domingo, 1 de mayo de 2016

MILONGUEROS QUE SE VOLVIERON LITERALMENTE LOCOS POR EL TANGO - Por Yamate A. Zilencio

Son casos extremos. Gente que ha trascendido el delirio de bailar toda la semana y no reconocen ya los límites entre la realidad y la fantasía. Cartuchos de dinamita orgánicos a los que la milonga les prendió la mecha y comenzaron un viaje sin retorno. Conozcamos juntos los mas retorcidos.

EL ORGANIZADOR QUE NO SABIA:  Un  clásico ejemplo de energía mal canalizada con terribles resultados. Prudencio V. Gonzani destacó en su momento bailando a los saltos. Se torció el tobillo y por no alejarse del ambiente se puso de organizador de la milonga "Chanta Patafufete" en el bar de un amigo. No sabia poner música y tampoco administrar el dinero para contratar pincha discos, por lo que robaba tandas enteras de la labor de Dijeys de reconocida trayectoria, que luego reproducía sin alterar. Como no era muy bueno con las cuentas retenía en la entrada a un ex-alumno al que compraba con empanadas robadas de la barra, cuando el amigo no miraba. Tampoco tenia don de gentes,  así que en vez de recibir a los milongueros saludaba desde la distancia acercándose luego a ver como iba el aforo. Como era naturalmente tímido y odiaba hacer los anuncios, los grababa y reproducía desde un muñeco con su cara, pensando que le daba a "Su milonga" un toque gracioso.  Acaparaba las pocas chicas que acudían engañadas a su cubil, incitando las iras de los muchachos que habían pagado la onerosa entrada. No obstante el bar del amigo se llenaba de gente que consumía y venia a ver todos los despropósitos del "Tipo que no sabía" lo que alentó en su deteriorado raciocinio la loca idea de montar el "FAMOSO FESTIVAL PATAPUFETE" en el mismo bar. Como no sabia hacer el evento en la red y equivoco la forma de enviar invitaciones, solamente se enteraron los herederos de Pepe Biondi, que le iniciaron juicio por empleo de la palabra registrada  PATAPUFETE y los inspectores que no registraron habilitacion ninguna.  En la noche del Estreno del festival  un dijey enterado de la apropiacion de tandas le programó la maquina con musica infantil. El de la puerta con hambre tomo empanada por su propia mano,  tal y como había visto a Prudencio y el amigo de la barra lo cazo robando. Mientras sonaban "Los Parchis", llegaba la carta documento con el aviso judicial, se acercaba el amigo con el "empleado" a pedir explicaciones, se caía una copa de vino, no había papel en el baño, tres parejas chocaban en la pista  y dos  mas reclamaban en la puerta por cambio mal dado empujando a un par de inspectores que venían a clausurar la milonga,  el  "organizador  que no sabia" colapso y gritando en crisis de nervios Tanturiiiiiiiiiii salio galopando por las calles hacia el olvido.

LA LOCA TETRIS :  Maria Cingoni era una perfeccionista. Por abusar de las milongas y las clases de técnica se obsesiono con la posición de los pies, la postura, la disociación y el espacio. Si un voleo le salia, por culpa de una mala marca diez centímetros por debajo de lo que requería, Maria se disgustaba y consideraba  arruinada toda la noche.  Si quien la había sacado con un perfecto cabeceo no hacia un paso de sesenta centímetros le daban los berrinches y se ponía a gritar en el baño. Dejó de ir a las milongas conocidas, porque nadie la sacaba. En el paroxismo de su manía comenzó a ver a todas las parejas de la pista como cuadraditos del tetris y dictaba a su enardecido compañero como debía evolucionar para encajar sin pegarle a los otros.
Con la entrada prohibida en todos lados baila sola en su casa,  pasando con lentitud y reflexión de una baldosa a otra.

EL INDIO DE LA VISION:  Raimundo Pichefuz tuvo la desgracia de criarse en el engaño de una falsa ascendencia comechingona.  "Soy aborigen" decía "uno más en el camino del hombre rojo. Sin saber que su padre había venido de Sicilia, escapando de la mafia y su madre de Córdoba, escapando de una familia tradicional e intolerante con el tango, al que seguían considerando una música de burdel.  Fabuladora y gran bailarina, doña Lorenza alimentó ambas pasiones en su hijo, hasta que a los veinte años las dos coincidieron. Pero Raimundo no bailaba. No le salia. Parecía no entender ninguno de los consejos de su madre y destacaba como mal bailarín en las numerosas milongas a las que iba.   En el colmo de su obsesión Raimundo decidió  ir a la cima de una montaña desértica para ayunar cuatro días, tener una visión y volver con un gran poder o "Medicina" que le permitiera convertirse en el mejor de todos los bailarines del mundo. Volvió luego de tres días, con la boca negra de comer fruta no comestible, el cuerpo ardido,  casi deshidratado y con dos piedras del tamaño de un corcho de champán que " mi aliado el hermano zarigüeya me dio cuando se me apareció bajo el sol" . Engaño a un zapatero para que le pusiera las piedras  en los tacos  de unos zapatos de dudoso cuero que encontró en una subasta pagándole con la vértebra de una res "gran medicina". El zapatero lo corrió sin alcanzarlo. Con los zapatos del poder, Raimundo salio  a bailar  en tanda darienziana. Piso mal.  Las piedras y Raimundo volaron. Unas a la basura,  otro a la perdida de conocimiento. Desde entonces  Pichefuz las busca incansablemente  en los contenedores de todas las milongas a las que va  desarrollando además un "síndrome de Diogenes" que lo aleja de sus apócrifos antepasados.

LA  ESCULTORA DE LOS MILONGUEROS DEL CHIM ICHUR:  Una noche de tandas inolvidables bastaron para enloquecer a Susan Liao.  Tenia en el cuerpo la excitación que da haber bailado con un bailarín mejor que otro, rozando la perfección. Sentada y mientras devolvía los zapatos a la bolsa comprendió que el tango es un arte de fugacidad cuya impronta se reproduce en la masificacion de algunos pasos y adorno verdaderos, que se trasmiten de clase en clase y se van diluyendo, bastardeandose en la interpretación personal que cada bailarín da a lo que aprende. "Nunca me será dado repetir una experiencia como la de hoy. Toda mi alegría se perderá y la experiencia no tendrá ningún recordatorio cuando me haya ido" dijo, mirando con tristeza las fotos que alguien había sacado con su móvil de mala calidad y donde descubrió algunas instantáneas de la exposición de los guerreros de terracota del Xian.
 Había bebido.  Su mente y su angustia existencial le dieron la idea que la llevaría directamente al autobús de la demencia, que no suele tener paradas:  inmortalizar en adobe y arcilla todas las tandas, reproduciendolas en una colosal ronda que mostrara a todos los milongueros de la noche, en la cumparsita de la despedida.  Con tesón y horas libres   Susan fue trabajando con manos inexpertas  caras, posturas y parejas montándolas en un viejo galpón del jardín de su casa,  sobre una plataforma giratoria de madera parecida a un antiguo toca discos. Iba a trabajar a la farmacia sin dormir, con los brazos y los vestidos llenos de pegotes, feliz en la inconsciencia del desvarío. Luego de seis años, un despido, el abandono a las milongas, el rechazo de sus amistades, y consunción por una dieta consistente en acelgas  de su huerto, Susan tenia por fin 30 parejas  de milongueros copiadas de las fotos que decidió mostrar  en un  pre estreno a quince amigos a los que cobro "la voluntad" y que sirvieron para pagar a  un par de críticos. Para su desgracia Susan no era Rodin. Las caras eran apenas garabatos mal  hechos, que en su mente simulaban las evolución de todas las expresiones. La gente miraba sin entender algo que parecían parejas, pero con cuatro o cinco pies, sin ninguna proporción de extremidades,  en un desquiciado intento por capturar el movimiento con la marca de los dedos. .  Desde el Fondo de su sótano y de su mente Susan miraba todo con ojos brillantes. El abismo le devolvía la mirada  una y otra vez, como si abajo hubiera una cama elástica que le rebotara el sin sentido.  Casi en un alarido exclamó: "Y ahora verán esta obra de arte en todo su esplendor". Con la fuerza de la manía hizo girar la plataforma y las simulaciones en arcilla de los milongueros, mal cimentadas,  se vinieron abajo rompiéndose mientras el público abandonaba la instalación y la ineficaz demiurga abrazaba el polvo y la desesperanza.

EL BUSCADOR DE LA TIERRA MILONGUERA DEL MAS ALLÁ: Fabian Lapace era uno más de esos muchachos tímidos que en el tango encuentra paz, abrazo y comprensión.  Fanático de las novelas de ciencia ficción y fantasía, descargó en la milonga sus inquietudes y sus soledades. Abusó de tandas y de Tolkiens, hasta que en alguna sinapsis una neurona que le hacia mal contacto le hizo comprender un hecho irrefutable. Supo que su lugar no estaba aquí, sino en una tierra milonguera del mas allá  a la que tendría que ir, desde los puertos grises y donde por fin seria feliz.  Consiguió materiales para hacer una nave dragón vikinga  con bidones de plástico llenos de estopa, maderas medio podridas y cuerdas con hilachas, porque la naturaleza de la locura es casar elementos disimiles, conformando una cosmogonía que se adapte a la conveniencia lógica del enfermo. Lapace eligió para emprender su viaje el martes 31 de Octubre, coincidiendo con el Samhain, el año nuevo celta desde una  mugrienta playa  llena de adinerados bañistas holgazanes que se tendían a gozar de un sol no ganado, para ver si así llegaba eso de "sudor de su frente".  Llegó a las cinco de la tarde.  Comenzó a trabajar sin pausas. Los bañistas miraban como iba uniendo los bidones, las tablas y ocho lanchitas infantiles a pilas que unió a popa en un curioso anhelo por dotar a la embarcación de una fuerza propulsora que se apoyara en la tecnología y la búsqueda del milagro.  Desde la playa hubo mucha curiosidad y algunas risas. Pero eso no desconcentro a Fabian, que erigió en el centro de la barca  una especie de trípode con una sabana en la que había pintado un zapato milonguero de color verde y una estrella. Eran las siete y media cuando La embarcación estuvo terminada. Fabian puso con soga un cartelito en el que se leía "Michifuz Cirdan" y una silla con el tapizado desgarrado, que puso en el centro. Prendió las lanchitas, impulso el barco hacia el interior peleando con las olas y se sentó con gran majestuosidad, encallandose gravemente dos metros mar allá.
Mientras las carcajadas alegraban el atardecer de los ignorantes, Fabian seguía sentado en el medio del agua, con la cara azotada por el mar y las lágrimas de impotencia.
Cuando se fue, tres horas mas tarde abandonado el pecio y la silla no había nadie en la playa y tampoco en su cerebro.
Murió de gripe un semana más tarde.




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