sábado, 7 de noviembre de 2009

MILONGUEROS DEL ESPACIO 4 - EL PLANETA DE LOS CHINCHULINES ROZAGANTES

Aquellos primitivos dioses de la pampa, que se sampaban en los banquetes las fuentes y tablitas de vacuna carne, desdeñando la ambrosia de sus homonimos griegos y acariciando con desden la cerveza y el jabali de los vikingos, marcaron el camino para la raza patria a la que pertenecemos.
No hay hogar argentino en el que no se adore en su altar ardiente al chorizo, la achura, la morcilla o el chinchulin.
Ese culto no decae, resiste los embates de la crisis, las coyunturas políticas, los amaneramientos extranjeros y la importacion de vacas de paises limítrofes.
Pero para el que esta lejos de la patria, inmerso en la insondable inmensidad del espacio desconocido, no hay mayor añoranza que la de una buena pizza de muzzarella aceitosa y crujiente, en su correspondiente bandeja de madera, tajeada por la cuchilla de cortar porciones.
Era domingo. Por la tarde. El grabadorcito de Romulo Papaguachi, que tenia tambien un apartado de emisoras de radio era exprimido por todos nosotros, con el loco afan de encontrar en el eter algun perdido partido de futbol que llegara desde algun confín de los eones.
Al principio no captabamos nada pero, la esperanza y el fervor obran a veces maravillas.
Nos llegó una voz, una inaudita voz que desde el fondo de la historia relataba un partido que no tardamos en identificar como de la Selección Argentina.
Entusiasmados, hicimos corro sobre el grabadorcito y Pococho abrió un moscatel añejo a la vez que partia una galleta criolla para todos.
Pero pronto se disipo nuestro entusiasmo. Descubrimos en el rival, a priori, poca cosa, una seleccion boliviana que los llenó de goles.
Apagamos la radio, presas del mas oscuro animo.No lo atemperaban las explicaciones de los comentaristas que achacaban a la altura el mal de nuestros muchachos.
Pococho, al vernos tan tristones, decidio bajar a un planeta cercano marcado en su carta estelar como VCDFN, en el que se adivinaba alguna actividad civilizada.
Bajamos con nuestras caretas filtragases hercolobusianas. El horizonte era una nadedad marfil moteada de promontorios imprecisos.
No habiamos andado una docena de pasos cuando los vahos del planeta traspasaron las protecciones y nos hicieron llorar como purretes a los que un malintencionado hubiera birlado su monopatin de chapa de latas de durazno.
Piton Pipeta dijo certeramente: Este planeta de mierda es una cebolla gigante!
Y tenia toda la razón. Los vahos azufrados nos impedian hacer otra cosa que llorar.
LLoramos pues, en ese domingo funesto, dando rienda suelta a nuestras tristezas, a nuestras carencia, a la desesperanza de no llevar una mísera bolsa de carbón que atenuara nuestras pampas inclinaciones con un asado de comer con las manos.
Ya habiamos descubierto, por nuestra anterior visita al planeta de la gravedad extraña, que no todo un planeta es lo que representa el primer lugar en el que aterrizamos, asi que Romulo Papaguachi, desde sus años y su sabiduria propuso propulsar la nave un minuto para aprovechar la natural eliptica del consabido astro y asi ganar otro paisaje diferente.
Dicho y hecho. El Colimador y las toberas escupieron un eructo de combustible viejo y la Nave gaucha descendio sobre unos pastizales que iban a perderse chucaros en un bosque de rarisimos arboles.
Bajamos, entusiasmados, corriendo como niños en pos del leñamen salvador.
Ya habiamos prendido un buen fuegacho cuando unas sombras que erroneamente identificamos como de indole climatico, vinieron a interponerse entre nosotros y la nave.
Elevamos los ojos.
Los naturales, los habitantes del planeta estaban alli, chisporroteando, mas bien que hablando.
Decir que eran similares a chinchulines trenzados no era hacerles ninguna justicia.
Eran chichulines alados que bajaban planeando cerca de la parrilla. Olian como chinchulines y un icor parecido al de los chinchulines animaba su sistema circulatorio.
Debo decir que ante la perspectiva de una chinchulineada como la que nos esperaba ningun remordimiento etico ni moral cruzó por nuestra gula. Aquellos seres de medio metro impasibles se acomodaban en la parrilla y se quedaban alli, esperando felices que el calor de las llamas les prestara algun bienestar.
Pero lejos de quedarse quietos, los chinchulines, expuestos al calor comenzaron a crecer y fue entonces cuando toda codicia gastronomica se vio suplantada por un miedo pánico.
Aquellos seres en contacto con el calor mutaron y crecieron desarrollando diseños variados, colores amenazadores, y pilosidades mosqueriles.
El olor del chinchulo adobado vino a dar paso a una fetidez que unida a la conformacion natural del planeta nos provoco no pocas nauseas.
Y mientras los chinchulos crecian se alejaban volando y desperdigando por doquier lo que consideramos excrementos.
Huimos, como huimos.
La parrilla fue embalada a toda velocidad, los leños que habiamos acumulado los cargamos como pudimos. La nave partió como pudo.
Desde un ventanuco divisamos una ristra de chorizos olvidada, que los chinchulines aquellos comenzaban a olisquear.
Llorabamos todavia por el acido cebollil de aquel planeta hostil en el que el delirio de un mítico dios pampeano, beodo y delirante se hubiera manifestado en una raza dominante con forma de chinchulin que mutara en formas horrorosas cubriendo el cielo irregularmente y la tierra de deposiciones que acaso mitigaran el vaho del suelo.
Mecanicamente encendimos la radio. Los Bolivianos se reian y comentaban las cinco pepas que nos habian endosado.
Pococho sugirio hacer unas pizzetas con galleta vieja, tomate reseco y un poco de queso que traia.
Tratamos de gratinarlas en una pequeña estufa que aprovechaba el calor de los caños de escape.
Pero eso no tenia nada que ver con una pizzeta...
Nada.

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