viernes, 2 de marzo de 2012

LA MEJOR MILONGA DEL MUNDO - EXPEDICION A LA MILONGA DEL SAMURAI CANYENGUE (FINAL)

Atravesamos bosques y desiertos.  Nos corrieron, persiguieron, asaetearon y arriaron y de no ser por la destreza del Uruguayo Pococho a los mandos del rastrojero rojo habríamos quedado tendidos en la estacada a merced de las procelosas aguas de un rio que se internaba en el corazón de las tinieblas. Y al fin, luego de un día que fueron muchos o muchos días que eternizaron nuestro viaje
el camino se tornó manso y mullido y fuimos a parar a un calvero en medio de un bosque antiguo. Y en medio del calvero una gigantesca secoya abrigaba la pista de baile mas inmensa que he visto en mi larga andadura por las rondas milongueras del mundo.
Toda la pista estaba llena de alegres milongueros vestidos de inmaculado riguroso y de pispiretas bailarinas de vistosos vestidos y vaporosas sedas que enardecían a su alrededor el aire poblándolo de dulzones aromas embriagantes. Los pasos que realizaban y la andadura al caminar eran tan irreprochablemente bellos que hubieran hecho llorar a un cosaco ebrio de violencia que arrasara todo a su paso presa del furor de la batalla.
Brillantes lamparas colgadas del árbol difundían una claridad  diáfana que hacia relucir los charoles y los zapatos bien lustrados de los asistentes.
La música ejecutada por una orquesta de cuatro bandoneones era tan remota que parecía nueva. Los compases imprevisibles un regalo para el buen bailarín improvisador que está hastiado de prever siempre lo mismo y que ansia "querer sin presentir". Las mesas alrededor de la pista llenas de amigos espontáneos y de copas de vino de un rojo rubí, lágrima gruesa como la sangre y un bouquet inasible que recordara los veranos niños de carreras de bicicletas. Los platos medio llenos de viandas de jugosas carne, panes especiados y papas fritas pont neuf de perfecto corte, color y doble fritanga. A un lado una batería - la suntuosa picada cordobesa - erigía sus delikatesens hacia el cielo y cualquiera parecía servirse sin que se acabara nunca.
Al costado de la ronda, inmóviles como habíamos llegado contemplamos aquella pista inabarcable que Romulo Papaguachi aprecio con una circunferencia de baile aproximada de dos rondas de tango, una de milonga y una de vals.
 Todavía atontados de la sorpresa inicial quisimos avanzar hacia una mesa vacía, llena hasta los topes de chivito y chorizos, champan y con las copas por estrenar, pero entonces nos llegó como una visión, un sueño dentro de un sueño en el que el milonguero aquel de blanco inmaculado que nos notició por vez primera Del Samuray Canyengue salía a recibirnos y nos acompañaba a la mesa. Entonces nosotros, o una sombra de lo que eramos nosotros se quedaba por siempre en esa mesa comiendo y bebiendo y bailando toda la eternidad en aquella pista de calidad insuperable. No sé si fue esa ensoñación o la perspectiva de una felicidad inalterable lindante a la locura. Reconozco que estaba a punto de sentarme al igual que todos mis compañeros. Pero en ese instante nos trajo a la realidad la voz seca del indio, el sufrido indio pampa al que han estragado siglos de ignorancia, persecución y expolio, el indio que es la tierra y el terruño y que solo dijo "gualicho" y avanzó decidido, en dirección contraria, hacia el rastrojero.
En una sola palabra había resumido todo. Miré la pista, miré a mis compañeros. Tuve conciencia de mis ropas sudadas, del polvo del camino, de los pequeños capilares que surcaban nuestras ansiosas pupilas, de la modesta bolsa en que colgaban mis humildes zapatos con  el cromo ya tirando hacia el hueco y recordé la primer milonga a la que fui, una milonga humilde iluminada con luces de corso coloreadas, con milongueros que iban a secarse el sudor al baño, enjugandose el esfuerzo con la camiseta de tirantes, milongueros de barrio adentro con olor a vino y conciencia a muerte que se dejaban las piernas en las noches de los mismos tangos de siempre y que, como después supe, iluminaban aquellos tangos que llevaban bailando toda la vida con su voluntad, con su cariño y sus ganas.
Eso era el tango para mi: una desesperada declaración de amor a la derrota.
Y en esa asamblea de felices inconcientes no había nada de eso.
Fue cuando Romulo dijo por fin la palabra que todos paladeabamos pero ninguno había dicho:
- Vámonos
Para agregar después: -  Esto no es tango.
Aun con lágrimas en los ojos nos fuimos subiendo uno a uno al rastrojero en el que el indio mataba la espera acunando amorosamente su lanza. Arrancamos sin volver la vista atrás, hacia los barrios conocidos, hacia la Imperfecta " milonga del Oriental" en que todos los viernes nos dejábamos los amigos, el amor y la vida...


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