jueves, 25 de agosto de 2016

NADIE QUIERE BAILAR CON GARRAFA

No hace mucho apareció por la MILONGA DEL ORIENTAL  un hombre santo, a quien los  de la "Iglesia Milonguera de los Primeros Pasos" tomaron por su mesías en la desesperada búsqueda de una confirmación a sus delirantes creencias, todas ellas alentadas por su  polémico profeta el  "Pebete Burundi",  que afirma que el tango - completo y acabado - fue siempre Africano.  El "mesías"  bajó con sus discípulos, desdeño el fanatismo de los debutos de la iglesia y se fue a bailar al piso y con elegancia desarmando con su estilo milagroso todos los dogmas de fe de esta secta, que suele venir a las milongas con sus característicos colores rojo y amarillo.  El Pebete Burundi se tiro a la sanja que limita la milonga, esperando entre las miasmas un bautismo que nunca llegó. Y los delirantes miembros de la secta se dispersaron entonando  su padrenuestro milonguero, trazando  sin convicción con sus pies el nueve en lápiz y con el pie cambiado, signo de su creencia.
 Ocupado en festivales, duelos y amores correspondidos  a destiempo,  no había vuelto a ver a ningún fanático de la iglesia hasta este viernes, cuando en la pista apisonada del Oriental, bien pegados al poste mayor  pudimos comprobar un cisma: Debutos desengañados que llevaban ahora el purpura y el naranja - como si  hubieran teñido sus enseñas en una lavadora comunitaria - trazando antes de entrar a bailar un dudoso pataleo hereje.  Desde nuestra mesa vacía ya de efusividades culinarias oímos unos gritos que no pudimos atender pues en ese mismo instante  vimos en casualidad habitual para "el Oriental" como desde el terraplén ferroviario bajaba una figura que al llegar a la distancia de reconocimiento identificamos como un discípulo del "Maestro".
 Le hicimos hueco en nuestra mesa para que nos contara donde andaba El Hombre, pero el discípulo llamado Pichico señalo la barra, musito "Ahí está" y corriendo se llego al lado de quien gritaba, un hombre bajo y rechoncho, hosco, vulgar y sin modales, que apuraba una pinta llena de hielo y vino. Pichico intento en vano cambiar unas palabras con el sujeto, al que reconocimos como el discípulo mas odiado del maestro, aquel en el que se miraba como un espejo inverso para no errar.
Volvió aceptando una copa de borgoña.
- El discípulo "Garrafa" no es así?.
- Es Garrafa -  corroboró el hombre - pero ya no es discípulo.
Abiertamente le preguntamos que había pasado con su maestro. Y el hombre cual si fuera Ismael volviendo del naufragio del "Pequod" se puso a contar.
"Lo envidiaban. Los falsos profetas y los profesores de 40 horas lo envidiaban. Porque el llevaba el buen paso a quienes no podían acercarse a los maestros de verdad. Y así y todo siempre se las ingeniaba para tener una cantidad de seguidores muy superior a todos ellos juntos. Un par de tango maratones y dos festivales internacionales a la orilla de la playa se llenaron de gente, solo porque el estuvo enseñando a la sombra de los pinares. Los alumnos en multitud lo aclamaban. Conseguía que tipos que no comprendian la diferencia entre caminar bailando y tirar pasos se pusieran a pisar en el compás y se olvidaran para siempre de las secuencias. Hacia que los adornos de las muchachas fueran precisos, acentuados,  austeros y originales. Los hombres ganaban en elegancia, las mujeres en sutileza y belleza. Las parejas que bailaban a la luz de sus parábolas estaban en perfecta comunión,  con un estilo diferente y propio. Venían con muletas mentales y al tomar alguna clase con el maestro se iban volando.
Si la multitud no lo hubiera urgido, si no lo hubieran  apremiado con sus masivos requerimientos quizá podría haber seguido enseñando. Pero no.  De a poco le quitaron la humildad de su anonimato y aunque no sucumbió a la tentacion del coreógrafo técnico,  o el que va enseñando complicado con artificios su "método"  se volvió un asunto público.
Creo que todo comenzó a torcerce en un festival internacional de Canyengue - no recuerdo cual - en donde exigían rellenar una encuesta de abrazo, apilado y cabeceo. Tango medido por centímetro y con tantos códigos que parecía una enciclopedia. Una cosa ridícula, porque cada bailarín es un mundo y su estilo responde a su vivencia. Y con saber respetar y circular nos alcanza a  todos.
  Llegamos a una explanada llena de tienditas, en donde te vendian todos los complemento habidos e inventados,  hasta plantillas para poner en el suelo en un esquema que se asemejaba más bien a los bailes de salón. Muchos volvían sin poder milonguear en aquella pista de uniformidad imposible. Ver aquello  sublevó al maestro. Enloqueció y la emprendió a sacadas y puntazos contra los mercaderes. Tardó 20 tandas de Canaro a la orilla del mar en calmarse. Algunos querían aprovecharse de su ira para ir a sabotear los campeonatos.  El Maestro  ni se tomo la molestia de comentarlos.
 Como si no existieran.
El caso es que LOS PODERES lo tenían entre ojos y buscaban desacreditarlo. Fuimos seis parejas y por traiciones y la tentacion del espectáculo quedamos en cuatro parejas y media .
Organizó el ultimo copetin para nosotros sus discípulos en la parte de arriba de un bar donde había una pista medianita. Se comió. Se bailo.  Se hablo de tandas, de ausencias,  de la impronta de los viejos milongueros, maestros antes de ser apóstoles. Riqueza que se va perdiendo,  cediendo paso a la estandarización. Alguien programó después de una tanda de Tanturi a la orquesta Caravelli. Volvimos a la mesa.
 Luego de un momento el maestro dijo:  "No voy a enseñar más."
Nadie dijo Nada.
Garrafa  se quejó del vino.
"Nunca he enseñado por oro. Nunca he querido ser el mejor. Nadie - ni yo mismo - es bueno por si propio. Solo depende de quien lo ve, de la tanda y de con quien baila. No se rebajen, no se vendan. Bailen no porque saben hacerlo, sino porque les da alegría.  Si van a predicar haganlo fuera de  la pista  brillando desde adentro. Busquen la paz y la armonía. Que su tango no sea conflicto, ni tribulación. Que su abrazo no sea una disputa y un tironeo técnico sin reposo."
Oímos un ruido. Un plato de madera que volcó "Garrafa".  Se había dormido a las primeras palabras. El Maestro siguió hablando.
" Ya no me queda más para enseñarles. Todo esta en ustedes. No lo dejen caer. Haganlo crecer.  Que sea una rebelión secreta que nos devuelva al espíritu primitivo de la milonga. A la primera vez que pudieron sentirse bien en la pista.  El tango es multiforme y cada cual lo cuenta con su cuerpo. Cuenten y enseñen, divirtiéndose.  Sean humildes  entre ustedes y entre aquellos que no hayan perdido aun la maravilla y el entusiasmo de las primeras milongas.  No enseñen por el oro ni por el Ego.  Dense por bien pagados si ven a sus alumnos emocionados y entregados a la música en la pista. Acepten con gratitud lo que les den: sea una entrada a la milonga, sea una buena cena regada con Borgoña. la paz o un fernet. No toleren a los intolerantes.  No critiquen a los otros maestros.  Cada uno tiene su forma de llegar a la verdad.
Y su camino es intransferible.
 Porque mi hora esta cerca y pronto los abandonaré."
Nos quedamos tristes. La pizza se nos atoró  en la garganta.
Sonaba contradiciendo la solemnidad del momento y su  filosofía "La cumparsita" versión Caravelli.
 Garrafa, espabilado,  insistía en sacar y cabecear a la Gringa, Erminda, Carmencita o  Malena.
 Ninguna le hizo caso.
El maestro ignoró sus quejas, levantó solemnemente el ultimo trozo de Fugazzeta y lo compartio, al igual que el vino. Luego en pausa dramática afirmó.
-  Sé que uno de ustedes me traicionará.
Todos miramos a Garrafa.
Impermeable a las palabras el tipo reacciono con su habitual descortesía.  ¿Que me miran papanatas, les debo algo?
El maestro dijo: Lo que tengas que hacer, hazlo rápido.
-Ustedes son todos unos agrios. Me voy a milonguear con gente piola. Dijo dando un portazo.
Y volvió para llevarse en un vaso de plástico medio litro de borgoña.
-Que tenia que hacer? pregunto José Tiburcio. Es el traidor?.
Luego de un momento el maestro dijo:
- Pizzas. Le dije que trajera más pizzas. y el melón se olvido. Es tan literal que no entiende las bromas. Vayan a buscarlo muchachos.
Pero no lo encontramos. 
Mas tarde supimos que se había salido del discipulado.  Pretendía enseñar como apóstol descartado.  No asimilo las enseñanzas,  ni se esmero por progresar.
- entonces era el traidor? - dijo Romulo Papaguachi.
- Todos hemos sido traidores, algunos mostrándonos con soberbia, otros queriendo montar una escuelita. Incluso fuimos a competir a los campeonatos. Y andan por ahí unos malhablados, diciendo que el maestro se fue a enseñar a los países del Este. Ya no se lo ve por las milongas. Ya no enseña ni practica a la orilla del mar.
- Y Garrafa?
Pichico miró a la barra donde estaba el discípulo desechado.
-Garrafa es un trozo de carbón que se empeña en seguir siendo carbón. A su manera es un maestro de lo que no hay que hacer. Por eso sucumbimos a la tentacion. Porque nos alejamos de su influencia negativa y dejamos de hacer todo lo contrario a lo que hace. El maestro no pudo encontrar ninguna parte buena en el. Nadie puede. Y cada vez se vuelve más detestable.
Pero no enseña. No porque no quiera, sino porque no lo toman en serio. Ninguno tolera su mal humor.

- Pero baila?.
El discípulo Pichico mira nuevamente la barra, observa la pista con el circulo de apostatas teñidos de purpura y naranja, considera los restos del banquete y rememora la noche del "Ultimo copetin". Garrafa está peleando con el dijey, por el volumen y la calidad de la música. Se va la tanda y la noche y a veces miramos hacia el terraplén, por si se produce el resplandor de mariposas gardelianas que anuncia la nueva venida del Maestro.
Pero no hay nada.
Luego de un momento y yéndose el discípulo Pichico dice.
- No. No baila. Garrafa nunca bailó.
Y perdiéndose en la noche nos saluda con una ultima frase.
-  Nadie quiere bailar con Garrafa.

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