lunes, 26 de diciembre de 2016

LA EXTRAÑA CASI NOCHEBUENA DE LA MILONGA DEL ORIENTAL - UNA FABULA



Miraron al cielo de nochebuena. Unos nubarrones se insinuaban mas allá del terraplén ferroviario. Los tablones y los caballetes apilados sobre el poste central del que salían como brazos de una estrella de mar las guirnaldas navideñas esperaban, al igual que los empleados para desplegar las mesas del banquete y el papel blanco que a modo de mantel cubriría los restos de mil asados. El uruguayo Pococho ya estaba en la asadura de dos lechoncitos para la milonga, no queriendo que por una desafortunada conjunción de vino blanco helado y asado caliente se produjera una desgracia, como cuando a Tonito Garcia se lo tuvieron que llevar de urgencia al hospital justo antes de su exhibición. Riquelme, el dueño de la “Milonga del oriental” la única permanente milonga a cielo abierto del viernes, dudaba. Había impuesto con tozudez su voluntad de abrir a la del descanso navideño, reclutando a aquellos parias y mercenarios que estaban en eso solo por el festejo o por dinero. Oscuros filósofos que celebraban el cumpleaños de Mitra cada 25 de Diciembre y creían en los comerciantes y en la mala fe de los buenos propósitos de ultima hora a  los que veían como una especie de dádiva a las potestades intangibles  para que lo porvenir les fuera favorable.  Solitarios o trasnochados a los que los planes habían fallado tenían reservada mesa y regalo - fruslerías de bazar -  en el árbol lleno de chirimbolos con las caras de milongueros y músicos. Un pesebre hereje hecho con ilustres y ambientado como una milonga-establo iluminaba regalos baratos comprados en los chinos. Lo que vale es la intención.
 El micro clima favorable entre la zanja, el terraplén y los ligustros habían preservado las tandas de la tempestad - excepto aquella recordada vez en que todas las galas tangueriles fueron a parar bajo las mesas y sobre el barro - o había comenzado antes del tango de apertura o después de la "Cumparsita". 
Nunca había pasado que se tuviera que suspender un milonga antes de comenzar. 
Nunca se había hecho una milonga en nochebuena.
Nunca alguien había desafiado con desden a las fuerzas de la naturaleza y el descanso navideño.
Arriba en la punta del poste central  los restos de una sombrilla gigante e inútil daban cobijo a un par de cuervos emigrados que habían hecho nido al costado del tocón de madera tallado con la cara de San Finito Escabiadin el patrono de los milongueros, que preservaba a modo de Totem la pista. Y justo arriba de ese poste había aparecido ese grueso cumulonimbus como campeón de los elementos  listo a contender contra el necio mortal que desafiaba al destino.  Esperando el dictamen del Ahab del tango   todas las manos colgaban inútiles y nadie se movía, con la excepción de un viejo mocovi, que había trazado una  cruz de sal y hacia ademanes hacia la nube con un hacha oxidada.
 Luego de mucho meditar  Riquelme hablo: Traiganme a “Wallabie” Sticone. 
 Dos muchachos deseosos de que los metieran en el plantel de los "Titanes de la milonga" salieron prontamente a cumplir con el jefe. Un rato mas tarde reaparecieron con “Wallabie”. Era un tipo bajito con un minúsculo sombrero de cuero ratonado, un ostentoso chaleco de arpillera a juego con sus pantalones verdes mal cortados a tijera, cinto anudado característico del que pasa hambruna y sin zapatos, para acariciar con las plantas callosas el ancho mundo.
 Tenia en la mano un pedazo de algo que parecía un sanguche de milanesa, del tipo muy pasado, al que ni la absolución de tres limones hubiera reblandecido. Lo mordisqueaba  como quien le entra a un embutidos muy seco en proceso de ablande de elemento por glándula salivar. Y disfrutaba. Riquelme con ese tono desganado pero autoritario  de cacique local o persona notoria dijo: 
" Wallabie, este año se me ocurrió hacer una milonga en Nochebuena porque nadie lo hace.  Siempre pensamos que era un festejo familiar pero los que me reservaron TODAS las mesas  están en esto, como yo y estos, mis muchachos disidentes,  solo por el festejo.  Tengo una botella de vino Toro tinto para vos, y una pregunta".  Hizo una pausa para asegurarse de que lo escuchaban. Se le descompuso la autoridad en una mueca ansiosa y luego de un momento preguntó - "LLOVERÁ?”. 
“Wallabie” miró a Riquelme, la parrilla, las bebidas, los manjares apilados en recipientes sobre la barra, las bebidas sobresaliendo en los tachos llenos de agua,  el personal que esperaba una orden. Volvió a Riquelme, bajo la mirada, dijo HUM, HUM, se fue hacia el medio de la pista, afianzo los pies,  olisqueo al aire, se llevo un dedo mugriento a la boca y elevándolo a las alturas lo ofreció hacia los cuatro puntos cardinales. Musitó una monserga en un idioma que podría haber sido Maorí o gaélico.  Algo tan incierto como su procedencia a la que todos habían aceptado en un irreal colagge geográfico entre Oceanía, Las Vegas o una reserva Blackfoot.  Se quito el sombrero dejando al descubierto una cabeza calva imponente con un par de mechones de pelo que mas bien parecían antenas mustias. Comenzó a saltar con extraña cadencia hasta cubrir casi toda la pista haciendo honor al apodo que un calificador desconocido con ínfulas intelectuales le habría puesto quien sabe donde. Sacó un manojo de Tomillo ya seco y  agitando el aire fue  a situarse por fin encima del ring de los "Titanes". Dejó ir la mirada y la topo en algún momento con la del viejo de las cruces de sal. Inspiro, espiró, volvió a inspirar. 
Al fin y luego de unos cinco minutos de silencio en los que Riquelme alentaba la respuesta con tabaleos nerviosos a la tierra apisonada "Wallabie" dijo: NO.
Riquelme lo despidió con desden y apresuramiento dándole  la botella de Toro con una evidente capa de mugre y - como  cortesía navideña -  una pata de pollo desechada de la ensaladilla. "Wallabie" acepto las dos cosas guardándolas en un bolsillo de su chaleco, y se fue mordisqueando su sanguche de milanesa. A un gesto del jefe  la inmovilidad del personal se transformó en un frenético y complejo armado de las mesas del banquete milonguero, con las lógicas recriminaciones a aquellos que solamente se movían rápido y sin método.
A las 8 las mesas todas estaban montadas con sus correspondientes cubiertos, las cestitas con el pan, los boles con ensalada y las bebidas que no requirieran frío en simetría. A las ocho y media comenzaron a llegar los primeros reservadores confirmados  sabedores de la aquiescencia meteorológica de “Wallabie”. 
A las ocho y cuarto Pococho y su ayudante Panzeta ya tenían troceados  los lechones y  fiscalizaban la marcha de las achuras y el chorizaje ya casi listos.
A las nueve principio el picoteo con una fastuosa mesa de entrantes y self-service de bebidas y entremeses. Los mercenarios de Riquelme habían pactado que ellos mismos iban  participar del festejo metiéndose de lleno en el clima de la milonga para volver a las tareas de limpieza y recolección cuando todo hubiera pasado.
Como a las 10.45 con los chorizos consumidos, los chinchulines en transito y las ensaladas renovadas, con las botellas de vino blanco a medias y la conversacion eufórica y acrecentada por parejas de principiantes que bailaban en la ronda con la música que el sobrino de Riquelme y aspirante a Dijey había robado a muchos profesionales,  se escuchó en lejanía un trueno solitario y diez segundos más tarde una replica de de mayor sonido. Uno de esos agoreros que nunca faltan, entre risas dijo “che, a ver si llueve”. 
El cielo tenia un color rojizo indefinido y una cualidad de Golgota. 
 Media hora mas tarde se levantó viento. Un poco después un  vendaval de agua y barro sepultó  las bandejas, los platos, los restos del banquete y toda traza de elegancia en una desesperada cacofonía de prisas y escondites que no sirvió para reanudar la fiesta. Las fuentes de metal servían de pluviómetros improvisados y de piscinas al  lechón sobrante. 
El blanco papel se deshacía en la tormenta que no paraba.
Todos corrían, sin saber adonde olvidando el árbol, la milonga y los regalos.
Ese año - que nadie recuerda cual fue y si se invento -  no hubo brindis, ni ronda, ni esos romances efímeros a los que son tan dados los fabuladores. 
Fueron a buscar a “Wallabie”, pero no lo encontraron en el chaperio donde pernoctaba, ni en los lugares que solía frecuentar. La botella, aun con la capa de roña, estaba intacta, con el corcho roto en un cruce, junto con una cruz de sal cortada que el agua había respetado.
La primera lectura de esta especie de fabula con moraleja es la siguiente: si confías en el criterio no demostrado de un ser humano común y corriente con aplicaciones místicas, puede que se te queme el guiso.
La segunda es de indole practica:Si intentas chantajear al azar encarnado en el encargado de ejercer algún mínimo poder sobre el destino conjurando  las artes adivinatorias y malinterpretas su ayuda puede que te pase un caso. En cuyo idem deberas asegurarte de tener un plan contingente.
Una tercera y rebuscada interpretacion a la fábula es contundente. No desdeñes a nadie, pues nunca se sabe si aquel a quien zahieres con tu arrogancia no es  el diablo disfrazado y presto a desbaratar tus presunciones con su habitual astucia o Dios riendose de las planificaciones del falible producto de su creacion.
 Los poetas alucinados dicen que diablo y Dios son una misma entidad bipolar y paranoide. 
Particularmente me gustaría pensar hay veces en que la divinidad adopta la forma del mas humilde de sus servidores -  mal pagado con una botella de vino pasado - para experimentar algo parecido a la conciencia de si y recordarse que ni el está exento del error.
Quien sabe.

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