viernes, 4 de marzo de 2016

EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS MILONGUERAS - FINAL. Por Catulo Bernal

Me gusta la palabra entelequia Dijo Jimi Gray. No sé si sabia lo que significaba. No se si yo mismo podía comprenderla pero al menos la vulgar acepción de "Cosa irreal" podía aplicarse lejos de los principios Aristotélicos a nuestra búsqueda del  Tucumano Pastura. Remontamos el Parana, consumiendo días y paquetes de arroz y fideos.  El barco destartalado se fue vaciando de milongueros y llenando de pescado que serviría para pagar los costes del viaje. Entre sueños de alcohol y glorias perdidas cantamos y oramos a las aguas, las alimañas nos acribillaron la piel, nos intoxicamos con . Cada tanto veíamos pequeños grupos de gentes ataviadas con ropa que ya no respondía a ningún canon estético saltando abrazada alrededor de una hoguera y algo que parecía un tango horrendamente distorsionado. Poco nos faltaba para llegar a la tienda que antes había estado en nuestro poder y donde el infame "profesor"  Pastura vendía sus productos a nuestro nombre como una especie de enloquecido emperador de tandas descontroladas. Flyn y Gray estaban asustados, mas allá de su propia interpretación racional del viaje. No se animaron a subir más allá de una barricada hecha de zapatos viejos sin cromo ni tacón  que casi se hundía en el río y marcaba territorio Pasturiano.  Subimos por la orilla y los dejamos pescando en el crepúsculo.
antimosquitos
No se cuanto caminamos.  Enseguida se puso oscuro y nos alumbramos con linternas.    Cada tanto nos cruzábamos con peregrinos tangueros de ostentosas ropas que se iluminaban con linternas o velas a bateria volviendo con la mirada y la orientación disminuida. No parecían saber adonde iban.   Sentimos que un opresivo misterio se cernía por todo el lugar. Algo blanco relucía en un la noche. En un claro alguien había dejado un montón informe de hojas arrancadas de libros de tango de Rossi, Valiente, Marconi,  Los Dinzel y Ferrer junto con tiritas para la piel usadas, todavía con restos de callosidades.  Era como ver un cementerio abandonado o la guarida de un gigante con síndrome de Diogenes.  Al fin llegamos a la vista de la tienda iluminada con tres faroles a kerosen.  Fue como si de pronto nos hubiéramos metido de lleno en una de esas melancólicas ciudades Lovecraftianas, en ruinas, degradadas y decandentes o a ante los muros de la mismísima casa Usher.  Nuestro propio cartel había sido mal pintado y afeado con unas letras trazadas sin ingenio ni arte: "Emporio del tango Pastura" se leía. Y mas abajo "liquidacion por cese".  Una puerta de cristal vencida, soportaba los selfies de sujetos patibularios, seres que en su patetismo ni siquiera tendrían cabida en una milonga normal .  No sin temor nos hicimos un hueco para ver el interior, comprobando que solo quedaban pocos visitantes  que se llevaban los últimos artículos  de los estantes llenos de liquen y musgo y dejaban una ofrenda sobre un altar en la que estaba la foto de Pastura iluminada por cirios artificiales  mas grandes que los de los peregrinos del camino.    Se lo veía lleno de confianza, gordura e ignorancia.  Un dependiente escuálido se materializo cerca nuestro y nos preguntó si podía ayudarnos. " Pastura -  dijo lacónicamente Piton Pipeta -  venimos de Lusiardo Tango Club". El hombre nos llevó aparte y dijo señalando una choza que casi se hundía en el barro: "Allí. Allí.  Esta muy mal.  Puede que no pase la noche. Le trajeron una remesa de productos nuevos para milongueros.  La ultima dijeron, porque cierran: un acompasador para bailarines descarriados y pinceles eléctricos para hacer pinturas con los zapatos cuando estas bailando en tu casa. "El" quiso probarlos al mismo tiempo y le dio un infarto porque  el acompasador no lo dejaba parar. Los que estaban aquí esperando su palabra, al verlo babeando y girando como un derviche se han ido. He tenido que poner de mi bolsillo para pagar los productos. Y ahora no me queda nada. Nada.  Y No se donde está la plata... Esto es el fin.  El fin...
Lo dejamos atrás. Cada tanto oíamos algún gemido hecho tango, alguna suplica, algún "esta porquería no sirve, devuelvannos la guita" musitado a las penumbras. Alguien rezaba. Alguien reproducia pasos tropezando con los troncos. Todo se venia abajo.
 Los cuatro nos fuimos hasta la choza. Nadie velaba ante la puerta abierta. Los pocos que quedaban se  iban yendo por el camino hacia la nada sin compás.
Entramos.  A la luz de una vela lo vimos.  Consumido, descarnado. Los ojos en conexion con una pista invisible. Miraba la luz sin verla.
Debe haber sentido movimiento porque entonces oímos su voz.
  La voz, esa voz!. No recordaba que fuera así antes.
Habló elocuentemente del mundo, del universo todo hecho a base de milongas y tangos, un vasto organismo vivo cuyo sustento se basara en megalópolis tangueras que solo fueran suburbios, inmensas extensiones hechas solo de pista y mesas  sin otro gobierno que el de los Dijeys y el consejo de sabios y veedores de artículos para consumo del turismo.  Habló de los mejores bailarines del universo transformados en dioses  en un panteón que recordaba al de los ases escandinavos. Dioses con debilidades y flaquezas, cercanos y a los que ir a pegar una paliza si no se plegaban a sus deseos.  "Tango,  Todo será tango" y casi en un susurro helador añadió:  "Ah.... el tango, el tango..."
 Había enloquecido de megalomanía tanguera.
Ceso la voz. Ceso el movimiento. Todo ese locura colosal que veníamos a confrontar se apagó con la vela.
En una mesa destripada había un paquete de papeles. Cartas, diseños de artículos espantosos, discursos delirantes.  Romulo Papaguachi lo juntó en la bolsa de un supermercado chino en la que llevaba dos mandarinas. Salimos mucho después a la claridad de la noche y a las picadas de los mosquitos. De regreso vimos la pintura hecha por los pinceles de zapatos.   Previsiblemente era demente, sin sentido y su fosforescencia alejaba  todo ser viviente. El dependiente había desaparecido y solo quedaba un farol sin apagar.  La puerta de la tienda se había venido abajo aplastando a un pobre tipo que no paraba de girar y que se fue también cuando lo liberamos. En la distancia oímos un grito de mujer desgarrado. Parecía como si le hubieran pisado los juanetes a Libertad Lamarque.
 No quedaba nadie en el asentamiento desde donde Pastura había querido abrazar con su codicia el universo milonguero. La selva inexorable pronto se comería su iniquidad,  su imperio de artículos tangueros degradados y  sus cursos acelerados para nuevos profesores.
El camino de vuelta al barco fue tan irreal como decepcionante.  Sentímos el sortilegio de Pastura.  Habíamos incluso creído en su visión.  No me extrañaba que mucho nuevos milongueros  vestidos de cualquier forma,  bailando mal y sin ningún sentido del compás creyeran, luego de escuchar su voz profética, que bailaban tango.  Si nosotros casi sucumbimos a ese influjo por oírlo una sola vez ¿que compulsión poderosa acechaba aun en los pies y en la forma de sentir de todos aquellos a los que enseñó?.
En el muelle estaban esperándonos Huguito Flin y Jimi Gray con tres pacus que en la brasa humeaban con maravilloso aroma.  Algún saber en forma de libro se había quemado a la sombra de los zapatos abandonados para prender el fuego. Me estremecí pensando en que la descarriada visión Pasturiana podía suplantar como en el universo de Tlön Borgeano al tango tal y como lo conocíamos.
 Evolucion. Símbolos.  Si el tango se transformaba solamente en un producto consumible  expres y todo los bueno y malo de nuestros dadores de sabiduría: milongueros viejos y maestros con tantos años de enseñanza era dejado de lado. Si todo ese acerbo cultural quedaba en medio de la nada para que se lo comieran las hormigas,  la lluvia o el fuego de un asado ¿como íbamos a mirarnos y a reflejarnos en lo autentico ante una nueva generación que solo quería pasos y cursos rápidos?. ¿Esa transformación se estaba operando invisiblemente en la milonga? ¿O todavía podíamos apreciar en las pistas  el genuino sabor a suciedad y bronca, a improvisación y aceptacion -  pero también lucha - contra el destino que es propio  del tango?.
Comimos en silencio. El aroma del Pacú no coincidía con su sabor.
-Hemos perdido el primer reflujo -  dijo de pronto Flin, parafraseando notablemente a Conrad.
Nos esperaba la siesta y luego la vuelta río abajo hacia la normalidad para  recuperar la coherencia oponiendo un poco  de luz al inabarcable corazón de las tinieblas milongueras.

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