
En este verano caluroso lo estoy viendo como un calco de ese ayer, mientras se esmera por sacar a las pibas principiantes en la Milonga de la Fuente. La chaqueta arrugada, la camisa negra blanqueada de sudor, los bajos del pantalón manchados con puntazos y voleas mal encajadas, el pelo en desorden, Las puntas de los pies ardidas de pisar un canyengue mal hecho, los ojos semi cerrados, aunque con el fiero brillo — en la mirada y en la ropa— del milonguero superviviente de otras épocas. Con todo lo bueno y lo malo que esa pertinencia conlleva.
Desencanto proviene de otro mundo, en el que está bien visto que una dama o, en su caso, un caballero deje a deber entradas, consumiciones o ese tipo de prestamos (en horas tardías) de camaradería y vino, a cobrar en un incierto nunca. Porque es idea aceptada que con sus vaivenes tornadizos La suerte que es grela zarandea al varón, a la hembra o al híbrido más noble y pintade para forjarlo en la incerteza y en el respeto a las deidades ignotas, tal como escribe Arquíloco de Paros:
Si sales vencedor, disimula corazon. No te ufanes, ni de salir vencido te envilezcas, llorando en casa. No les dejes que importen demasiado a tu dicha en los éxitos, tu pena en los fracasos. Comprende que en la vida impera la alternancia.
Por eso es que lo veo casi siempre en los eventos gratis.
En una de esas tandas «difíciles» para ambos, me acerco a saludar a Desencanto. Tiene la deferencia de invitarme una cerveza de su latero amigo, aunque sabe que no bebo alcohol. Con apurada generosidad me arrebata la lata y la asigna otro conocido, Fosforito, para volver después con una botellita de agua, más bien caliente.
Entonces es cuando le comento con entusiasmo el hecho más sobresaliente de la semana milonguera:
—Anoche (o antenoche, porque estoy con pocas horas de dormir) ¡Lo que te perdiste anoche! Tremenda velada de baile y sorpresas.
—¿Qué? ¿hubo pelea, caídas, taconazos?¿Colados que entraron invocando el nombre de algún grande?¿Alguno se empedó y se desgració para toda la carrera?
—Bueno, ratas del tipo de «Vengo con el grupo de tal..» si hubo. Y aprovecharon para hacer amistad tardía con el prestigioso visitante. Seguro que para no pagar en milongas posteriores en las que ni siquiera tienen la deferencia de presentarse al organizador. O consumir algo más que un agua, compartida.
—Prestigioso visitante... ¿No habrá ido a milonguear el alcalde?
—No. No. Anoche...Anoche vino a la milonga Zotto.
Me mira como quien mira en una llanura polvosa el transito de antílopes enloquecidos. Por ahí le duran aún los efectos del consumo de sustancias en alguna milonga domiciliaria. Después de un segundo interminable me contesta con una voz acostumbrada a la arcada y las sombras:
—¿Zotto? ¿Qué Zotto?
En la pista la gente se empeña en uno de esos tangos de Fresedo que recuerdan a naves estelares abandonadas en el profundo espacio. Contesto.
—No hay muchas opciones desde que el querido Osvaldo Zotto se fue a milonguear en esas milongas poderosas del otro barrio, allí donde nunca hay un repelente que canta con desgana la última tanda. Me parece que había una Noelia Zotto que cantaba en Cantaniño, pero esa no nos atañe. Entonces, ¿Quién nos queda?
Espero otro largo segundo. No todos los días uno puede darse el lujo de sorprender a uno de la sufrida raza de los Desencanto.
—Zotto. Zotto. —Se agarra las sienes con las manos sudadas en un vano intento por ordenar sus pensamientos o sus derivas etílicas —. ¿Zotto decís?
—S...
—Estoy un poco espeso porque ayer nos bajamos con los «discípulos» del Pibe Jacinto dos botellas de licor noble a precio de rebajas ¿Qué querés que te diga? Siento como si mordisqueara mi cabeza una familia de dingos australianos con sus hocicos romos....¿eh? ¿Ehhh? —Se detiene. Les juro que siento como una ficha de casino de las de color naranja cae en su cerebro e ilumina todo un pasillo de neuronas rebosantes de grasa —¿Qué? ¿Zotto? ¿Zotto? ¿Ese Zotto? ¡No! ¿Miguel? ¿Miguel Ángel? ¿Miguel Ángel Zotto? Zotto, Miguel Ángel, último en la lista de la escuelita de primaria en Vicente Lopez?¿El creador de Tangox2? ¿Zotto que es BUENOS AIRES TANGO, PURO TANGO y que además de mi héroe es mi idolo? ¿A ese ZOtto estás nombrando? ¿ a ZOTTO?
FOTOS, ESTILO Y CAMARADERÍA MILONGUERA |
—N...— Su mirada ahora abarca una inmensa paleta en la que se aprecian tintes violáceos de delirio, rojos de fanatismo y alguno que otro azul iridiscente del tipo que usaron los pintores renacentistas para manifestar la epifanía de los conversos recientes.
—S.... Ese mismo Zotto.
— Zotto ¡ZOTTO! ¡ZOTTTTTTTTOOOO!
—Exacto. ZOTTO.
—¿Y que hizo? ¿Lo hicieron bailar? No. No. Claro que no. Nadie, nadie puede pagar la magia espontanea de ese hombre. Pero, ¿bailó? ¿Hizo...¿SM Zotto, hizo... Hizo LA EXHIBICIÓN?
—SM no. MA. Miguel Ángel.
«¿Y?¿LO HICIERON BAILAR?» |
—SM. Su Majestad graciosa. El Superior Más. El Eim VI PI 314 de los pulentas festivales. ¿Bailó o no bailó?
LAS EMBELEZADAS COMPAÑERAS DE BUEN VER Y MEJOR BAILE |
Desencanto baja la mirada y con un dejo de amargura en la cascada voz me contesta:
agradecimiento emocionado para toda la milongueridad barcelonesa.
Me mira. Mira la ronda. Mira hacia las alturas. Mira el incierto atardecer. Se hace más insignificante al lado de la pista e importuna a un par de parejas principiantes que no miden aun ni la velocidad ni el giro.
—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Porqué se empeñan en jugar conmigo de esta manera?¿Que les he hecho yo para sufrir en mis magreadas carnes este anonimato, esta nada? ¿Qué colosal ranada estoy pagando aun, sin poder saldar nunca la deuda? Yo sabia... La culpa la tiene La gueparda, que se empeñó en ver esas pejertadas del mundial. Y encima no cayó ni una caricia —.Se le descompone la cara en una fea mueca.
—¡Gueparda! ¡Gueparda! —La aludida se materializa a su lado. Noto sin sorpresa que ambos comparten una cualidad de olor que mescla sudores, churrascos arrebatados y otras sustancias indelebles. No es una belleza y baila demasiado rápido. Esos detalles los hacen tal para cual.
— ¿Qué pasa?
—¿Qué qué pasa? ¿Qué pasa? Pasa que en Casa Valencia estuvo Zotto y nos lo perdimos por ver a todos esos descontrolados del mundial! ¡Yeta!
—Atranquilate. ¡Atranquilate! ¡Por favor te lo pido, Dalmiro Esteban!
—¿Dalmiro Esteban?
EL ESPÍRITU MILONGUERO |
— ¿Por que te crees que me dicen Desencanto? D.S. Encanto —Se dirige a su nueva pareja, más calmado—. La cagamos con la tele por internet y el vino barato. Tendríamos que haber ido a milonguear, para recibir la gracia del santo espíritu milonguero. Ahora ya es tarde. Ahora ya es tarde. Y sumido en la desesperanza agrega:
FOTOS CON LA GENTE «BIEN» |
—¡Como la cagamos, gorda!
El sonido de un cachetazo dado con todas las ganas se impone a un Biagi anémico.
—¡Gorda tu abuela! ¡mugriento! ¡A mi no me agarrás más para cocinarte los fideos con manteca!
Luego La gueparda se pierde en la ronda, cabeceada en el penultimo tango de la tanda Tristezas de la calle Corrientes (Caló Berón) por uno de esos eternos principiantes que no aprenden los códigos.
El tango se muere. Como si los siniestros dioses adversos se hicieran eco de la mini tragedia milonguera de Desencanto , suena como ultimo de la tanda, Jamás retornaras.
Desencanto se desploma al costado de la pista, como un almácigo de lechugas al que le hubieran negado el agua. Unos gemidos ahogados salen de la escuálida caja de sus costillas milongueras. Un poco más allá la pibada sigue bailando feliz, sin apreciar la magnitud de este ínfimo y definitivo acto.
En el otro lado lo veo al amigazo Mamone, que se seca el sudor con un pañuelo de mano. Sin perder un segundo lo voy a buscar.
—Andá con Samira. Yo me ocupo, negro. Quedáte tranquilo. Lo voy a anestesiar con cervezas y pizza en el boliche de enfrente. Nos vemos allá.
Y ahi se va el bueno de Raúl, con su alma grande y su corazon noble, a consolar a Dalmiro Sebastián Encanto, que tiene rota el alma y el corazón todo emparchado.
La tarde cae sobre Barcelona. La gente sigue bailando en el verano que se va.
Y yo pienso que las personas grandes, las grandes que con su ejemplo nos hacen grandes, cuidan los pequeños gestos y los regalan con hermoso desprendimiento, porque saben que en esos pequeños detalles está la distracción ante el avance del tiempo y el destino.
Y seguiremos vivos, si seguimos bailando. Si seguimos creyendo.
JUAN IGNACIO ARIAS - BARCELONA 2024.
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FOTOGRAFÍAS E IMAGEN BY JORDI PEREZ.
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