jueves, 10 de marzo de 2016

EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS MILONGUERAS - EPILOGO SENTIMENTAL

Volvimos. Cabalgando el Paraná y  la crecida,  en el  Barco RACCIATITO con las bodegas llenas de pescado fresco y milongueros pasados, que ya volvían a tandas habituales. El paisaje era el mismo pero diferente como si enfrentados al abismo megalómano del Tucumano Pastura, víctima de sus propios productos baratos para milongueros  malversados se hubiera transformado lo salvaje en una  catedral vacía de fieles y profetas.
La Milonga del Oriental nos recibió, como siempre, con las picadas y las tandas. Con los familiares arquetipos milongueros bailando alrededor del poste central en donde habían pegado una vela electrónica a la estampita de San Finito Escabiadin, el patrono de todos los que alguna vez han soñado moviendo las piernas en tandas de pesadilla. La sede del Blog, en la vieja casona que compartiamos con la Peluquería del profesor Maradona había vuelto a la normalidad.  Yamate A Zilencio y el Pibe Pergamino habían decorado su espacio con cortinas y cuadros  traídos de Tokio.  Era raro ver al pibe comiendo choripan con palitos y atrapando con admirable destreza las cebollas, pimientos o tomatitos que chorreaban de la salsa criolla.  El Profesor Maradona y el Turco Desvarietti repetían el padrenuestro de la IGLESIA MILONGUERA DE LOS PRIMEROS PASOS con fervor absurdo.  Y Romulo Papaguachi estudiaba el paquete con los diseños de Pastura, que había traído en una bolsa con dos mandarinas y los quemaba. No se salvaron los zapatos con cromos reversibles para cualquier pista, ni el pantalón de seis pinzas con silla plegable incluida para milongas con mesas de privilegio siempre reservadas.
 En un momento rescató del fuego  un paquete de cartas y la foto de la novia abandonada de Pastura. Yo  la había visto antes en alguna milonga, sin bailar, solo practicando  al borde la ronda voleos y adornos - ahora lo entendi -  para cuando El decidiera volver.  Quizá me recordó a otra muchacha de vestidos floreados, que se fue una noche siguiendo a una compañia coreográfica y me dejo con un cuaderno de poemas inconclusos.   Decidí entregarle las cartas citándola en la misma Milonga del Oriental, un territorio familiar  no mancillado por la visión estrambótica de Pastura colapsado por culpa del acompasador para bailarines descarriados  y los zapatos para trazar pinturas en la pista.
Deje a los muchachos entrenidos en la consumicion de unas brochetes de ravioles de morcilla con su correspondiente manta de papas fritas y camine al costado de la ronda  para salir casi al fondo, en una mesa directamente lindera a la llanura.  Ella me vio venir y  levanto con gracia su sencillo vestido negro. Era pálida y bella como un copo de nieve  reflejando el sol de la mañana. Sobre la mesa había una foto  ajada de los dos cuando eran todavía una pareja feliz y el no se había trastornado dejandola.
Me indico una silla. Me senté  apretando el paquete de cartas oloroso  a mandarinas.
No había silencio pero fue como si lo hubiera. Apenas nos inquietaban los tangos de Calo-Beron. Luego de un momento hablo con musical tristeza:
" Lo conociste allí. Y lo admirabas  por lo que había logrado. No es cierto.?"
Se me hizo difícil deglutir la falsía.
"Si" - le dije, con temor y preocupación.
Su belleza me perturbaba. Su confiada esperanza me hacia sentir mezquino.  "Lo conocí. Era..."
"Eras su amigo... Su amigo.  El no me habría enviado estas cartas con otro que no fueras vos.".
No dije nada.  Era un farsante. Pensaría que era uno de esos tantos lacayos esclavos. El de la camisa de retazos, por decir uno.  Había venido  para acallar un fantasma y el fantasma se revolvia.  Volví a verlo predicando sus enloquecidos dictámenes. Lo vi, en toda la extensión de su delirio junto con los libros de tango destrozados,  su MANUAL DE PASOS PARA PRINCIPIANTES cosido a borrones,  todos sus artilugios milongueros con fallas eléctricas, los pantalones de cinco pinzas  con una pierna mas larga que la otra, su foto llena de velas en el altar donde lo habían encumbrado con endiosamiento al costado de las estanterías casi vacías que saqueaban los turistas arrobados.   Hasta a ella la vi en la puntera  descosida de un zapato caído, dibujada con trazo infantil y tempera, vulgarizada y reproducida en serie.  Oí - si eso era posible - el sonido de los sollozos de una mujer al costado de la parrilla choripanera igual que otro similar, mas fuerte aun que la voz de Castillo y su "moneda de cobre" resonando en los bosques umbríos.
Me habló de sus proyectos. De su voluntad.  De un estado de exaltación perpetua que no lo dejaba disfrutar las tandas. La había abandonado y ella justificaba ese abandono en pos de esa "Visión".  Era una de esas bellezas con las que uno podría perderse y no volver.  Y la locura y el súbito arrebato de Pastura la había hecho dudar en su auto estima.  Me pareció ver en ella ese tipo de personas raras en la actualidad, fieles y sufridas a las que los egoístas y los superficiales se empeñan en hacer mal y que son tan parecidas a uno que parecen inevitablemente irresistibles al alma poética.
Prisioneras de una idealización. 
"Y de todo esto. De todo lo que prometía, su nobleza y su voluntad no queda nada.  Nada. Vos y yo..."
"Lo recordaremos siempre"-  me apure a decir.  Ese inclusivo me hacia daño.
"Yo lo entendí mejor que nadie. Supe que iba a ser un hombre que atrajera lo mejor de cada tanguero. El era así de inmenso. Un hombre grande". "Pero vos lo viste. Vos sabes...".
"Si. Lo se. Era un hombre notable" - dije, corroborando el engaño como si compartiera su tristeza.
"Yo no puedo creer que no lo voy a ver mas. Nunca" acotó.
No verlo nunca! Yo lo estaba viendo es ese momento en los pasos de un par de parejas que se chocaban con todos.  Estaba viendo en la pista  dos o tres milongueros de diseño con esa misma expresión de locura desenfrenada con la que quería enredar al mundo todo. Yo veré ese fantoche elocuente en cada compás desperdiciado, en cada giro desconcertante y sin piedad, en cada arribista con ínfulas que teniendo cuatro meses de baile  se mete a maestro y pisotea con las puntas hacia arriba. En cada coreografía exagerada y sin alma.
 Sonaba "Corazón encadenado". Quería, necesitaba  desesperadamente bailar con ella.  Pero imaginaba el fantasma de Pastura aflojándome el abrazo.
Y no era la ocasión. 

- Estuviste hasta el final? -  Me miró con una expresión desolada, lindera a la confidencia que me acercaba y alejaba a la vez,  profundizando la farsa.
"Hasta el fin" - dije sin pensar.- " Oí sus ultimas palabras". Me quede mudo y temblando. 
-Que te dijo?, que te dijo?. Necesito saber. Quiero algo, algo...
No las oía?.  Yo las sentía claramente en ese momento:  un latido oscuro precipitándose a la ronda como un murmullo creciente y descarriado, sin otra cosa que es poso de manía en que se  había metido, y que no me dejaba.  Ese egoísmo soberbio lleno de poder barato con el que me había maldecido: "Ah...el tango... el Tango"
"Su ultima palabra, la necesito para saber que algo en esto tiene sentido.  Yo lo amaba. Lo amaba!"
En sus labios no sonaba vacío, ni superficial. Cosa mas rara aun en nuestros días, en que se dice tantas veces y con tantas consecuencias nefastas por haberse transformado  en algo ilusorio y vendible con destino de telenovela mala.
Me quede mirándola.   "El tango es una desesperada canción de amor a la derrota escribí", solo porque quedaba bien,  hace tiempo.
Pucha digo.

Reuní fuerzas y muy lentamente murmure:
" Lo ultimo que dijo fue tu nombre".
Oí un suspiro largamente contenido y a la vez el latido equivoco de mi corazón deteniéndose  y la carcajada de las tinieblas vencedoras  " Lo sabia, estaba segura. Lo sabia, estaba segura".  La oí llorar con la cara oculta por las manos.
 Me pareció que la milonga toda se iba a derrumbar dejandome ahí, petrificado.
  Pero no. Las milongas no se vienen abajo por esas pavadas. Como no se vienen abajo cuando pifias un paso, cuando dudas o sientes el peso desigual de la realidad aplastando tus deseos y ficciones.   Me levanté despacio dejando las cartas y alejándome literal y metaforicamente, sin querer.
En la mesa los muchachos me habían dejado una porción de papas y un trozo de morcilla.
Me pareció mas blanco que toda la amargura que me había quedado por luchar sin esperanzas contra el corazón de las tinieblas ...*


* Se que esta aventura y este post no tienen mucho de comedia.  Quise, con lo que pude, hacer un homenaje al maestro Conrad e incidentalmente como señaló Conrado Narinsky, gran seguidor de estas crónicas a otra obra casi tan inmensa como el Corazón de las Tinieblas: Apocalipse Now, de Coppola.  Ignoro si cumplí con mi cometido, que siempre ha sido divertir y señalar todos aquellos ridículos aledaños al tango con el máximo respeto y con la visión de uno mas de la ronda. Durante muchos años leí las ultimas diez páginas del libro de Conrad en voz alta traducidos por el insigne Sergio Pitol, para la colección Biblioteca personal de Borges.  El libro es intenso. Y esas ultimas diez páginas son quiza el mejor final para una novela, seguidas muy de cerca por el ultimo capítulo de EL LARGO ADIÓS,  De Chandler. El que dice aquello de Triste, solitario y definitivo. O final.
Si no leyeron la obra de Conrad, leanla. Lean las ultimas diez páginas del Corazón de las tinieblas, en voz alta. En soledad  y a la madrugada. Y sigan leyendo este blog y cada tanto escribiendo algún comentario.
 A veces, escribiendo como Catulo se me van las palabras y las ideas y ya no puedo encauzarlas. Y otras veces es el Mismo Catulo Bernal el que me guia. Para que su poesía luzca patética como el concepto erroneo que tiene de su persona.
Sepan disculpar en todo caso si los he he cargado de mi visión, cuando solo querían relajarse.
En cualquier caso: Gracias.

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