martes, 30 de junio de 2009

ADIOS

Los jueves, el potrerito donde se desarrolla la mítica "Milonga del oriental" se llena de pibes y de principiantes que en su entusiasmo se quedan toda la noche practicando y haciendo sus primeras armas en el mundo de la milonga.
Riquelme, el dueño, trae una bolsa con chorizos y hace una choripaneada más modesta, con panes traidos del supermercado y carbones viejos que roba en asados cuya brasa se ha llevado el tiempo. Los amigos del barrio se dejan caer por el potrero con botellitas de vino y así es como se arma una milonga improvisada.
Como a la una algunos milongueros veteranos de esos que economizan milongas por no estropear las tabas arriman mesas y se ponen a hablar de los viejos tiempos, de los muchachos de entonces, de lo mal que se baila hoy en día, de la música de Piazzolla, que según ellos no se puede bailar.
Los jueves es día de amigos, de romances y confidencias.
Es como si la milonga fuera más familiar y más intima.
Por eso nos extrañó ver a un paisano vestido con traje blanco y camisa celeste que desde una silla atravesada allí donde la llanura amenaza infinito, miraba los intentos de los pibes y las recriminaciones de las pibas.
Desde donde estábamos cerca de la parrilla la imagen se nos antojaba irreal. El hombre miraba desde las profundidades de un chambergo también blanco que ocultaba su cara.
El Tano Rigattuzzo, que siempre fue comedido para la sociabilidad se le acercó dos veces y a la segunda le dejó un vaso de vino para que supiera que podía acercarse con confianza.
El hombre lo agradeció con un gesto, pero no hizo ademán de tocar el vino.
Sonaban los acordes melancólicos de Evaristo Carriego, en la versión de Pugliese.
Los milongueros viejos hablaban de los barrios, de tal o cual actor, del pibe aquel que bailaba tan bien y se mancó una noche desafortunada por hacer una sacada imposible.
En la parrilla los hilos ya secos de los chorizos consumidos rezaban su rosario con las ultimas brasas.
El Tano Rigatuzzo se acerco al forastero y le dijo:
- Y usted maestro, ¿no baila?
El Tano creyó entender que el hombre le contestaba algo así como: "Para divertirme, nunca".
Luego la noche se fue haciendo clara, el potrero se fue vaciando y la musica se fue bajando hasta que solo quedó un murmullo que aprovechaban las dos ultimas parejas. Los milongueros hablaban bajo y concentrado, ahorrando las ultimas palabras como tesoros.
Fue el mismo Tano el que miró a la silla. El forastero ya no estaba. Ninguno supo decirnos cuando se había ido.
Mucho después, cuando los últimos de siempre nos acomodabamos en la mesa amiga de la panaderia para samparnos una pizza, nos enteramos que se había muerto Michael Jackson.
En la foto del diario llevaba el mismo traje blanco.

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